jueves, 22 de octubre de 2026

Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez - Nombre del hermano difunto.


Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez 

 



En una familia se presentaba una situación como ésta. Unos años atrás habían perdido a su único hijo, que a la edad de seis falleció en un desventurado accidente automovilístico, en el que sus abuelos, con quienes iba acompañado, sobrevivieron.

 Unos días después del funeral, los padres decidieron que la forma como podrían sobreponerse a su terrible dolor y seguir adelante con la vida era volviendo a sus actividades como si nada hubiera pasado. Así, el necesario proceso de duelo ante su pérdida fue abruptamente interrumpido.

 Cuando esto sucede, cuando no se dan el tiempo y espacio de llorar, de expresar y de fluir con todos los estados emocionales naturales de una experiencia como ésta vienen inevitables consecuencias.

 En esta familia las consecuencias se presentaron así: unos tres años después de su pérdida tuvieron otro bebé, un varón a quien pusieron el mismo nombre que llevaba su hijo fallecido. Los padres, más allá de su conciencia y por lo tanto de su voluntad, sentían y veían al nuevo niño como una réplica del hijo perdido, lo cual era fuertemente reforzado por el desafortunado hecho de que ambos se parecían mucho. Tanto a su familia como a los amigos, los padres les mostraban con frecuencia fotos de su hijo fallecido cuando era bebé, cuando tenía dos años, cuando fue a la escuela por primera vez, etc., para compartirles su asombro por el gran parecido con el nuevo niño.

 La vida cotidiana de esos padres estaba plagada de confusiones y recuerdos mezclados entre ambos hijos. La madre me confesó que con frecuencia cuando llamaba por su nombre al hijo vivo en realidad sentía que era al hijo muerto a quien se dirigía. “Menos mal que se llaman igual”, afirmó como si eso fuera un alivio para ella.

 Cuando el hijo cumplió cinco años, la madre comenzó a desarrollar una extrema preocupación de que al cumplir seis falleciera como su hermano homónimo, y empezó a sobreprotegerlo con sus asfixiantes cuidados de forma patológica. Así duró un par de años y luego, cuando el hijo cumplió siete, su extrema preocupación cesó casi de la noche a la mañana.

 Cuando esta familia acudió a terapia, el hijo tenía ya 14 años. Era un jovencito retraído y ermitaño que no tenía amigos y se pasaba las tardes metido en su habitación haciendo la tarea. Además, se rehusaba a involucrarse en cualquier actividad extraescolar como un deporte o alguna clase de arte.

 Uno de los rasgos que caracteriza a los seres invisibles es la sensación de estar desintegrados del resto de las personas, como si no fueran parte de ninguno de los grupos a los cuales pertenecen. Y esta sensación era intensa para este jovencito.

Además, casi siempre estaba triste y melancólico, consecuencia sin duda alguna de dos factores: por una parte, su sensación de ser invisible, de ser la sombra de su hermano en lugar de ser un individuo independiente y, por la otra, el haberse echado a cuestas el dolor no sanado de sus padres. De forma inconsciente y por amor, los hijos hacen estas cosas. Si el padre o madre no sana sus asuntos de la vida, el hijo los llevará en lugar de él/ella, como una forma de ayudarle con la pesada carga.

La familia acudió a terapia en muy buen momento, porque los padres ya estaban empezando un lavado de cerebro para tratar de convencerlo de que estudiara ingeniería, porque su niño fallecido siempre decía que cuando creciera iba a construir casas y edificios. “Sería hermoso que tú realizaras los sueños que tu hermano no tuvo oportunidad de realizar”, le decía la madre. ¿Hermoso? La palabra correcta es: patológico.

 La capacidad de amar de estos padres era enorme y fue una herramienta importantísima para acompañarlos por el proceso de comprender la gran importancia de dejar ir a su hijo muerto y comenzar a ver al vivo como un individuo independiente. De esta forma, podrían liberarlo del decreto que sin darse cuenta le habían impuesto al convertirlo en un remplazo de su hermano, como si al hijo vivo le correspondiera la responsabilidad de vivir la vida que su hermano no pudo vivir, además de cargar con su destino.

 Con ellos también trabajamos en apoyar al hijo a darse permiso de ser él mismo, a devolverles a su hermano y a sus padres lo que había estado cargando por ellos, porque al devolverle a cada uno lo suyo, los honraba.

 En innumerables ocasiones, las personas no se permiten dejar ir a un ser querido que ha muerto, porque sienten que al hacerlo lo sacan de su corazón, como si seguir adelante con su vida significara dejar de amarlo. No es así en absoluto. Una persona fallecida siempre tendrá su lugar en la familia y el amor de quienes llevan su sangre, pero los vivos deben seguir adelante y, de esta forma, respetan y honran el destino de quien ya se fue y el suyo propio que les dicta seguir vivos.

 Si tu hijo ya lleva un nombre que te conecta con alguien más, vivo o muero, te recomiendo estar muy consciente de esto. La conciencia, el darnos cuenta, es el primer paso del camino que nos lleva a liberarnos de situaciones como las que he mencionado y que, a fin de cuentas, a nadie hacen feliz.


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