jueves, 23 de abril de 2026

Si alguien lo hace por ti… Autora: Alicia Campos Vera + IA

 

Si alguien lo hace por ti…  Autora:  Alicia Campos Vera + IA



 

En la rama más firme de un viejo roble vivían una ardilla de nombre Tita y su hijo Nilo. Desde pequeño, cada vez que Nilo encontraba una nuez, su madre le ayudaba a perforar la cáscara para que pudiera comer sin dificultad.

Un día, como tantos otros, Nilo sostuvo una nuez entre sus pequeñas patas y miró a su madre en busca de ayuda, pero esta vez ella solo lo observó con ternura y le dijo ya era tiempo de que él solo pelara la nuez.

Nilo se quedó inmóvil. Sus ojitos se llenaron de lágrimas y dijo:

—¿No me vas a ayudar?, ¿Ya no me quieres?

Tita sintió un nudo en el corazón. Se acercó, lo abrazó con su cola y con mucho cuidado secó sus lágrimas.

—Claro que te quiero, eres lo más importante y valioso para mí… No llores y escucha con atención la historia que te voy a contar.

—Hace tiempo, en este mismo bosque vivía una pequeña ardilla. Era la consentida de su papá. Él la amaba tanto, que siempre le daba todo ya hecho. Cada nuez… ya estaba perforada. Cada dificultad… ya estaba resuelta. Ella creció creyendo que así debía ser la vida. Nunca tuvo que esforzarse, nunca tuvo que intentar… porque su papá siempre estaba ahí para hacerlo por ella. Pero un día, su papá ya no estuvo.

Nilo abrió los ojos con sorpresa.

—La ardilla, como de costumbre, salió a buscar nueces –continuó Tita–. Encontró una muy grande y se puso feliz; pero, al querer perforarla, no pudo. Lo intentó varias veces sin lograrlo y entonces se puso a llorar. Extrañó a su padre, se sintió sola y muy triste.

Tita hizo una breve pausa antes de seguir:

—Pasó el tiempo y la ardilla ya tenía mucha hambre, hasta que un sabio búho del bosque, que ayudaba a los animales a descubrir sus propias capacidades, se acercó a ella.

—¿Un búho? —preguntó Nilo.

—Sí —sonrió Tita—. El búho la miró con calma y le dijo: “Tienes todo lo que necesitas: tus patas, tus dientes, tu fuerza… pero nunca te has dado la oportunidad de descubrirlo, porque había alguien que hacía todo por ti, pero tú puedes.

—¿Y qué hizo la ardilla? —interrumpió Nilo, ahora muy interesado en el desenlace de esa historia.

—Al principio tuvo miedo, dudó de sí misma… pero decidió intentarlo. Una y otra vez. Y aunque al principio fallaba, poco a poco aprendió. Hasta que un día… logró perforar su enorme nuez. Desde entonces esa ardilla entendió algo muy importante: que el amor no siempre es hacer las cosas por alguien… sino acompañarlo mientras descubre que puede hacerlo por sí mismo.

Hubo un pequeño silencio.

—Mamá… —dijo Nilo en voz bajita—, ¿esa ardilla eras tú?

Tita lo miró con dulzura.

—Sí —respondió—. Y por eso, aunque me cueste verte esforzarte… no quiero cometer el mismo error. Si alguien hace las cosas por ti, no te darás cuenta de lo que eres capaz, y yo te amo demasiado como hacer todo por ti y no darte la oportunidad de descubrir tus talentos.

Nilo respiró hondo. Miró la nuez entre sus patas. Dudó un momento… pero esta vez no la soltó. Intentó perforarla. No lo logró. Volvió a intentar… y otra vez falló.

Miró a su madre.

Tita no se movió, pero le sonrió con confianza.

Nilo lo intentó una vez más… y entonces, crack, la cáscara cedió.

Sus ojos se iluminaron.

—¡Lo logré mamá!, ¡Lo logré! —exclamó.

Tita lo abrazó con orgullo.

Siempre pudiste —le dijo.

Desde ese día, cada nuez fue una oportunidad para crecer. Y aunque a veces Nilo pedía ayuda, Tita aprendió a solo estar cerca… lista para acompañar y alentar, pero no reemplazar.

 

Moraleja:
Amar también es dejar que los hijos solos enfrenten situaciones difíciles. Cuando dejamos que ellos intenten por sí mismos, les regalamos la oportunidad de descubrir su verdadera fuerza.

