jueves, 9 de julio de 2026

Del libro: “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia Chávez - Cambiar

 

Del libro: “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia Chávez

 

 

¿Por qué nos resulta difícil cambiar?

 




Siempre me sorprende el hecho de que tantas personas vayan por la vida acarreando durante años sus depresiones, ansiedades, fobias, miedos, resentimientos y toda clase de problemas psicológicos. Con mucha frecuencia escucho comentarios como: “Tengo cinco años con una profunda depresión”, “Padezco crisis de angustia desde que era adolescente”, “Tengo insomnio desde años atrás”, etcétera. Y mi respuesta/pregunta ante estos comentarios es: “¡¿Y por qué no te curas?!”

Todos los asuntos psicológicos son curables; todo es susceptible de mejorar si es atendido. ¿Por qué entonces no ponemos manos a la obra y dejamos de sufrir?

Hay una variedad de razones por las cuales nos es difícil cambiar:

Una es la flojera y la comodidad, traducidas en esa aletargada inercia que nos lleva a mantenernos en la misma situación, aunque no seamos felices en ella y aunque nuestra vida no funcione por causa de ella. Muchas veces preferimos quedarnos en esa zona de confort, nomás porque ya es conocida; porque cambiar implica empezar de ceros y, por tanto, incomodarnos. Las personas que se resisten al cambio, que puede traerles grandes beneficios, están convencidas de que “más vale malo por conocido, que bueno por conocer”. ¡Qué gran tontería! Entonces, ¿es mejor vivir en lo que no nos gusta ni nos hace felices, que abrirle los brazos a lo nuevo? Detrás de esta actitud no hay sino flojera, conformismo y cobardía.

Negarse a cambiar lo que causa problemas e infelicidad es asunto de cada quien; pero no tenemos derecho a hacerles la vida miserable a nuestros seres queridos, que deben soportar nuestras depresiones, ansiedades, explosiones y patologías cotidianas, sólo por nuestra flojera y cobardía para enfrentar esos monstruos y hacer algo al respecto.

Conozco a una familia conformada por los padres y dos hijos de cuarenta y tantos años. El padre y los dos hijos padecen un trastorno neurológico que los lleva a perder el control cuando se enojan y a presentar tremendas explosiones durante las cuales gritan ofensivos insultos a sus parejas, destrozan objetos y hacen toda clase de cosas, algunas muy peligrosas. Ya que pasa la crisis se sienten avergonzados y culpables y piden perdón miles de veces, solo para repetir la escena una siguiente vez. Esta problemática pude ser curable con la atención profesional adecuada. Me indigna que, aun sabiéndolo, ninguno de los tres hace nada por curarse, sin importarles lo traumático y doloroso que puede ser para sus hijos y pareja lidiar con esto toda la vida, porque su cobardía, pereza y falta de agallas para tomar las medidas necesarias son enormes.

¡Existe tante gente a la que al parecer le gusta vivir sufriendo! Teniendo a su disposición las herramientas para mejorar su situación de cualquier tipo, eligen seguir transitando el disfuncional camino que ya conocen, solo por eso, porque lo conocen.

Detrás de esta resistencia a mejorar nuestra vida, además de la flojera, la cobardía y la comodidad que ya mencioné, puede haber una profunda creencia de que no merecemos ser felices, o de que para ser espirituales y buenas personas hay que sufrir. No pretendo cambiar las creencias de nadie, pero si ésas son las tuyas, te invito a reevaluarlas pasándolas por el filtro de tu adultez, para que si decides conservarlas sean en realidad producto de tu libre albedrío y no solo algo a lo que te apegas porque así te dijeron que debería ser.

Otro de los factores que con frecuencia ocasionan nuestra resistencia al cambio es la soberbia y el orgullo, que llevan a muchos a afirmar que no necesitan ayuda y que ellos todo lo saben, todo lo pueden, y así como son y están es lo correcto.

Yo estoy convencida (si no lo estuviera no habría elegido esta profesión) de que podemos cambiar casi todo lo que deseemos. Y enfatizo el casi porque también sé que algunas cosas —aquellas sobre las que no tenemos control— no se pueden modificar.  También estoy convencida de que ser felices es nuestro derecho de nacimiento y que resolver los problemas —de cualquier índole— que nos impiden serlo es también nuestro derecho y, probablemente, nuestra obligación, sobre todo cuando ellos afectan la vida y la paz de aquellos a quienes amamos.

