sábado, 30 de julio de 2016

Del Libro “Sé un adolescente feliz” de Andrew Matthews




¿Cómo se hace adicta la gente?


En circunstancias normales tu cuerpo y tu cerebro producen sustancias químicas naturales que te mantienen feliz y saludable.
Pero cuando introduces sustancias artificiales (drogas) para sentirte bien, tu cuerpo deja de elaborar los químicos naturales.  Te sientes bien cuando la droga está en tu cuerpo, pero tan pronto como se va te sientes terrible.
La única manera de sentirte mejor es tomar más drogas.  Cuando tomas más drogas, tu cuerpo produce aún menos químicos naturales, así que necesitas más droga simplemente para sentirte normal.
Te sientes más y más deprimido.  Te pones más y más enfermo.  Tu hábito se hace prohibitivamente caro.
Una adicta a la heroína, Jenny, me dijo:  “Tratar de dejarla es lo más doloroso que puedas imaginar.  Es como si sintieras gripe en todo el cuerpo, pero diez veces peor”.
Jenny tiene dieciséis años y ha sido adicta durante tres.  Su hábito le cuesta mil dólares al día.  Lo paga a través de la prostitución y del robo. 
Jenny nunca quiso convertirse en adicta.  No era su meta ni su sueño.

Sé un líder, no un seguidor
Puede que tengas amigos que te ofrezcan toda clase de cosas desagradables.  Cuando tú las rechazas ellos pueden molestarse y decirte “gallina”  o algo peor, pero recuerda que todos admiramos en secreto la fortaleza.
Si tienes las agallas para decir “no” y para seguir diciendo “no”, obtendrás su respeto porque puedes hacer algo que ellos no pudieron (aunque tal vez nunca lo admitan).

En pocas palabras

Todo drogadicto “pensó que podía controlarlo”.  Todos dijeron algo así como:  “Sólo lo probaré una vez, para conocer”.  Es como si te golpearas con un martillo.  Es como caminar enfrente de un tren.  No necesitas probarlo para saber si es bueno para ti.  

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martes, 26 de julio de 2016

Del Libro “Perdonar” de Robin Casarjian




La fisiología del miedo y del amor



Ante una situación de mucha tensión, ¿has sentido náuseas o has tenido diarrea o un fuerte dolor de cabeza?  ¿Has sentido el corazón desbocado y el pulso acelerado?  ¿Has tenido la impresión de que, si fuera necesario, podrías luchar contra un gigante?  Estos son algunos de los signos de la sobreexcitación producida por el impulso de “luchar  o huir” que identificara por primera vez el doctor Walter Cannon en 1914.  El mecanismo de esta reacción de luchar o huir nos revela la manera que tiene de afectar al cuerpo el temor, que es la emoción que está en la base de la agresividad, la rabia, el resentimiento, la vergüenza y la culpa.

Cuando se activa esta reacción de lucha o huida, se alteran las funciones de digestión, asimilación y eliminación, ya que se cierran los vasos sanguíneos del estómago y los intestinos.  Aumenta el flujo sanguíneo hacia los grupos de músculos grandes, el cerebro, el corazón y los pulmones.  Se eleva la presión arterial;  se acelera el pulso y el ritmo cardiaco; cambia la composición bioquímica de la sangre; se produce una gran cantidad de adrenalina y noradrenalina, que son las hormonas del estrés, y éstas se liberan al torrente sanguíneo junto con azúcares y ácidos grasos para servir de combustible a la actividad muscular.