 

jueves, 16 de abril de 2026

Del libro “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia Chávez - La envidia

 

Del libro “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia Chávez

 

¿Cuál es la función de la envidia?

 



“Mi amiga la envidia.” Así le llamo yo a este estado interno que es mucho más que un sentimiento. Amiga, porque desde el momento en que entendí su función, la he convertido en mi aliada para aprender y crecer. A ella le debo importantes y saludables cambios en mi vida y la realización de acciones que me han atraído infinidad de recompensas. La envidia, por ejemplo, fue la chispa que gestó en mí el impulso de escribir mi primer libro y best seller, Tu hijo, tu espejo, que me ha traído incontables bendiciones en todas las áreas de mi vida.

Para que la envidia se convierta en una aliada para crecer, hay que entender su función. Tenemos la tendencia a etiquetar las cosas y los sentimientos como “malos o buenos”, “deseables o indeseables”, “pecados o virtudes”. La envidia no es la excepción. Pero con esta forma de calificar y clasificar lo que es parte de la vida misma, no aprendemos nada ni crecemos. Aun los asuntos que calificamos de malos tienen una función, lo que hace que nada en realidad sea malo, sólo es.

En el caso de la envidia, siendo algo tan mal visto tendemos a negar cuando la sentimos y a proyectarla en otros a través de la critica y el juicio. Sí… la crítica y el juicio son el lenguaje de la envida, de manera tal que cuando criticamos y juzgamos, muy probablemente sentimos envidia. Se necesita mucho valor, madurez y autenticidad para reconocerlo, porque a nadie le gusta aceptar que la siente. Algunas personas hasta se ofenderían si ante algún comentario enjuiciador hacia alguien le dijéramos que le tiene envidia. Al parecer suponemos que ésta sólo la experimentan los “malos”. No es así, … ¡todos, absolutamente todos!, la experimentamos y es parte de la vida. El otro tiene algo que yo deseo, y esto me confronta con mi carencia.

Veamos. A veces la envidia se nos manifiesta tan clara que sólo falta la voluntad de reconocerla para darnos cuenta de que la sentimos. Sin embargo, en otras ocasiones lo que le envidiamos a alguien parece estar encubierto y enmascarado detrás de un rasgo de su personalidad o un comportamiento que catalogaríamos como “malo” e “indeseable”. En estos casos no resulta claro identificarla, pero una vez que entendemos esta dinámica, se vuelve clara como el agua. Pondré un ejemplo: una persona habla de otra, afirmando que es agresiva y ofensiva. Puede quedar en sólo un comentario sin carga emocional, o puede ser que lo acompañe una actitud de juicio, crítica y hasta desprecio hacia tal persona. En el primer caso se trata sólo de una aseveración; en el segundo, es envidia. Si confrontáramos a quien hizo el comentario, podría replicar con justa razón: “¡Por supuesto que no le tengo envidia! Yo no quiero ser agresivo ni ofensivo”. Si nos quedamos ahí, parece que eso es todo; pero si vemos más allá, entendemos que no es el comportamiento agresivo y ofensivo el que se envidia, sino lo que hay detrás de él: “¡Se atreve a decir lo que piensa, quiere y siente, y yo no!” Si bien es cierto que esta forma de afirmar lo que se piensa, quiere y siente no es sana, eso no nos importa en este espacio: lo que nos interesa es descubrir la envidia detrás del desprecio hacia tales actitudes.

Cada vez que nuestros comentarios acerca de otros tienen una carga de juicio, crítica y menosprecio, podemos estar seguros de que tenemos envidia. Si somos honestos, con sólo una leve exploración la identificaremos.

Yo estoy muy convencida de que envidia es una MENSAJERA DEL ALMA. A través de ella, el alma nos muestra los asuntos de nuestra vida en que es necesario trabajar y que es indispensable atender. ¿Cómo entonces convertirla en una aliada para crecer?

·         Teniendo la voluntad para reconocer que la sientes cada vez que se te presenta, ya sea como un claro e inequívoco sentimiento, o enmascarada detrás del juicio hacia un rasgo de la personalidad o del comportamiento indeseable del otro.