Hay una infinita variedad de herramientas para ayudarte a cambiar lo que desees, en todos los ámbitos. Si en verdad le abres los brazos al cambio, la vida te las pondrá enfrente y la realidad toda se acomodará para ayudarte. Lo único que necesitas es tener voluntad y disposición; el resto vendrá por añadidura.

 

jueves, 2 de julio de 2026

Del Libro “La felicidad en tiempos difíciles” de Andrew Matthews - Cómo no se debe vivir

 Del Libro “La felicidad en tiempos difíciles” de Andrew Matthews


CÓMO NO SE DEBE VIVIR

 



Fui muy afortunado al crecer…

Mi madre era alcohólica y a mi padre no le interesaba nada.

Mis dos hermanos mayores, Jim y Don, eran adictos a la heroína y traficantes de drogas. Don fue asesinado y Jim murió por abusar de las drogas.

Mis padres se separaron cuando yo tenía 13 años; después me fui a vivir con mamá a una casa rodante. A partir de los 15 años, estuve casi siempre solo.

¿Por qué digo que fui afortunado? Porque aprendí mucho de la vida. Mi familia era el ejemplo perfecto de CÓMO NO SE DEBE VIVIR. Mis padres y mis hermanos fueron mi motivo para construirme un futuro mejor. Fui afortunado. Pero la buena suerte no necesariamente consiste en tener un comienzo fácil en la vida.

Mis padres dormían en habitaciones separadas y jamás se hablaban. Me pareció que eso era normal.

Cuando era muy pequeño, mis hermanos eran mis héroes. Luego se metieron en las drogas y el crimen, a causa de ello me sentía desolado y atemorizado. Los vendedores de droga venían a la casa a exigir su dinero. Recuerdo cuando Big Bob, un matón local, nos hizo una visita. Espiando desde la ventana de mi recámara, podía verlos a él y a mi hermano Jim en el jardín frontal. Big Bob tenía el mango de un hacha en la mano y de pronto lo dejó caer con toda su fuerza en la cabeza de Jim. Jim quedó tendido en un charco de sangre.

La policía también solía visitarnos con frecuencia, por lo regular para arrestar a alguno de mis hermanos. Jim y Don entraban y salían de la cárcel por robo y tráfico. Me avergonzaba cuando alguno de ellos salía en la televisión por sus fechorías; también me avergonzaba pasar mi infancia visitando cárceles.

Cuando llegué a los 15 años, mi madre se había dado por vencida en la vida. Se quedaba en la cama por semanas. Me dijo: “Ya tienes edad suficiente para cuidarte solo.” Hice lo mejor que pude para cuidarla. También hice lo mejor que pude para cuidar a mi papá, que para esa época tenía ya un tumor cerebral. Papá insistía en que la educación era una pérdida de tiempo, pero yo seguí estudiando. Me mantenía trabajando en un restaurante de comida asiática como ayudante de cocinero y repartidor.

Las metas de mi vida estaban basadas en lo que mi familia no era. Yo quería:

·         Ser más feliz que mis padres;

·         Ser más sano que mis hermanos;

·         Convertirme en esposo devoto y padre amoroso; y

·         Quería ir a la universidad en lugar de ir a la cárcel.

Hubiera sido más fácil para mí darme por vencido y culparlos, pero los costos hubieran sido demasiado altos. Tengo una filosofía simple que me ha ayudado a salir adelante: Si lo que haces no está funcionando, trata con algo distinto. Nunca estás derrotado hasta que te das por vencido.

Recuerdo la ceremonia de graduación cuando recibí mi título en química: estaba tan orgulloso; ¡juraría que mis pies apenas tocaban el suelo! Hoy soy químico industrial. Tengo una esposa maravillosa, dedicada a nuestras dos hijas increíbles, saludables, una tiene 7 años y la otra está a punto de cumplir 11. Somos una familia unida.

A pesar de que puedo afirmar que he vivido mi vida bien, siempre tuve resentimiento con mi padre por su desinterés y con mis hermanos por ser idiotas. Así que, en 2008, decidí llevar a cabo una ceremonia en su honor. Mi esposa e hijas, mis suegros y yo fuimos a sus tumbas y les hablamos de todas las cosas buenas que ellos tres habían tenido o sido en la vida. Le dije a mi familia cuanto quería a mi padre y hermanos y por qué los amaba. Lloré como nunca había llorado antes. Fue una gran liberación dejar salir todo ese resentimiento. Un gran peso había caído de mis hombros y de mi corazón. Salí de ahí sintiéndome limpio y mucho, mucho más feliz.

Cada día me siento muy agradecido por lo que tengo.