Todos estos cambios son reacciones sanas que preparan al cuerpo para actuar rápido en situaciones de urgencia, para entrar en combate o huir.  En los pueblos primitivos esta reacción era esencial para la supervivencia, para defenderse de los peligros de vivir en la naturaleza en medio de animales salvajes y otros depredadores.  Actualmente, esta reacción de lucha o huida sigue siendo necesaria cuando tenemos que reaccionar rápidamente ante situaciones de urgencia, como, por ejemplo, para saltar y quitarse del camino de un coche o un autobús.  No obstante, rara vez la necesitamos para una verdadera supervivencia física en la vida cotidiana.  En todo caso, muchos de nosotros continuamos experimentando esta reacción física con bastante frecuencia, nos demos cuenta de ello o no.  Esos mismos cambios se producen en el cuerpo cuando nos sentimos amenazados por un comentario del jefe, y cuando deseamos que se parte del camino el coche que va delante, o romperle la cara a alguien por la forma en que nos mira o por lo que ha dicho o hecho.  En muchos encuentros de la vida diaria solemos percibir a los demás como una amenaza, como enemigos o depredadores.

Ni siquiera es necesaria la presencia de la persona o circunstancia que nos fastidia o nos hace sentir amenazados para que esa reacción se active.  El sistema nervioso no distingue entre los acontecimientos que están ocurriendo en el momento y los que revivimos en la mente, por lo cual no solo experimentamos una tensión emocional y física cada vez que nos enfadamos, sino también cada vez que recordamos la experiencia que nos produjo la rabia, si aún no la hemos solucionado.
Tómate un tiempo y trata de recordar alguna ocasión en que estabas a salvo en tu casa y te despertaste con un sobresalto por un sueño aterrados.  Recuerda cómo te sentías al despertar.  Tal vez te latía rápidamente el corazón y tenías los músculos tensos y las mandíbulas apretadas.  Quizá sudabas, te invadía el pánico, tenías los nervios a flor de piel o el pulso acelerado, aunque sólo habías estado durmiendo.

Tu sistema nervioso no sabía que estabas a salvo en tu cama.  Para él te encontrabas en un verdadero peligro.  Por lo tanto, te preparó el cuerpo para luchar o escapar.  De la misma manera, el sistema nervioso tampoco sabe que la circunstancia real ya ha pasado cuando, después de marcharse de la oficina, uno revive mentalmente una pelea que tuvo con su jefe, o cuando evoca la rabia que sintió en su infancia al ser tratado injustamente, o recuerda una situación en que se sintió víctima y continúa sintiéndose así una y otra vez.  Es suficiente recordar un encuentro doloroso del pasado o imaginarse una situación conflictiva en el futuro para que se active esa reacción de lucha o huida.  Cuando nos aferramos a la rabia, el sistema nervioso recibe continuamente la señal para que se prepare a luchar o escapar, aun cuando no haya ninguna pelea que enfrentar ni ningún lugar adonde huir.
Los efectos dañinos de este mecanismo se producen cuando estos cambios fisiológicos, cuyo fin es disponernos a afrontar situaciones urgentes y de corta duración, se convierten en reflejos rutinarios antes encuentros cotidianos.  Un ser humano que está siempre acelerado es como un coche que se deja siempre con el motor en marcha, hasta cuando está estacionado. Ciertamente que el motor se va a calentar, desgastar y estropear con más frecuencia que el de un coche que tiene la oportunidad de descansar.  Para estar sanos, todos necesitamos disponer de momentos para relajarnos y olvidarnos de los conflictos interiores, con el fin de que el cuerpo y la psique puedan descansar y renovarse.

Cómo y dónde se deteriora el cuerpo es algo muy personal.  Lógicamente el entorno, el apoyo social, los genes y otras variables son factores importantes, pero cuando nos enfrentamos a un estrés crónico con el que no sabemos muy bien cómo arreglárnoslas, todos somos propensos a debilitarnos o perder vitalidad de un modo u otro.  Hay personas que son más vulnerables emocionalmente durante las épocas de estrés, propensas a las crisis de depresión, letargo, indecisión u hostilidad.  Otras son más propensas a los trastornos físicos.  Las zonas vulnerables pueden ser las articulaciones, los músculos, el sistema respiratorio, algún o algunos órganos internos o el sistema inmunitario.  Entre los síntomas están los dolores de cabeza crónicos, las irritaciones de la piel, las molestias gastrointestinales, el cáncer, el herpes, la hipertensión, las enfermedades coronarias, etc.  Y hay también personas que son vulnerables tanto emocional como físicamente….

