Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez
¡Me ven porque me ven!
A donde quiera
que vayamos, encontraremos a estos seres invisibles intentando volverse
visibles ¡a la fuerza! Son aquellas personas que llaman la atención
comportándose de manera escandalosa y/o exhibicionista, así como llevando en su
cabello o su cuerpo toda clase de ropas, accesorios o cosas inusuales y
estrafalarias, obligando a los demás a verlos de forma inevitable. Con
gran frecuencia reciben burlas, desprecio y rechazo, pero tal vez eso sea menos
duro que no ser vistos. “Véanme, aunque me desprecien. Otórguenme su atención,
aunque sea para burlarse. Concédanme una mirada, aunque sea humillante”,
pareciera que así implora el corazón de estos seres invisibles, que buscan ser
notados a través de ser diferentes, ¡muy diferentes!
En estas
personas, por lo general, también hay una actitud de superioridad,
convencidos de que por ser como son, hacer lo que hacen y vestir como visten
son libres, diferentes y, de alguna manera, superiores y mejores
que el resto de nosotros. La verdad detrás de estos comportamientos es que hay
un gran complejo de inferioridad que se trata de disfrazar con su opuesto:
sentirse superiores, menospreciando a los otros.
Hablar a
gritos y comportarse de manera histriónica, provocando que todos alrededor
volteen a ver, es otra forma de llamar la atención, de hacerse presente,
de decirle al mundo: “¡Aquí estoy!”.
Como ya
mencioné, la necesidad de ser vistos es tan grande, que nos aferramos a
cualquier cosa, comportamiento o apariencia que nos otorgue la atención que
el niño interior herido sigue buscando, sin importar la edad que tengamos.
Yo conocí muy
de cerca a una mujer que bien puede servirnos como ejemplo en este caso. Estuvo
presente en mi vida durante 10 años hasta que se fue a vivir muy lejos y perdí contacto
con ella. A lo largo de ese tiempo presencié infinidad de veces toda clase de actos
de exhibicionismo que en ocasiones eran obvios e inconfundibles, pero a
veces se presentaban tan sutiles y disfrazados que podrían haberse
interpretado simplemente como los de una personalidad extrovertida y sin
prejuicios.
Ella tenía
como mascota a una hermosa perrita de una raza realmente rara, cuyo
nombre no recuerdo: la tenía a su lado, literalmente las 24 horas del día. La
perrita tenía una apariencia tan especial, única y hermosa, que a donde iba
llamaba la atención. En todos lados detenían a esta mujer para admirar a la
perrita y hacerle preguntas sobre ella. Así, tener esa mascota especial que
llamaba la atención la hacía a ella sentirse especial y, por ende, atraer
también la atención hacia sí misma.
Después de
varios años en su vida, la perrita murió, lo cual la metió en un profundo
proceso de duelo por su pérdida. En cuanto se recuperó un poco adoptó a otro
perrito, pero éste era tan normal y común que no le brindaba la atención de los
demás que el anterior sí le proporcionaba. Entonces, aunque sea difícil de
creer –yo no lo podía creer–, ¡decidió que lo pintaría de azul! De
haberlo hecho, sin duda alguna, hubiera sido la estrella, el centro de
atención a donde quiera que fuera. Pero quiso el destino, o quizá las diosas
protectoras de los perro, que justo el día cuando llevó al perrito al salón de
belleza para que le aplicaran el tinte en sus tupidos pelos ahí se encontrara
una apasionada activista de la sociedad protectora de animales, quien al
enterarse sobre lo que estaba a punto de hacer se puso furiosa y le advirtió
que si le ponía ese tinte al perrito, ella la acusaría y la institución se lo
quitaría porque ésa era una forma de abuso que ponía en riesgo la salud del
animalito. Ella, que ya se había encariñado con su nueva mascota, no pudo más
que obedecer y conformarse con su perrito común y corriente.
Sin embargo, no importaba, porque tenía otras formas de llamar la atención. Por ejemplo, el extraño vehículo que poseía: una camioneta con zonas perfectamente renovadas y relucientes, y otras tan destartaladas que daba la impresión de que en cualquier momento se partiría en pedazos. Obviamente, también el vehículo llamaba la atención. Cuando de plano se le acabó, compró un auto compacto, tan común y corriente que no lo pudo soportar. Mandó pegarle por todos lados unas enormes calcomanías con formas de soles sonrientes, de manera tal que al verlo pasar resultaba difícil distinguir que rayos era eso. Como es de suponer, su auto, y ella dentro de él, no pasaban desapercibidos; ¡era imposible no verlos!...
Con cada uno
de sus comportamientos parecía suplicar: “¡Por favor, hablen de mí! ¡Por favor,
tómenme en cuenta! ¡Por favor, volteen a verme!”. Y siempre lo consiguió.
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