 

jueves, 25 de junio de 2026

Del libro “Cómo controlar la IRA” de M.K. Gupta - Evitar la ira

 

Del libro “Cómo controlar la IRA” de M.K. Gupta

 

Cómo evitar situaciones que provoquen ira

 





Una persona se enoja cuando una situación o estímulo lo provoca. Uno no se puede enojar simplemente de nada. Definitivamente se necesita un estímulo externo para encender el temperamento. Si aprendemos a minimizar dichas situaciones, las cuales trabajan como combustible para encender a la persona, entonces podrá haber una reducción considerable en general de los incidentes que provoquen ira, con los que generalmente nos encontramos. No digo que la ira se eliminará por completo para dichas situaciones debido a las limitaciones prácticas. Sin embargo, se podrá hacer un intento para reducirlas lo mas que se pueda. Una atmósfera pacífica desprovista de resentimiento e ira es una bendición, no sólo para el individuo sino para la sociedad entera.

Ilustraré este punto con algunos ejemplos. Empezaré con la disminución del resentimiento e ira, el cual se presenta en una oficina. La mayoría del resentimiento ocurre porque algunas veces no hay lineamientos apropiados y hay mucha arbitrariedad con respecto al otorgamiento de ascensos, de permisos, fondos y adelantos, con respecto a mandar a personas a entrenamiento, seminarios y conferencias en el país o en el extranjero, en la distribución de tareas y en la delegación de poderes, en proveer diferentes ventajas, gastos, etc. Algo del resentimiento ocurre porque la gerencia no se molesta en los requerimientos, comodidades, necesidades básicas requeridas para el empleado, de manera que pueda desarrollar su trabajo adecuadamente.

Ahora, si la gerencia se encarga de todas estas cosas al principio, entonces el alcance del resentimiento se reduce bastante. Por ejemplo, el resentimiento sobre los favoritismos se puede reducir considerablemente elaborando reglas, normas y directrices apropiadas con respecto a los ascensos, permisos, el mandar a las personas a entrenamiento y a conferencias. De manera similar, la distribución del trabajo y la delegación de poderes se puede definir muy bien por escrito para los diferentes tipos de empleados. Las ventajas oficiales, los gastos y los servicios que serán proporcionados a los diferentes niveles de empleados, también se podrán poner por escrito. Los procedimientos disciplinarios en el caso de empleados negligentes deberán también ser anotados y se tomará acción en contra de los empleados de acuerdo a las reglas y lineamientos. La idea es que la subjetividad y la arbitrariedad deberán ser reducidas lo más que se pueda. Esta es una herramienta muy efectiva para reducir el resentimiento y la ira en los empleados.

Otro punto referente a los empleados, es que la gerencia debería pensar por adelantado sobre los requerimientos básicos, comodidades y condiciones apropiadas de trabajo para cada empleado, de manera que pueda dar su mejor trabajo a la compañía. La gerencia no debería esperar para proporcionar estas cosas hasta que el empleado demuestre su enojo de una forma u otra.

De manera similar, podemos reducir las situaciones que provoquen ira en otras áreas también. Una de éstas es tu propia casa. Deberemos analizar cuáles son los factores que normalmente provocan estas situaciones. Por ejemplo, algunas veces hay enojo porque tú o tu esposa no pueden encontrar algo que es importante. Has desperdiciado horas y aún no lo encuentras y es de suma importancia que lo hagas. Así que la manera para reducir dicha tensión es que deberás empezar a guardar las cosas de tu hogar de manera sistemática y en contenedores marcados. Asigna un lugar para todo. Después de utilizar algo deberás guardarlo en su lugar asignado. Inculca también este hábito a tus hijos. Después de un tiempo se volverá costumbre hacerlo.

Algunas veces hay resentimientos por que se acaba la comida de la cocina. Por ejemplo, no hay azúcar y tienes ganas de tomar un té o no hay sal y cómo vas a preparar la cena de esta forma. Nuevamente podrás desarrollar una estrategia apropiada para controlar dichas situaciones de manera que se reduzca la tensión en esos momentos. Puedes colocar una libreta en la pared de la cocina y tan pronto como algo se acabe o esté por acabarse, anótalo en la libreta. De esta manera podrás saber qué es lo que tienes que comprar en la tienda. Así que cuando salgas, llévate la lista y no se te olvidará comprar todo lo que necesitas.

