Del libro:
“Inquebrantables” de Daniel Habif
Aunque
requiere un enorme esfuerzo conseguir un título universitario, aún es más fácil
encontrar diplomas colgados en las paredes que educación en los cerebros. Nos
convencieron de que los títulos, las maestrías y los doctorados eran garantía
de capacitación para la vida. Es importante tener conocimientos; no hay duda de
que estar preparado es un activo invaluable, pero creer que un título es
suficiente para conducirnos a la prosperidad es un despropósito.
La destreza no se adquiere con la teoría,
eso sería como quitarte el hambre aprendiéndote el menú de un restaurante.
Los hábitos,
las actitudes, la manera de enfrentar los conflictos, la disposición
a ayudar a otros, la autoestima, la resiliencia, la riqueza
espiritual y el amor son ejes fundamentales sin los cuales un título
no es más que una hoja de papel. Es esta combinación de elementos la que nos
permite convertirnos en inquebrantables.
Todos los
días nos encontramos con sabios sin estudios y maleducados con doctorado. Hay
personas que aprendieron a diseñar un puente, pero no saben ni dar los “buenos
días”, otros que descifran los enigmas de la bolsa de valores, pero no el valor
de un “gracias” y un “por favor”. Dice más de tu educación cómo tratas a un
mesero que cada uno de tus títulos y cursos juntos; habla más de tu abundancia
cuánto dejas de propina por un buen servicio que el color de tu tarjeta de
crédito.
Los grados
dicen mucho, pero hacen poco. Cada uno de nosotros, desde su trinchera, debe
empujar por un cambio en el sistema educacional de sus países para que los
programas de estudio incluyan, junto al grado, educación. Nuestros institutos y
universidades despachan productos incompletos; jefes que no son líderes,
maestros que no son mentores, profesionales que no son emprendedores,
estudiantes que no son estudiosos y licenciados que no se dan licencia para
soñar.
La educación
integral debería ser la roca sobre la que se cimenta una nación satisfecha, próspera
y trascendente. Por supuesto que la teoría es fundamental para el desarrollo
técnico y económico, pero debe ser integral si además deseamos un progreso
humano, mental y espiritual —que no debemos confundir con religioso–. Aún
educamos a nuestros jóvenes para un mundo que dejó de existir hace muchos años
ya.
Tenemos un
sistema educacional que ofrece las herramientas de ayer para construir las
entidades de mañana. El conocimiento no es entendimiento, recitar libros letra
por letra es sinónimo de buena memoria no de inteligencia, no de astucia ni destreza.
A nuestros
estudiantes les enseñan a sobresalir en matemáticas y a reprobar en ansiedad.
Ninguno de nuestros países dedica cursos completos a desarrollar la
inteligencia emocional, el pensamiento crítico, la resiliencia, el
abordaje de conflictos, la expresión corporal, ni el discernimiento
en sus planes integrales.
Los adultos se quejan de los millennials,
pero ellos fueron sus líderes.
Si los
sistemas educativos no dan el paso, nos corresponde a nosotros avanzar. Los
inquebrantables deben ser ejemplo de formación personal e incentivadores de
todas las dimensiones de la formación humana. He allí una acción de liderazgo.
Necesitamos
un país, un gobierno, una escuela, una compañía que no solo nos digan cuánto
valemos, sino que nos lo demuestren con una enseñanza que nos valore. Puedo
decir mil veces cuánto vales, pero si tú no haces nada con ese valor, no habré
aportado nada.
De nada
sirve dominar la teoría si no tienes la capacidad emocional para sostenerla. Si
nuestros países invirtieran en el fomento de actitudes y aptitudes esenciales
para la vida, nuestro continente sería la vanguardia del planeta. Si tuviésemos la convicción de legislar para
promover la educación cívica, la autoestima, la sistematización
de los procesos de innovación, el enfoque, la visión, la disciplina,
la organización y el orden. ¡qué lejos estaríamos de esto en lo
que hemos devenido!
Hoy en día
la ignorancia es una opción. Tú defines y decides qué tanto sabes, aprendes y
haces. Estamos ante el mejor momento de los últimos 500 años de la humanidad en
cuanto a acceso a la información se refiere. Miremos hacia el futuro con
expectativa y decidamos usar todo nuestro potencial.
La educación emocional y espiritual, combinada con
la educación profesional, es la única manera de acabar con la corrupción, la
delincuencia, la pobreza, la falta de alternativas, así como otros severos
problemas de fondo. El
verdadero éxito para mí es conseguir que las personas mueran cumpliendo su
propósito. El exitoso vive en conflicto, soporta el rechazo y la burla, está
dispuesto a perderlo todo por cumplir eso que hoy le hierve en la sangre.

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