A las seis de la mañana del 14 de Marzo de 1988 mi familia
era asaltada por segunda vez en nuestra propia casa.
La primera ocasión mi padre se sintió frustrado e impotente,
juró que no lo volverían a asaltar – primero me matan – expresó.
Lo cumplió, se resistió al asalto y una bala atravesó su
pierna izquierda perforando su arteria femoral.
Noventa segundos tardó toda su sangre en recorrer los diez metros que
separaban la parte más baja de la cochera y su cuerpo.
A mis 21 años había perdido al mejor padre que pude haber
tenido, a mi confidente, a mi guía y a mi mejor amigo.
Había ahí una justificación para echar a perder mi
vida. Para maldecir mi suerte y mi
destino.
Elegí aprovechar
todo lo que él me enseñó y seguir su ejemplo de honestidad, bondad y deseos de
superación.
No podemos cambiar los acontecimientos pero nosotros decidimos siempre cómo
reaccionar. Somos cien por
ciento responsables de nuestros sentimientos.
Si tú no eres el que decide cómo sentirse, entonces…. ¿Quién lo decide?
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