Algunos disgustos ocurren porque algunas personas tienen el hábito de hacer o preparar algo a ultimo momento. Si tienen que tomar el tren, empacarán su maleta a última hora y correrán a la estación. En este proceso se les olvidará guardar varias cosas importantes y también correrán el riesgo de accidentarse. Naturalmente, en dichas circunstancias se encenderán los ánimos y la persona estará en un estado constante de agitación y ansiedad. Lo mismo sucede cuando algunas personas se levantan tarde y tienen una cita temprano. Se les olvidará llevarse algunos papeles, llegarán tarde, su mente estará constantemente tensa y ansiosa. Algunas personas hacen lo mismo cuando tienen exámenes o entrevistas. Llegarán al salón cuando el examen haya comenzado. Todo esto se podrá evitar si cultivamos el hábito de prepararnos para todo por adelantado y nos damos el tiempo suficiente para hacer las cosas.

Les daré un ejemplo más sobre una situación que provoque ira. Algunas veces sientes que cuando hablas, discutes algún asunto o te mueves alrededor de una persona en particular, el resultado siempre es el mismo, irritación e ira. Esto puede suceder porque la persona siempre habla de manera negativa o porque su frecuencia no coincide con la tuya, de manera que siempre están mal sincronizados. La manera sencilla de reducir esta situación de ira es no hablar con esta persona o discutir lo menos posible con ella. Esto es definitivamente mejor que halar innecesariamente con ella y que cada vez que lo hagas, la conversación termine en molestia y enojo.

 

 

jueves, 18 de junio de 2026

Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez - Hazlos visibles

 

Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez

 

HAZLOS VISIBLES ANTE EL MUNDO

 



No podemos negar la agradable sensación que experimentamos, a cualquier edad, cuando alguien habla bien de nosotros en público, más aún si ese alguien es una persona muy significativa, como lo son los padres para un niño.

Muchas personas consideran inapropiado el decir cosas positivas de sus hijos y presumirlos. Si bien esto puede presentarse en un extremo, cuando proviene de un mesurado y genuino orgullo por nuestros hijos no tendría por qué ser inadecuado.

Está bien probado que esta conducta es uno de los factores que estrechan hermosamente una relación, del tipo que sea: de pareja, de amistad y, no se diga, entre padres e hijos.

Yo observo qué fácil resulta para la mayoría de los padres hablar a otros de los problemas que sus hijos les dan y de los defectos que tienen. Esto es recibido con total naturalidad por quienes escuchan. Pero cuando se habla de lo maravillosos que son sus hijos, no es tan bien recibido; al contrario, es desaprobado.

Esto proviene en parte de viejos e inadecuados aprendizajes sobre modestia que por años se nos inculcaron. Les llamo inadecuados porque en realidad el significado de la modestia se ha distorsionado en las interpretaciones sociales que se le dan. Éstas sugieren que cuando alguien te halaga en cualquier aspecto la respuesta correcta debiera ser algo así como: “Ay no, de ninguna manera, yo no soy…”, y mejor aún si complementas tu respuesta diciendo algo negativo sobre ti mismo.

Un día estaba con tres hermanas y su mamá, que son mis amigas desde la adolescencia. Alguien llamó la atención de la madre al reconocer lo guapas que eran sus hijas –y sí lo son–, a lo que ella contestó: “Ay no, son muy feas, pero son buenas personas”. Las tres hijas reclamaron al unísono en son de broma: “Oye, no, ¡sí somos muy guapas!” La madre puso su dedo sobre sus labios en señal de que guardaran silencio y les dijo como un susurro: “Imagínense que mal me vería si digo que mis hijas son guapas”.

En realidad, la modestia implica la capacidad de reconocer honestamente virtudes y tu innegable grandeza, así como tus defectos y también innegables limitaciones.

Cuando lo padres sólo halagan y presumen a sus hijos de manera desmesurada es simplemente por una necesidad de reafirmarse a sí mismos como buenos padres –¡padres perfectos! – ante los demás.

La conducta que yo estoy sugiriendo implica que se deben reconocer las limitaciones de los hijos, pero cuando se dan las circunstancias apropiadas no se debe tener problema en mostrar a otros sus virtudes y grandezas.

Para finalizar este apartado, te pido que recuerdes alguna ocasión en la que alguien te halagó/reconoció ante otros. Qué maravilloso se siente, ¿verdad? Imagina ahora como se sentirá un niño cuyos padres, que son su universo y su palabra la verdad absoluta, escucha algo así. Con gran intensidad te invito a que instaures esta conducta en tus relaciones con la gente a quien quieres y veas la magia que provoca.

 

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jueves, 11 de junio de 2026

 

Del libro “365 ideas para una vida plena” del Dr. Mario Alonso Puig

  




 97.  Las dificultades, los fracasos, las frustraciones y las injusticias no son los obstáculos que te impiden avanzar, sino que constituyen en sí el propio camino que te va a ayudar a progresar.  Por eso y por incómodas que sean ciertas situaciones, lejos de quejarte, plantéate qué es lo que puedes hacer tú para mejorarlas.  