·         Una vez que la reconoces como propia, identifica qué es lo que envidias para darte cuenta de cuál es el mensaje que tu alma te quiere dar a través de ella. Esto es muy sencillo: si envidias a tu hermano por su éxito profesional, tu alma te está diciendo algo así como: “Necesitas echar a andar los talentos que tienes en total abandono y trabajar en lograr tus sueños”. Si envidias la belleza de tu amiga, quizá el mensaje sea: “¡Has descuidado tanto tu cuerpo! ¡Aliméntate sanamente, haz ejercicio, arréglate!” Tal vez sientas envidia de tus amigos por su sana y hermosa relación de pareja, y el mensaje sea que es urgente que atiendas tu propia relación, que acudas a terapia de pareja, que deje tu ego a un lado y comiences a ser amoroso con tu cónyuge.

·         Luego viene una acción que al ego no le gusta, pero que es necesaria dentro de este proceso de convertir a la envidia en aliada para crecer: reconocerle verbalmente a la persona eso que le envidias: “Te felicito por tus logros y tu éxito profesional”, “¡Qué bonito cuerpo tienes!”, “Tu presentación estuvo de primera”, “Tienes un carisma increíble con la gente”, “Felicidades por tu nuevo auto”, etcétera. Las sensaciones que experimentarás al hacer esto serán muy agradables, sanadoras y hasta conmovedoras, ya lo verás.

·         Enseguida, habrás de interrogar a la persona sobre eso que le envidias, pedirle que te enseñe: “¿Cómo le haces para tomarte la vida con calma y ser paciente?”, “¿Cómo has logrado tener la valentía de correr riesgos para realizar tus sueños?”, “¿Cómo consigues ser fiel a ti mismo sin importarte el qué dirán?” “¿Qué haces para mantener tu cuerpo tan bello?”, “Has construido una hermosa relación de pareja, ¿cuáles son tus secretos y consejos?” Lo que se aprende con las respuestas a estas preguntas no tiene precio y es por demás fascinante y maravilloso. Compruébalo.

 

La envida, pues, puede ser una ácida sensación que nos hace sufrir y atora nuestro crecimiento, o una poderosa aliada que lo propicia. La decisión, como siempre, está en uno mismo.

 

 

jueves, 9 de abril de 2026

Del libro “INQUEBRANTABLES” de Daniel Habif - La belleza… la sonrisa

 

Del libro “INQUEBRANTABLES” de Daniel Habif

 


 

Mira la belleza a tu alrededor. Quien no se sorprende con las maravillas de lo cotidiano no entiende de qué se trata la vida. En este segmento, quiero que salgas a ver la belleza, que seas un viajero en el escenario de tus días. ¿Hace cuánto no te emocionan las maravillas de tu ciudad o de tu barrio?

Quiero que salgas. Siéntate en la plaza del parque, tómate una foto en los íconos que ves todos los días, maravíllate con ellos. Quizás has pasado tantas veces por allí que no te has detenido a ver la belleza en las fachadas y los rostros, en las esquinas y los mercados. Tómate un café con la calma de los jubilados y mira a los niños jugar.

Cuando descubras algo hermoso, algo que hayas visto mil veces sin percatarte de su belleza, tómale una foto, como si fuera la torre Eiffel, la pirámide de Giza, o el Big Ben, quizás sea incluso más bello y tenga más significado para ti. Allí donde estés, en Villavicencio o en Rosario, en Concepción o en Cumaná. Ve y publica una foto tuya con la etiqueta #Mazatlán, #Arequipa o #Lavapies.

¡Hazlo! Solo hazlo. Mira que el tiempo pasa como un puñado de sal en la mano izquierda y un puñado de luz en la derecha. Hay demasiada belleza que se pierde. Un pestañeo y estás, otro y ya no.

Tu hogar es también un paraíso por recorrer. Lo más hermoso de viajar es volver y darte cuenta de que ya no cabes en la misma caja. Viaja, que la vida se lee con los pies.

Construye una realidad de la cual no quieras escapar, una de la que no necesites vacaciones. En este viaje es necesario perder la maleta, aprender, pero sobre todo desaprender, perderse y encontrarse, buscar respuestas y regresar con más preguntas, ilusionarse y despertar, emborracharse de nostalgia y reírse de las lágrimas.

Sé tú también fuente de belleza.  Que tu rostro ilumine el viaje de otros. La oscuridad le teme a la luz que emana de las profundas aguas del dolor. Una sonrisa no solo ilumina, sino que también emite calor, ya que emana de la combustión que hace arder la eternidad. Tu sonrisa puede cambiar la realidad y sus imperfecciones, es un rayo de luz tan potente que tiene la capacidad de dar esperanza a un mundo cada vez más enfocado en sus conveniencias que en sus convicciones.

