lunes, 20 de marzo de 2017

Del Libro “Señas, Palabras y Silencio” de Graciela Rascón Miranda





Malú y yo teníamos la costumbre de caminar al salir el Sol, en el parquecito de nuestra colonia.  Una mañana ella iba vestida con una camiseta blanca y unos shorts holgados color rosa, con lunares blancos, que mostraban sus piernas flacas como toda ella.  Sucedió que estaba enojadísima quejándose de una situación.  Yo permanecía muy atenta, preocupada y dispuesta a ayudarla en lo que se presentara.  Y de pronto soltó: 
- ¡Y me paré de pestañas del coraje!!
Yo solté una buena carcajada.  Mi pecado natural fue transformar esta exclamación en una imagen:  zancas arriba, shorts caídos y unas pestañas larguísimas deteniéndola en el suelo de la calle.  A lo que ella, ya con doble enojo me preguntó.
- ¡¿De qué te estás burlando?!
Ofrecí una disculpa y le recordé mi proceso mental al describirle la representación de su figura con los tenis pasando mi estatura.  Al final ella me ganó en la competencia de carcajadas.
Un día Malú de plano se animó a darme un leve golpe en la espalda para decirme:
- ¡Suelta la risa, suéltala!  Te ríes sin sonido desde que te conozco.
- No, no, porque me río muy feo.
- ¿Cómo sabes y quién te dijo eso?
- Una amiga de mi hermanita, cuando yo tenía dieciséis años.
- Y a ti qué te importa,  ¿para qué le hiciste caso?
- Pues yo qué sabía de risas bonitas o feas, creí que todas eran iguales.
- Y eso qué, ¡suéltate!
Saqué cuentas – ojo, a mis cuarenta y dos años – del tiempo que me reprimí.  Lo pensé y me dije, “al diablo las burlas”, y me solté al maravilloso sentir de la risa en público hasta llegar a las carcajadas.



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