Saber que el estado emocional influye en el bienestar físico nos ofrece la oportunidad de echar un vistazo a nuestra vida cuando aparecen los síntomas;  de observar, con amabilidad y sin juzgar, si hay repetidos pensamientos, percepciones y emociones de temor que podrían estar contribuyendo al trastorno físico.  Es útil reflexionar sobre las siguientes preguntas: ¿Me siendo muy culpable?  ¿Me ata a alguien el resentimiento?  ¿Me beneficiaría perdonar a alguna persona?  ¿Hay algo que necesito aceptar o liberar en mi vida?  ¿Hay viejas heridas emocionales que claman ser curadas? ¿Me estará diciendo el cuerpo que es hora de decir “no” a ciertas cosas y “si” a otras?
En lugar de ser unas víctimas pasivas de la enfermedad, tenemos la oportunidad de participar en el proceso de nuestra curación.  Esto incluye buscar no sólo la atención médica más efectiva, sino también el apoyo emocional y espiritual que nos ayude a sanar el dolor y el temor que impiden el paso a la conciencia de nuestra fuerza interior  y de la fe, la alegría, la comprensión, la compasión y el amor que siempre son la curación definitiva.



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viernes, 15 de julio de 2016

Del Libro “????” de Alicia Campos





EXPECTATIVAS

  
La definición de expectativa se encuentra en el diccionario como una suposición centrada en el futuro.   Ahora bien,   ¿qué tanto control tenemos del futuro?  No mucho.
También se describe como una posibilidad o anticipación a los hechos.  Fíjense muy bien en la palabra posibilidad, o sea que puede o no ocurrir, sin embargo la tendencia generalizada es que esperamos que si ocurra.  Por ejemplo:

   1)      Esperamos que nos den las gracias después de desear salud a quien estornuda, o después de ayudar a alguien, de lo contrario lo llamamos mal agradecido,  grosero y/o mal educado;  pero que pasa si aceptamos el hecho de que tal vez no nos agradezcan, y simplemente actuamos porque nos nace hacerlo?  Al no esperar nada o estar consciente que tal vez NO lo agradezcan, es muy probable que ni notemos que no nos dieron las gracias porque ya nos sentimos bien por el simple hecho de ayudar, de desear el bien a nuestros semejantes.

   2)      Una expectativa común en el ámbito laboral es que nos den un muy buen aumento salarial por nuestro excelente desempeño laboral y si esto no ocurre hay enojo, decepción, bajamos  la calidad, rendimiento y actitud en el trabajo.  En algunos casos extremos hasta empezamos a buscar un nuevo empleo.  Qué pasaría si trabajáramos  por gusto y de cierto modo conscientes de que se retribuye nuestro trabajo de manera justa de acuerdo a la descripción de puesto, y en base a la situación económica de la empresa?   Tal vez no habría enojo sino un entendimiento a la situación financiera de la empresa, o tal vez enfocaríamos nuestra satisfacción laboral en los beneficios adquiridos en conocimiento, experiencia y otros rubros que no sean únicamente salario.  Y solo en los casos en que nuestras necesidades fueran de liquidez, entonces buscaríamos formas de cambiarnos a un área mejor pagada o a una empresa que ofrezca mejores beneficios.

    3)      Otra expectativa común  es el hecho de vivir muchos años, de cumplir con los ciclos de nacer, crecer, reproducirse y morir ya viejos, así que cuando algo pone en riesgo nuestra salud o nuestra vida, nos da mucha tristeza y expresamos frases como “todavía tengo mucho por hacer, no estoy listo”.  Y hay sentimientos de rabia cuando un niño muere porque apenas iba iniciando su vida…..  Si aceptáramos el hecho de que no hay edad para la muerte y nadie sabe cuándo nos toca partir, viviríamos como seguido nos recuerdan en libros y conferencias que debemos vivir como si fuera el último día, si hiciéramos esto estaríamos listos para partir con la satisfacción de haber vivido una vida plena, sin asuntos inconclusos y con la satisfacción de haber hecho lo mejor que pudimos.