Sonríe a pesar de tu ansiedad y de tu tristeza. Muéstrale a tu mente que, aunque ella no logre entender la complejidad del caos, tú tienes un poderoso cañón en los labios y que tus dientes son municiones expansivas que le van a abrir un boquete a la depresión. Sonríe sin razón alguna, sonríe porque sí, sonríe porque puedes y porque tienes boca, sonríe porque así confundes al mal y motivas al bien, sonríe porque aligeras la carga de los abrumados.

Aunque estés destrozado, sonríe, porque eres gracia y amor. Eres digno de tu sonrisa. Créeme y lo verás, pero primero sonríe, porque tu boca es un arsenal demoledor. Ordénales a tus labios que rompan fila y le quiebren el cuello al miedo.

La vida es una asignación personal y no puedes aplazar más:

Valoramos más la casa que el hogar.

Valoramos más la tierra que los pies que la pisan.

Valoramos más el dinero que los talentos que lo produjeron.

Valoramos más el regalo que las manos que lo entregan.

 

Valora la belleza, que ella te espera en el presente: las fragancias del amor, las caricias de la lluvia, los sabores de tu infancia, los azules intensos, el regocijo de la música. Están allí, ve a buscarlos.

 

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jueves, 2 de abril de 2026

Del libro “Mujeres de hierro y de cristal” de Dra. Silvana Rohana - Lenguaje corporal

 

Del libro “Mujeres de hierro y de cristal” de Dra. Silvana Rohana

 

LENGUAJE CORPORAL Y COMUNICACIÓN



Aunque parezca extraño, cualquiera que nos observe realmente está mirando nuestro lenguaje corporal más atentamente que si estuviera escuchando lo que decimos. Las señales inconscientes que enviamos en este sentido a menudo influyen en la gente para que confíe o desconfíe de nosotros, le agrademos o le desagrademos. ¡Y a menudo la otra persona no tiene idea de que nos está juzgando! Estudios recientes han mostrado que cerca de tres cuartos de nuestra comunicación uno a uno sucede a través del lenguaje corporal, y ¡sólo el cuarto restante a través de las palabras!

Así, puedes ver que tan importante es poner más atención para averiguar lo que tus posturas y gestos comunican. Por ejemplo:

¿Cómo te paras cuando estás en una entrevista o hablando en público?

¿Qué tipo de gestos utilizas mientras hablas?

¿Te ves confiada o tensa?

Mucha gente que realmente no sabe lo que hace, se muestra como insegura o agresiva debido a que no guarda una adecuada postura en la silla.

O juega nerviosamente con su cabello o habla muy alto. Seguramente has visto a personas como éstas. ¿Te sucede a ti? ¿Tu cuerpo comunica un mensaje que no es consistente con lo que estás diciendo?

Este es el primer paso para encontrar tu nueva imagen: pasar unos cuantos minutos sólo pensando acerca de tu postura y gestos para que puedas estar segura de que te ves tan inteligente como realmente eres.

Recuerda la última vez que estuviste en una situación en la cual te sentiste a disgusto o en la que tuviste que reunirte con personas nuevas.

¿Cómo te paraste? ¿Estabas derecha y confiada? ¿Te desaliñaste por el miedo? ¿Estabas tan tensa que la gente pudo encontrarte asustada? ¿Te acercaste mucho a la otra gente, o te alejaste mucho?

¿Te paraste en un sitio desde el que podías ver la cara a las demás personas? o ¿te escondiste en una esquina y hablaste quedito?

¿Qué gestos utilizaste? ¿Apuntaste con el dedo? ¿Moviste tus manos? ¿Jugaste con tu cabello, joyas, o constantemente te arreglabas la ropa?

¿Era tu ropa apropiada para la ocasión? ¿El color mandó el mensaje correcto? ¿Te veías profesional aun sin estar tensa?

Piensa en estas preguntas por unos minutos. Después empieza a observarte a ti misma en tu interacción con otros. Mantén un registro de la impresión que pareces causarles. ¿Te consideran relajada y extrovertida? ¿Luces como alguien que es responsable sin hacer sentir a los demás incómodos? Cuando hayas aprendido a proyectar una imagen relajada y confiada, encontrarás que tus relaciones mejorarán increíblemente.

 

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jueves, 26 de marzo de 2026

 

Del libro “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia Chávez

 

¿Qué hay detrás de las excusas?

