jueves, 22 de enero de 2026

Del libro “El regalo” de Stefanos Xenakis - Las señales

 

Las señales




Íbamos con prisa. Siempre vamos con prisa cuando visitamos el parque de atracciones.  Ni las niñas ni yo queremos perdernos un minuto de diversión. Iban en los asientos de atrás haciendo bromas y riéndose. Yo conducía rápido, pero con cabeza. En ese momento, de repente, se encendió una lucecita roja en el salpicadero. No la había visto en mi vida, pero al instante pensé que tendría algo que ver con la presión de los neumáticos.  Intenté ignorarla, pero la seguía viendo con el rabillo del ojo. Esa molesta vocecilla interior comenzó a discutírmelo todo.

  Mañana – le dije.

– No, hoy -replicó –. ¿Y si es serio? Hay una gasolinera justo delante.

El coche giró hacia la gasolinera como si le hubiera puesto el piloto automático.

El dependiente me atendió con diligencia. Le enseñé el indicador.

  Yo te lo arreglo – afirmó –.  ¿Cuánta presión necesitan las ruedas?

– No lo sé. ¿Hay alguna forma de descubrirlo?

No se lo tuve que decir dos veces. Al final resultó que la rueda de repuesto que le había puesto al coche la semana anterior tenía la presión demasiado alta.  Con cuidado, dejó escapar la cantidad necesaria de aire y yo le di una buena propina. Solía ser un tipo bastante agarrado, pero eso se acabó. Dar buenas propinas me hace muy feliz. El dependiente esbozó una sonrisa radiante. Se la devolvimos y nos pusimos en marcha.

Puede que llegáramos al parque de atracciones unos minutos más tarde de lo previsto, pero lo disfruté aún más sabiendo que había hecho lo que tenía que hacer. No siempre hacemos lo correcto, sino lo que nos resulta más sencillo.

No nos gusta salir de nuestra

zona de confort.

Por eso no llevamos las vidas que

queremos.

 Ignoramos las señales, aunque la lucecilla roja no deje de parpadear. “¿Qué más da?” es el mantra que te va royendo la vida poco a poco.  “¿Para qué me voy a preocupar de arreglar la rueda?” se acaba convirtiendo en para qué te vas a levantar del sofá, hacerte un chequeo, ir al gimnasio o leer un libro. Y la tele sigue encendida y tú evitas esas conversaciones difíciles, te haces un ovillo en el sofá y, antes de que te des cuenta, los años irán pasando. Y, al final, te verás en el espejo y te castigarás por haber malgastado el tiempo.

 Al principio no es más que una lucecita roja.

Luego se convierte en un destellante cartel de neón.

Hasta que te acaba golpeando la cabeza.

“¿A dónde diantres se me ha ido la vida?”, te preguntas.

¿Quién me la ha robado?

¿Mi jefe?

¿Mi pareja?

Mírate bien en el espejo.

Te la has robado tú.

Y ha llegado el momento de devolvértela.

Ha llegado el momento de no ignorar las señales y reaccionar.

 

PONERSE DEMASIADO CÓMODO ES EL MEJOR CAMINO HACIA UNA MUERTE LENTA Y TORTUOSA.

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