    4)      En la cultura Mexicana hay una expectativa que principalmente aplica a las mamás y es el esperar que sus hijos las mantengan cuando sean grandes (en algunos casos es algo así como el cobro de la factura por los años que ellas cuidaron de los hijos), y cuando esto no sucede, sufren,  se deprimen y hasta se culpan por haber creado unos “malos hijos”.  Que diferente serían los sentimientos si esas madres se hicieran responsables de sí mismas sin esperar la ayuda de nadie, valiéndose por sí mismas hasta donde les sea posible, siendo autosuficientes económicamente porque así lo planearon de jóvenes y  siendo útiles a la comunidad. Creo que vivirían con más satisfacción, independencia y orgullo.

   5)      También en muchas culturas existe la expectativa de que los padres  HEREDEN a sus hijos el producto de sus muchos años de arduo trabajo, y en familias desintegradas o materialistas los hijos llegan a desear la muerte de los padres con tal de tener acceso a la herencia.  Imagínense lo que ocurre cuando descubren que no les dejaron nada o se lo dejaron a una persona que ni siquiera es de la familia.  Si los hijos tomasen conciencia de que las riquezas acumuladas de sus padres son de ellos y pueden disponer como ellos quieran, los sentimientos serían de tranquilidad y admiración hacia sus padres, tal vez un poco de preocupación y cautela para que por la edad, nadie tome ventaja de los ancianos, pero nada más.


   6)      Un ejemplo más sencillo es cuando organizas un festejo de cumpleaños y esperas que todos  asistan y con regalo, si esto no ocurre te enojas por el gasto realizado, te deprimes creyendo que ninguno es amigo suficiente y en casos extremos nunca más vuelves a celebrar esa fecha.  Sin embargo, si al organizar tu evento consideras la posibilidad de que nadie asista, por el motivo que sea, sabrías que hacer con la comida, bebida y pastel  (tal vez obsequiarlo a gente necesitada). También considerarías hacer tu festejo en un día menos lluvioso, o celebrarlo de otra forma, sin enojo, solo con la alegría de haber cumplido un año más de vida.

   7)      Otro ejemplo con el que estoy segura muchos nos identificamos es cuando prestamos dinero.  Si tu expectativa es que te paguen y no lo hacen, dependiendo del monto puedes hasta tratar de vengarte o cobrarte a la mala y hasta poner fin a una amistad en muy malos términos.  Sin embargo, cuando analizas cuánto estas dispuesto a prestar/regalar  a esa persona que es de tu confianza, le das el dinero con el gusto de poder ayudar  (algo así como una ayuda incondicional).  Si la cantidad es muy elevada, entonces tal vez solo aportes lo que consideres que no afecte mucho tu economía en caso de que no te paguen, o tal vez no prestar, o hacer el préstamo a través de la firma de un pagaré, etc.  pero siempre consciente de los riesgos

   8)      La expectativa que tienen los padres de los hijos ha sido motivo de muchas novelas y películas, desde esperar que nazcan bien, hasta que continúen en el “negocio familiar”, o que estudien la carrera que los padres consideren es la mejor , o que se casen con la pareja que los padres aprueben, o que practiquen el deporte preferido del papá,  o hasta que se conviertan en celebridades y si esto no ocurre los padres se sienten decepcionados, enojados, y culpables por no haber sabido encaminar a sus hijos.   Por el contrario, cuando los padres aceptan a los hijos con sus cualidades y defectos, identifican sus fortalezas y crean un ambiente que estimule y nutra sus talentos, van a amar y apoyar a sus hijos en las decisiones que éstos tomen compartiendo logros y fracasos con respeto.  

