Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia
Chávez
En una familia se
presentaba una situación como ésta. Unos años atrás habían perdido a su único
hijo, que a la edad de seis falleció en un desventurado accidente automovilístico,
en el que sus abuelos, con quienes iba acompañado, sobrevivieron.
Unos días después del
funeral, los padres decidieron que la forma como podrían sobreponerse a su
terrible dolor y seguir adelante con la vida era volviendo a sus actividades como
si nada hubiera pasado. Así, el necesario proceso de duelo ante su pérdida
fue abruptamente interrumpido.
Cuando esto sucede,
cuando no se dan el tiempo y espacio de llorar, de expresar y de fluir con
todos los estados emocionales naturales de una experiencia como ésta vienen
inevitables consecuencias.
En esta familia las
consecuencias se presentaron así: unos tres años después de su pérdida
tuvieron otro bebé, un varón a quien pusieron el mismo nombre que
llevaba su hijo fallecido. Los padres, más allá de su conciencia y por lo
tanto de su voluntad, sentían y veían al nuevo niño como una réplica del hijo
perdido, lo cual era fuertemente reforzado por el desafortunado hecho de que
ambos se parecían mucho. Tanto a su familia como a los amigos, los padres les
mostraban con frecuencia fotos de su hijo fallecido cuando era bebé, cuando tenía
dos años, cuando fue a la escuela por primera vez, etc., para compartirles su
asombro por el gran parecido con el nuevo niño.
La vida cotidiana de
esos padres estaba plagada de confusiones y recuerdos mezclados entre ambos
hijos. La madre me confesó que con frecuencia cuando llamaba por su nombre al
hijo vivo en realidad sentía que era al hijo muerto a quien se dirigía. “Menos
mal que se llaman igual”, afirmó como si eso fuera un alivio para ella.
Cuando el hijo cumplió
cinco años, la madre comenzó a desarrollar una extrema preocupación de que
al cumplir seis falleciera como su hermano homónimo, y empezó a
sobreprotegerlo con sus asfixiantes cuidados de forma patológica. Así duró un
par de años y luego, cuando el hijo cumplió siete, su extrema preocupación cesó
casi de la noche a la mañana.
Cuando esta familia
acudió a terapia, el hijo tenía ya 14 años. Era un jovencito retraído y
ermitaño que no tenía amigos y se pasaba las tardes metido en su habitación haciendo
la tarea. Además, se rehusaba a involucrarse en cualquier actividad
extraescolar como un deporte o alguna clase de arte.
Uno de los rasgos que
caracteriza a los seres invisibles es la sensación de estar
desintegrados del resto de las personas, como si no fueran parte de
ninguno de los grupos a los cuales pertenecen. Y esta sensación era intensa
para este jovencito.
Además, casi siempre
estaba triste y melancólico, consecuencia sin duda alguna de dos
factores: por una parte, su sensación de ser invisible, de ser la
sombra de su hermano en lugar de ser un individuo independiente y, por la
otra, el haberse echado a cuestas el dolor no sanado de sus padres. De
forma inconsciente y por amor, los hijos hacen estas cosas. Si el padre o madre
no sana sus asuntos de la vida, el hijo los llevará en lugar de él/ella, como
una forma de ayudarle con la pesada carga.
La familia acudió a
terapia en muy buen momento, porque los padres ya estaban empezando un lavado
de cerebro para tratar de convencerlo de que estudiara ingeniería, porque
su niño fallecido siempre decía que cuando creciera iba a construir casas y
edificios. “Sería hermoso que tú realizaras los sueños que tu hermano no
tuvo oportunidad de realizar”, le decía la madre. ¿Hermoso? La palabra
correcta es: patológico.
La capacidad de amar
de estos padres era enorme y fue una herramienta importantísima para
acompañarlos por el proceso de comprender la gran importancia de dejar ir
a su hijo muerto y comenzar a ver al vivo como un individuo
independiente. De esta forma, podrían liberarlo del decreto que sin darse
cuenta le habían impuesto al convertirlo en un remplazo de su hermano, como si
al hijo vivo le correspondiera la responsabilidad de vivir la vida que su
hermano no pudo vivir, además de cargar con su destino.
Con ellos también
trabajamos en apoyar al hijo a darse permiso de ser él mismo, a
devolverles a su hermano y a sus padres lo que había estado cargando por ellos,
porque al devolverle a cada uno lo suyo, los honraba.
En innumerables
ocasiones, las personas no se permiten dejar ir a un ser querido que ha
muerto, porque sienten que al hacerlo lo sacan de su corazón, como si seguir
adelante con su vida significara dejar de amarlo. No es así en absoluto. Una
persona fallecida siempre tendrá su lugar en la familia y el amor de quienes
llevan su sangre, pero los vivos deben seguir adelante y, de esta
forma, respetan y honran el destino de quien ya se fue y el suyo propio que les
dicta seguir vivos.
Si tu hijo ya lleva un
nombre que te conecta con alguien más, vivo o muero, te recomiendo estar muy
consciente de esto. La conciencia, el darnos cuenta, es el primer paso del
camino que nos lleva a liberarnos de situaciones como las que he mencionado y que,
a fin de cuentas, a nadie hacen feliz.
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