Del libro “Mujeres de hierro y de cristal” de Dra. Silvana
Rohana
El mito de la Supermujer
La revolución sexual que comenzó en los cincuentas favoreció
que emergiera un nuevo tipo de mujer, la cual responde a la llamada de su propio
destino al desarrollar una carrera, decidir su vida emocional y sexual, y
escoger los roles que más le satisfagan, con plena libertad. Esta revolución
trajo consigo una nueva actitud hacia el trabajo, el cambio social, la moral y
los valores.
En la actualidad, muchas mujeres tienen actitudes más
positivas:
-
No estudié para guardar mi título en un cajón.
De eso estoy segura. Puedo trabajar y hacerme cargo de la casa al mismo tiempo.
¡Claro que lo haré!
-
Voy a hacer ejercicio para estar en mejor forma.
Quiero sentirme bien y verme bien, no sólo por mi familia sino por mí también.
-
Este curso me servirá para lograr un ascenso
en el trabajo. Al menos, mi jefe notará mi esfuerzo por salir adelante.
-
Quiero ser un ejemplo de energía, fuerza
y buen humor para mis hijos. Quiero contagiarles mi alegría y mi ánimo.
Muchas de nosotras queremos ser así, y muchas lo manejan
bien por mucho tiempo. La lucha parece continuar, para volver a caer en el
sistema tradicional, donde vemos sólo las limitaciones de nuestro
potencial. Veo muchas mujeres que tienen buenas intenciones, pero no hacen nada
por llenarlas.
¿Qué pasó con su vieja amiga que iba a comerse el mundo?
Cuando se la encontró el año pasado estaba donde mismo, realmente
no logró llegar a ningún lado. ¿Por qué es tan duro vivir nuestros sueños?
¿Qué sale mal?
Pienso que una respuesta probable a esta pregunta es que los
cambios dramáticos y recientes en nuestra sociedad han hecho las cosas más
duras para la mayoría de las mujeres. Ahora la mujer que trabaja,
especialmente la madre que trabaja, se encuentra viviendo bajo una grandísima
y terrible tensión.
Todos hemos oído a mujeres decir:
-
¡Estoy tan harta del quehacer de la casa!
Nunca se acaba, sólo es una rutina aburrida y monótona… Y nadie la reconoce.
-
Si no es mi marido o los niños, es mi familia. Siempre
estoy de un lado para otro, soy el chofer disponible. ¡Me siento
exhausta!
-
Algunas veces, en un momentito de soledad, me
pregunto si tendré un día tiempo libre para mí.
-
La verdad es que me encargo de todo – la casa,
los niños, la vida social de mi esposo y la nuestra. Pero todo se vuelve una
carga cuando sólo hay veinticuatro horas para un solo día.
-
Si acaso me tomo un minuto para hablar con
mis amigas, a las que apenas veo, mi familia se queja y no cooperan.
-
¡Me interrumpen a cada rato! Me siento
como esclava.
Al mismo tiempo la gente más tradicional nos critica si
tomamos más de un rol. Por ejemplo, María Fernanda es la directora general de
una compañía de computadoras líder en el mercado. Tiene treinta y dos años,
tres hijos y un marido no menos exitoso que ella. Podríamos catalogarla como una
verdadera mujer nueva
que a base de esfuerzo y reflexión ha logrado equilibrar su vida de una
manera envidiable. Las personas que la rodean la admiran y la respetan,
aparentemente, porque apenas se da la media vuelta, dicen, haciendo un gesto de
incredulidad:
-
Seguramente ella no sabe ni freír un huevo…
Y si una mujer sobresale en los deportes, se supone automáticamente
que su casa y sus niños son un desastre:
Carolina es campeona de tenis a nivel nacional. Es madre,
esposa, y aparte se da tiempo para ayudar a la gente necesitada. Su casa es
pequeña pero confortable y limpia, y sus dos hijos varones, están educados
estupendamente. Pero todos le inventan historias falsas acerca de su
vida privada. ¿Por qué?
Para evitar ser “atacadas”, debemos tener un exitoso
balance como amas de casa y como trabajadoras. Y por supuesto tenemos que ser excelentes en
todas nuestras otras tareas.
Pero, por otro lado, algunos apoyan y aplauden a las
mujeres que toman diversos papeles:
-
Realmente le doy crédito. Está trabajando, su
casa está en perfecto orden y ¡todavía tiene tiempo de entrar al torneo de natación!
-
Ella se va a trabajar y además se encarga de sí
misma y de su hogar. ¿Cómo le hace?
-
Martha es agradable y educada. ¡Siempre luce
tan bien…! Y su casa, que bárbara, parece una tacita de porcelana.
Lamentablemente, aunque las cosas están cambiando, la
sociedad nos pone una pesada carga. Y si fallamos en cumplir todas
estas demandas, la gente estará ansiosa por criticarnos. No son únicamente demandas
en términos de tiempo: ¡también tenemos que encontrarle el sentido a todo!
Primero, está la carga de la tradición que todavía tiende
a apesadumbrarnos. En segundo lugar, están las cargas de los nuevos estilos
de vida, las expectativas de todos los nuevos papeles que
tenemos que tomar. Todo esto, en conjunto, se vuelve una mezcla muy confusa para
cualquier mujer, pero especialmente para la joven que no se ha dado cuenta de
hacia dónde está dirigiendo su vida:
-
¡Cuando me case, tendré que dejar mi
libertad?
-
¿Seré capaz de manejar mi carrera y
todavía cuidar bien a mis hijos?
-
¡Estoy tan cansada y no sé por qué! Ya ni
siquiera sé quien soy… ¿Estoy cambiando mucho?
-
¿Y si no encuentro el hombre adecuado? ¿Cómo
encauzaré mi vida?
-
El único objetivo de mi madre es que yo
encuentre un marido, pero primero quiero terminar mi educación. Me ocuparé de
ese asunto del matrimonio después…
Estas son importantes cuestiones que afectan a incontables
mujeres hoy en día. Constantemente encontramos situaciones que son vastamente
diferentes de las que conocimos cuando estábamos creciendo.
Enfrentarnos con estas expectativas sin tener experiencia
para juzgarlas, nos conduce a caer en papeles menos riesgosos que aprendimos
cuando niñas, y claudicar en nuestros esfuerzos de hacer más por nosotras
mismas.
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