La lista de expectativas es inmensa, tan solo las expectativas de pareja es tan amplia que prefiero solo mencionarla, lo mismo pasa con las expectativas familiares, de los amigos, de los políticos y de la vida misma, pero todo se puede resumir en que sea  cual sea la expectativa, si ésta no se cumple, genera sentimientos negativos como decepción, enojo, tristeza, depresión, etc.  En cambio, mientras más consciente estés que existen dos opciones (que se cumpla o no se cumpla tu expectativa) y más preparado estés para aceptarlas, te será mucho más sencillo superar el acontecimiento, viviendo feliz el presente, con paz, tranquilidad y satisfacción.

Y para concluir quiero aclarar que es bueno tener expectativas porque son nuestro motor para hacer cosas que nos dan satisfacción, pero lo importante es no aferrarse a ellas.  A veces tener un “Plan B” por si no salen las cosas como quisieras te puede ayudar a “amortiguar el golpe.”

Del Libro “Y colorín colorado este cuento aún no se ha acabado” de Odin Dupeyron





Bueno – dijo Pía, cuando sientes que algo falta, cuando las cosas no van bien en tu vida, cuando estás ansiosa, deprimida, cuando tienes un vacío en tu corazón, es muy probable que algo tengas que recordar.
No entiendo.
No siempre somos lo que somos, en ocasiones somos lo que alguna vez fuimos.  Cuéntame tu historia, lo que recuerdes.
Pues no hay mucho que contar en realidad, he vivido mi vida encerrada en una torre, custodiada por el Dragón del Miedo.
Mmmmm – Pía se rascó la barbilla.  Eso es muy común.
¿De verdad?
Así es, muchas personas se encierran en el castillo del miedo. Primero porque ahí se sienten seguras de alguna manera y después acaban por olvidar que ellos mismos se encerraron ahí y les cuesta mucho trabajo salir.  Pero como tú estás aquí y como te has comido cuatro platos de sopa, debo suponer que has vencido al Dragón negro del Miedo…. ¿es él? – preguntó Pía señalando al Dragón.
Así es.
Pía dio vueltas mirando al Dragón que estaba sentado con las patas abiertas y con cara de inocente.
Es un Dragón muy grande, lo has de haber alimentado por mucho tiempo.  ¿Te costó mucho trabajo vencerlo?
En realidad no, pensé que sería difícil pero ya en el momento fue muy fácil.

También eso es normal, los negros dragones del miedo vociferan más de lo que deberían.

domingo, 3 de julio de 2016

Hijo sin limites - autor desconocido









El hijo sin límites… Autor desconocido

Una mujer de 55 años visitaba, en la cárcel, a su hijo de 23. Él estaba ahí por homicidio culposo ya que había atropellado a un niño al entrar a alta velocidad en una calle en sentido contrario tratando de escapar de una patrulla que lo perseguía por haberse pasado un alto. Ingresó al penal completamente destrozado de los huesos y en silla de ruedas ya que el padre de la criatura lo golpeó sin que él pudiera defenderse, y el policía –que estaba justo detrás de ellos–, se hizo de la vista gorda y no lo detuvo hasta que casi lo mata. Para algunos ese hecho era bastante lógico.
El hijo decía a su madre:
– ¿Sabes mamá?, yo no soy un asesino ni un maldito desalmado. Llegué a la conclusión de que estoy aquí porque aprendí y me acostumbré a romper reglas y a no cumplirlas jamás sin ningún límite.
– ¡Ay hijo!, es que de chiquito te ponías tan difícil; cada vez que yo te daba una orden o una instrucción, me desafiabas y  hacías unos berrinches que yo no lo soportaba y te dejaba hacer y deshacer con tal de evitar conflictos y de que estuvieras calladito y complacido para que tu papá no me dijera: “¡Calla a ese niño!”. Desde que tenías 3 o 4 años, cuando yo te decía:
1. ¡Come tus verduras para que crezcas sano y fuerte!, respondías: “¡Yo no quiero ser sano ni fuerte, no me importa, déjame en paz!”.
2. ¡Recoge tu cuarto!, tú replicabas: “No voy a recoger nada, así estoy contento, ¡si quieres recógelo tú!”.
3. ¡No destruyas las cosas, cuídalas!, tú decías: “¡No me importa yo quiero jugar así, y si no me compras cosas nuevas gritaré y lloraré hasta que me las compres!”.
4. ¡En esta casa se hace lo que yo digo!, de inmediato gritabas: “¡No mamá, no lo haré, ya no te quiero y si me hablas así, me voy a ir a otra casa!”.
Y así siguió la lista interminable de instrucciones y respuestas a lo largo de la vida de este hijo rebelde y padres pasivos… flojos y blandengues.
El hijo interrumpió a su madre, gritándole:
– ¡Basta ya, mama! Sólo dime: ¿cómo fue que siendo adulto le creíste y obedeciste a un niño tan malcriado y sin autoridad? Hoy a mis 23 años estoy destrozado, soy infeliz y no tengo futuro, de nada sirvió que estudiara o que no hayamos sido pobres, le quité la vida a una criatura y de paso les arruiné el resto de la vida a ti y a mi padre. La vida en la cárcel es una miseria, la vida en la calle es una miseria, la vida en las drogas es una miseria, la vida sin reglas es una miseria…