 




“La reina de las excusas.” Así bauticé para mis adentros a la mujer que más excusas pronuncia en menor tiempo. ¡Es impresionante! La mayoría de ellas son absurdas, increíbles y absolutamente innecesarias; algunas las expresa aun antes de que uno siquiera termine de hablar o, peor aún, incluso antes de que comience. La conocí hace poco por asuntos de negocios. Ella me ha hecho pensar mucho sobre este comportamiento, lamentablemente muy común.

Pero la vida es tan buena conmigo, que también hace poco me puso enfrente a otra mujer que — a diferencia de la acreedora al mencionado título – me ha sorprendido gratamente por su capacidad de reconocer sus errores, ofrecer una disculpa y encontrar la forma de corregir su falta cuanto antes. Interactuar con ella es muy agradable y relajante y me aviva la llama de la confianza.

Las excusas me molestan de verdad porque su función es culpar a algo o a alguien de un error cometido, en lugar de decir una frase tan liberadora y tan simple como “discúlpame”, “me equivoqué”, “se me olvidó”, etcétera.  Algunas son tan ridículas y tontas, que hasta ofenden la inteligencia de quien las escucha. Generalmente, las personas que usan la excusa como estilo de vida creen que el receptor les cree, y si éste confronta, refuta u objeta de alguna manera, el emisor de la excusa se siente ofendido.

El otro día, por ejemplo, llamé a una persona para pedirle, por sexta vez, que me enviara unos papeles que tenía pendientes de mandar. Me respondió con una nueva excusa, tan tonta como todas las anteriores, la cual confronté diciéndole que esperaba que esta vez sí cumpliera, porque cada día se comprometía a que esa tarde los mandaría y no sucedía, y luego, a mi siguiente llamada me sacaba una nueva excusa para justificar que no lo había hecho. Como siempre sucede con las personas que presentan esta inmadura actitud de justificar su ineficiencia o informalidad con excusas, se indignó por mi comentario, que no llevaba dentro más que la verdad. Una verdad que a los amantes de las excusas no les gusta ver. Esta actitud a mí de veras que no me cabe en la cabeza.

¿Qué hay detrás de las excusas? Por una parte, el temor a ser desaprobado y juzgado como tonto, ignorante, malo o inadecuado por haber cometido un error. Esto se da como consecuencia de haber crecido en un hogar donde se exigía perfección y donde los errores y la imperfección se condenaban fuertemente con burla, sarcasmo, castigo o cualquier otra forma de desaprobación y rechazo. También, detrás de las excusas está la soberbia, que no nos deja soportar la idea de que no somos perfectos e infalibles y de que otros se pueden dar cuenta de ello (¡como si no lo superan ya!). La falta de madurez y de responsabilidad por las propias acciones, y en general por todo lo que tenga que ver con uno mismo, es otro de los factores que hay detrás de las excusas.

De seguro todos hemos experimentado la sensación de libertad y paz que proporciona el reconocer el error que cometimos y disculparnos por ello, y también el estrés que casa inventar excusas, porque tenemos que seguir creando más y más para sustentar la que ya expresamos, formándose una interminable y angustiante cadena de mentiras que nos impiden tener paz. Asimismo, la imagen personal se deteriora y ensucia ante uno mismo, y por supuesto ante los demás, porque ¡te garantizo que se dan cuenta!

En cambio, reconocer nuestro error, disculparnos por ello, asumir las consecuencias y realizar las acciones necesarias para corregirlo, enaltece nuestra imagen ante nosotros mismo y ante los demás, que sentirán (lo expresen o no) una admiración por tan loable, madura y valiente actitud.

Perdámosle el miedo a reconocer nuestros errores y pedir perdón; démonos permiso de experimentar la agradable, liberadora y satisfactoria sensación que este comportamiento nos deja, y lo orgullosos que estaremos de nosotros mismos.

Vamos madurando y volviéndonos auténticos.

¡Dejemos ya de inventar excusas!

jueves, 19 de marzo de 2026

 

Del Libro “La felicidad en tiempos difíciles” de Andrew Matthews

 

LA  FELICIDAD -  SENTIRSE BIEN…

 



LA FELICIDAD – SENTIRTE BIEN – ES TU META MÁS IMPORTANTE.

Tu creas tu vida de acuerdo con lo que sientes. Cuando te sientes bien tu vida entera está en armonía con el mundo que te rodea. Al enfrentar los retos, encuentras las soluciones. Sueles encontrarte en el lugar correcto en el momento preciso. No se trata de tu cociente intelectual. No se trata de si eres santo o pecador. Se trata de cómo te sientes.

