Del libro “No te compliques” de Mario Guerra
Pero volvamos a los problemas que nos causan creer en el
destino. Por ejemplo, hablando de las relaciones de pareja, cuando crees en
el destino dejas de desarrollar habilidades y te dedicas a buscar a la
persona “correcta”, a tu alma gemela. Te pasas la vida buscando
compatibilidades pensando que para ti hay una persona a tu medida allá afuera y
que tu único trabajo es salir a buscarla y tener la suerte de
encontrarla. Es muy poco probable que una relación funcione por arte de magia.
Las relaciones de pareja pertenecen al reino de lo social y se fundamentan en
el lenguaje y en los acuerdos que a través de éste puedan conseguirse. De poco
sirven los tréboles de 4 hojas y amuletos cuando las cosas van mal (a menos que
el supuesto amuleto te dé seguridad, esta seguridad tranquilidad y la
tranquilidad te haga actuar de maneras menos hostiles en tu relación, lo que
posiblemente traiga una mejora que por supuesto atribuirás al amuleto y no a su
efecto en tu conducta). Otro problema es creer en lo “escrito” o el “destino”
cuando mantienes una relación de compromiso y esta va mal (pareja, trabajo,
etcétera); te justificas así: “Esto no era para ti”, y lo mejor es dejar todo en
paz, porque “lo que es para ti, aunque te quites y lo que no, aunque te
pongas”. Renuncias a oportunidades,
no desarrollas habilidades para la resolución de problemas y no hay
cambio ni mejora en ti cuando el mal viene del “destino”.
¿Y qué tal cuando llega la hora de tomar decisiones? Cuando
estas decisiones son importantes y no tenemos una respuesta clara, la ansiedad
se apodera de nosotros y entonces nos refugiamos en el destino. “Lo que
tenga que ser, será”, nos decimos. Así, si nos va bien, era el destino.
Si nos va mal, también era el destino. Qué liberador para la ansiedad
ver las cosas así. Es por eso que es tan tentadora la explicación de “lo que
está escrito”. Nos libera de decisiones conscientes, nos quita
responsabilidad, nos libera de culpas y otorga un sentido a lo que
no podemos entender delegando todo a una voluntad superior. Ya Erich
Fromm se preguntaba: “¿Puede la libertad volverse una carga demasiado pesada
para el hombre, al punto que trate de evitarla?” Muy posiblemente la libertad
nos asusta porque con ella viene la responsabilidad de las decisiones tomadas y
no tomadas. Las de resultados favorables y las de otros que nos complican la
vida.
Con todo esto no afirmo que hay que oponerse a las cosas que
pasan y “rebelarse contra el destino”. De hecho, un proceso de crecimiento
viene de la mano de una gran dosis de aceptación de muchas de nuestras
conductas o de los sucesos que no podemos controlar. Pero aceptación no es
lo mismo que resignación sino el paso primero para mirar las cosas como
son, sin tanto prejuicio. Tampoco es lo mismo aceptar los hechos de la vida que
creer que estaban predestinados. Es verdad que las cosas pasan, lo que dudo es
si eso que pasa, pasaría sin importar lo que yo hiciera o dejara de hacer.
Esto de creer en el destino es probablemente otro mito que nos
impide el cambio y nos refugia en una pasividad paralizante y en un
estado de resignada indefensión. Quizá convenga no vernos como
juguetes del destino y sus fuerzas misteriosas. Seguramente nos ayudará más
mirarnos como seres con capacidad de influir mediante nuestras decisiones en
nuestro entorno y dirigir nuestra vida razonablemente, hacia donde
queramos ir, dentro de nuestras circunstancias.
Dejemos de buscar señales y empecemos a ver las huellas que
dejamos, en dónde estamos prados y sobre qué superficie será el próximo paso
que vamos a dar. Ocupémonos más de nuestro mundo interior y dejemos a las
estrellas brillas en paz.