Si tu hijo  estuviera a punto de caer en un precipicio y tú lo estuvieras sosteniendo de la mano: ¿apretarías con todas tus fuerzas o le detendrías la mano suavecito para que no le doliera? Lo mismo pasa con los valores, la disciplina y las reglas,  sé responsable y apriétalo fuerte y lo salvaras del precipicio de la vida en sociedad, porque nadie a quien él dañe con su indisciplina va a tener compasión de él. Si tú, que le diste la vida y lo amas,  no soportas sus berrinches, ¿qué te hace pensar que los demás lo harán?
Si los cuidas y los educas bien es porque los amas y no porque te importa más tu comodidad y tu tiempo libre; dedica y comparte con ellos ese tiempo y esa comodidad. Demuestra que así como platicas con tus amigos puedes platicar con ellos. Demuestra que puedes divertirte con ellos así como lo haces con tus amigos. Recuerda: es mejor que los hijos lloren porque los corregiste a que tú llores porque están en un problema y no los corregiste en su momento.

   

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Del Libro “Un día más” de Mitch Albom




Las veces que mi madre me apoyó


Tengo quince años y necesito rasurarme por primera vez.  Me han salido algunos pelos sueltos en la barbilla y otros que me crecen encima del labio sin orden ni concierto.  Una noche, cuando Roberta ya duerme, mi madre me llama desde el cuarto de baño.  Ha comprado una maquinilla de afeitar Gillette, de dos hojas de acero, y un tubo de crema para rasurar Burma-Shave.
- ¿Sabes cómo se hace?
- Pues claro – respondo.  No tengo ni idea de cómo hacerlo.
- Adelante – dice ella.
Aprieto el tubo para sacar la crema.  Me la pongo en la cara dando toquecitos.
- Frótatela – me dice.
La froto.  Sigo frotando hasta que la crema me cubre las mejillas y la barbilla.  Agarro la maquinilla.
- Ten cuidado – me advierte.  Muévela en una sola dirección, no arriba y abajo.
- Ya lo sé – le digo, molesto.  Me incomoda hacerlo delante de mi madre.  Tendría que ser mi padre el que estuviera allí.  Ella lo sabe.  Yo lo sé.  Ninguno de los dos lo dice.
Sigo sus instrucciones.  Deslizo la maquinilla en una dirección, observando cómo se lleva la crema y deja una ancha línea.  Al pasarme la hoja por la barbilla, la maquinilla se atasca y noto que me he cortado.
- ¡Ooooh Charley! ¿Estás bien?
Alarga los brazos hacia mí, pero los retira enseguida, como si supiera que no debe hacerlo.
- Deja de preocuparte – le digo, decidido a seguir adelante.
Ella me observa.  Yo continúo.  Bajo por la mandíbula y el cuello.  Cuando terminé, mi madre apoya una mejilla en la mano y sonríe.  Con acento andaluz, susurra:
- ¡Diantres, que lo has conseguido!
Eso hace que me sienta bien.
- Ahora lávate la cara – añade.



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