Tu misión es sentirte tan bien como sea posible, tan seguido como sea posible.

Estos hábitos ayudan a:

1.- Gustarte a ti mismo:

      La más importante relación de tu vida es la que mantienes contigo mismo. Cuando te criticas constantemente, saboteas tu vida. Cuando te gustas, te permites ser más feliz, más sano y más próspero. Sé gentil contigo mismo.

2.- Ser flexible:

      Tratar de controlar el mundo y juzgar a todos termina por dejarte exhausto. No te pongas a pelear con lo que ya ha sucedido. Deja atrás los golpes y disfruta las sorpresas que da la vida.

3.- Concéntrate en lo que quieres:

      Imagínate cómo quieres ser, ve tu vida tal como la quieres.

4.- Relajarte respecto al dinero:

      El dinero es un perro: cuando lo persigues, escapa. Si asumes que no le gustas al dinero, te morderá el trasero. Cuando estás cómodo con él, se te echará en las piernas para que le hagas cosquillas.

5.- Ser agradecido:

      No importa qué tan poco tienes. Concéntrate en lo que tienes y vendrá más. Busca las cosas buenas siempre. Dices: “¿Cuándo seré feliz?” Cuando la gratitud sea un hábito para ti.

 

Las personas dicen: “¡Cuando tenga lo que quiero, seré feliz!”, pero la cosa es al revés.

CUANDO ERES FELIZ OBTIENES LO QUE QUIERES.

jueves, 12 de marzo de 2026

Del libro “Los porqués del insomnio” de Martha Alicia Chávez - Esperando el regreso del ausente

 

Del libro “Los porqués del insomnio” de Martha Alicia Chávez

 

Esperando el regreso del ausente

 



La incertidumbre que la ausencia de un ser querido puede dejar en quienes viven esta experiencia es insoportable. Cuando este ser querido los abandonó, cuando se fue sin despedirse y sin explicación alguna, o incluso con despedida y explicación, quien se queda no tiene paz. La fallida esperanza de que algún día vuelva puede llegar a destrozar el corazón y a robar la tranquilidad.

Cuando David era un niño, una mañana su padre se fue de casa para vivir su romance con una mujer de la que se enamoró apasionadamente. No le importó su compromiso con la familia, ni el bienestar emocional de sus hijos, ni nada, sólo su deseo egoísta de vivir su vida como si todo lo demás no existiera.

Este abandono del padre devastó a David, quien desde ese día no volvió a vivir ni a dormir en paz. La esperanza de que el padre volviera, y la duda de cuándo eso sería, lo mantenían sumergido en el tormento emocional que la incertidumbre provoca.

Él recuerda que un día mamá entró a su recamara y lo encontró despierto a las dos de la mañana. Le preguntó si estaba enfermo o que le pasaba, a lo que respondió: “Quiero estar despierto, porque si llega mi papá y estoy dormido no lo veré”. Su mamá sensible y sabia como era, le dijo que durmiera tranquilo y le prometió que, si papá regresaba, ella misma lo despertaría. Por unos días esta promesa consoló a David, pero después pensó en que podría ser que papá viniera y mamá no se diera cuenta por estar profundamente dormida, y entonces no lo despertaría. Así que volvió a su vigilancia personal porque sintió que era la única forma de asegurarse de que no se perdería la anhelada y falsamente imaginada visita de papá.

La imagen de un pequeño forzándose a no dormir por si el amado y añorado padre regresa me conmueve sobremanera.

¡Por qué los padres y madres que abandonan no entienden la dolorosa y profunda herida que abren en el corazón de sus hijos! O si lo entienden, ¡por qué no les importa! Cuando ya no hay el amor ni la voluntad para seguir en pareja, que cada uno vuele por su propio cielo, pero a los niños ¡NUNCA! hay que abandonarlos.

Es claro que esta experiencia en la vida de David fue la causa de que su insomnio crónico se perpetuara hasta su adultez. La necesidad de vigilar durante la noche se estableció como un patrón rígido y arraigado en todas las áreas de su ser. El trabajo terapéutico que llevamos a cabo fue un proceso hermoso y sanador –aunque también doloroso–, que le permitió al pequeño David liberarse de aquella tormentosa expectativa que lo acompañó toda la infancia, y al David adulto, aprender por fin a abandonarse a las delicias de un sueño profundo.

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