jueves, 16 de julio de 2026

Del libro “No te compliques” de Mario Guerra - Destino

 

Del libro “No te compliques” de Mario Guerra

 


Pero volvamos a los problemas que nos causan creer en el destino. Por ejemplo, hablando de las relaciones de pareja, cuando crees en el destino dejas de desarrollar habilidades y te dedicas a buscar a la persona “correcta”, a tu alma gemela. Te pasas la vida buscando compatibilidades pensando que para ti hay una persona a tu medida allá afuera y que tu único trabajo es salir a buscarla y tener la suerte de encontrarla. Es muy poco probable que una relación funcione por arte de magia. Las relaciones de pareja pertenecen al reino de lo social y se fundamentan en el lenguaje y en los acuerdos que a través de éste puedan conseguirse. De poco sirven los tréboles de 4 hojas y amuletos cuando las cosas van mal (a menos que el supuesto amuleto te dé seguridad, esta seguridad tranquilidad y la tranquilidad te haga actuar de maneras menos hostiles en tu relación, lo que posiblemente traiga una mejora que por supuesto atribuirás al amuleto y no a su efecto en tu conducta). Otro problema es creer en lo “escrito” o el “destino” cuando mantienes una relación de compromiso y esta va mal (pareja, trabajo, etcétera); te justificas así: “Esto no era para ti”, y lo mejor es dejar todo en paz, porque “lo que es para ti, aunque te quites y lo que no, aunque te pongas”.  Renuncias a oportunidades, no desarrollas habilidades para la resolución de problemas y no hay cambio ni mejora en ti cuando el mal viene del “destino”.

¿Y qué tal cuando llega la hora de tomar decisiones? Cuando estas decisiones son importantes y no tenemos una respuesta clara, la ansiedad se apodera de nosotros y entonces nos refugiamos en el destino. “Lo que tenga que ser, será”, nos decimos. Así, si nos va bien, era el destino. Si nos va mal, también era el destino. Qué liberador para la ansiedad ver las cosas así. Es por eso que es tan tentadora la explicación de “lo que está escrito”. Nos libera de decisiones conscientes, nos quita responsabilidad, nos libera de culpas y otorga un sentido a lo que no podemos entender delegando todo a una voluntad superior. Ya Erich Fromm se preguntaba: “¿Puede la libertad volverse una carga demasiado pesada para el hombre, al punto que trate de evitarla?” Muy posiblemente la libertad nos asusta porque con ella viene la responsabilidad de las decisiones tomadas y no tomadas. Las de resultados favorables y las de otros que nos complican la vida.

Con todo esto no afirmo que hay que oponerse a las cosas que pasan y “rebelarse contra el destino”. De hecho, un proceso de crecimiento viene de la mano de una gran dosis de aceptación de muchas de nuestras conductas o de los sucesos que no podemos controlar. Pero aceptación no es lo mismo que resignación sino el paso primero para mirar las cosas como son, sin tanto prejuicio. Tampoco es lo mismo aceptar los hechos de la vida que creer que estaban predestinados. Es verdad que las cosas pasan, lo que dudo es si eso que pasa, pasaría sin importar lo que yo hiciera o dejara de hacer.

Esto de creer en el destino es probablemente otro mito que nos impide el cambio y nos refugia en una pasividad paralizante y en un estado de resignada indefensión. Quizá convenga no vernos como juguetes del destino y sus fuerzas misteriosas. Seguramente nos ayudará más mirarnos como seres con capacidad de influir mediante nuestras decisiones en nuestro entorno y dirigir nuestra vida razonablemente, hacia donde queramos ir, dentro de nuestras circunstancias.

Dejemos de buscar señales y empecemos a ver las huellas que dejamos, en dónde estamos prados y sobre qué superficie será el próximo paso que vamos a dar. Ocupémonos más de nuestro mundo interior y dejemos a las estrellas brillas en paz.

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