domingo, 19 de junio de 2016

Del Libro “El Caballero de la Armadura Oxidada” de Robert Fisher






Cuando el caballero se dispuso a continuar, Rebeca apreció volando desde la oscuridad.

- ¡Escuchad! - dijo toda emocionada - ¡Esperad a ver lo que voy a mostraros!

El caballero nunca había visto a Rebeca tan excitada. Normalmente, era más bien tranquila, pero

ahora no dejaba de dar saltos sobre su hombro, sin poder contenerse mientras guiaba al caballero

y a Ardilla hacia un gran espejo.

- ¡Es eso! ¡Es eso! – gorjeó en voz alta, los ojos brillando de entusiasmo.

El caballero tuvo una decepción.

- Es sólo un viejo espejo – dijo impaciente-. Vamos, pongámonos en marcha.

- No es un espejo corriente – insistió Rebeca -. No refleja tu aspecto. Refleja cómo eres de

El caballero estaba intrigado, pero no entusiasmado. Nunca le habían importado mucho los

espejos porque nunca se había considerado muy guapo. Pero Rebeca insistió, así que, de mala

gana, se colocó ante el espejo y contempló su reflejo. Para su gran sorpresa, en lugar de un

hombre alto con ojos tristes y nariz grande, con una armadura hasta el cuello, vio a una persona

encantadora y vital, cuyos ojos brillaban con amor y compasión.

- Este espejo es un fantasma – dijo el caballero -. Yo no soy así.

- Estáis viendo a vuestro yo verdadero – explicó Sam-, el yo que vive bajo esa armadura.

- Pero – protestó el caballero, contemplándose con atención en el espejo -, ese hombre es un

espécimen perfecto. Y su rostro está lleno de inocencia y belleza.

- Ese es tu potencial – le respondió Sam -, ser hermoso, inocente y perfecto.

Si ése es mi potencial – dijo el caballero -, algo terrible me sucedió en el camino.

- Sí – replicó Sam -, pusiste una armadura invisible entre tú y tus verdaderos sentimientos. Ha

estado ahí durante tanto tiempo que se ha hecho visible y permanente.

- Quizá sí escondí mis sentimientos – dijo el caballero -. Pero no podía decir simplemente todo lo

que se me pasaba por la cabeza y hacer todo lo que me apetecía. Nadie me hubiera querido. – El

caballero se detuvo al pronunciar estas palabras, pues se dio cuenta que se había pasado la vida

intentando agradar a la gente. Pensó en todas la cruzadas en las que había luchado, los dragones

que había matado, y en las damiselas en apuros que había rescatado; todo para demostrar que

era bueno, generoso y amoroso. En realidad, no tenía que demostrar nada. Era bueno, generoso y amoroso.

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