 

102.  Ante una situación difícil e incómoda en la que sientes que la presión te puede, no te dejes arrastrar por la tentación de buscar culpables. Pon toda tu atención en buscar una solución.

 

107.  Ten en cuenta que el camino del fracaso y el del triunfo son el mismo, aunque recorridos de una forma muy distinta. Un triunfador es, al fin y al cabo, es un perdedor que nunca se dio por vencido.

 

136.  Cuando recuerdes los errores del pasado, sin pretender con ellos justificarlos, es importante que tengas presente que ciertas decisiones que tuvieron consecuencias negativas las tomaste con el nivel de conciencia que entonces tenías y no con el que tienes ahora.  


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jueves, 4 de junio de 2026

Del libro “El camino de la sabiduría” de Jorge Bucay - Intoxicación

 

Del libro “El camino de la sabiduría” de Jorge Bucay

 

INTOXICACIÓN

 


Pensando y pensando es como empiezas a intoxicarte con la idea de lo que debería ser, con la idea de la comparación, con la idea de lo que tienes y de tus carencias.

 

* Si siempre que estoy bien pienso que podría estar mucho mejor, estoy intoxicado.

* Si mientras como mi plato de fideos controlo el tamaño del plato que sirvieron a mi vecino, estoy intoxicado.

* Si soy médico, o abogado, o ingeniero y pienso que por eso tengo algún derecho especial, estoy intoxicado.

* Si pienso que por ser cliente de esta tienda debe descuidarse la atención a otro para dármela a mí, estoy intoxicado.

* Si creo que lo que me da derecho a ser bien tratado por un funcionario público es que pago los impuestos, estoy intoxicado.

* Si creo que es justo que yo no pase hambre porque me he ganado el dinero con el que compro mi comida, estoy intoxicado.

* Si a veces creo que soy el mejor y otras que soy el peor, en ambos momentos, estoy intoxicado.

* Si alguna vez he pensado que soy más o que soy menos que alguien o que algo, estoy intoxicado.

* Si pienso que por ser cristiano, judío, budista o ateo soy muy diferente de quienes no lo son, estoy intoxicado.

 

Comparar siempre es tóxico y la intoxicación crónica puede envenenarnos.

Si tú, como yo y como casi todos, has recibido el veneno en pequeñas dosis desde el día en que naciste, tal vez estés adaptado y ni te percates de que el veneno circula por tu cuerpo y anida en tu cabeza.

 

 

Mi primera dosis, por ejemplo, vino con la elección de mi nombre;

La segunda, con el color de mi batita de bebé;

La tercera, con la cintita roja que mi madre me ató contra el mal de ojo (porque yo era tan bonito…);

La cuarta, con el apodo con el que me rebautizaron mis tíos;

La quinta, con mi primer “muy-bien-diez-sobresaliente”;

La sexta, el día que mis amiguitos de la escuela me llamaron gordo por primera vez;

La séptima…

 

Y podría seguir rastreando dosis de encasillamiento, de discriminación, de condicionamientos, de mensajes explícitos y subliminales, hasta el día de hoy.

 

Me he intoxicado lentamente, tan lentamente que me he inmunizado al veneno.

Hoy soy tan inmune a la intoxicación que, cuando digo que soy argentino, que soy judío, que no soy demasiado inteligente o que soy el mejor amigo de Héctor, ni me doy cuenta de que estoy pensando en términos de distinción, en términos de comparación, en términos de discriminación y no de amor.

Todo tipo de competencia es producto de un veneno.

Y hay que evitar todo lo que sea tóxico. Hay que evitarlo en el plano físico, en el plano mental y en el plano espiritual.

 

EL VENENO SE LLAMA COMPARAR,

LA INTOXICACIÓN SE LLAMA DISCRIMINACIÓN,

LA ENFERMEDAD SE LLAMA COMPETENCIA

Y LA ADICCIÓN SE LLAMA OBSESIÓN POR GANAR.

 

 

 

 

jueves, 14 de mayo de 2026

Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez - Me ven porque me ven

 

Del libro “Hijos invisibles” de Martha Alicia Chávez

 

¡Me ven porque me ven!

 



A donde quiera que vayamos, encontraremos a estos seres invisibles intentando volverse visibles ¡a la fuerza! Son aquellas personas que llaman la atención comportándose de manera escandalosa y/o exhibicionista, así como llevando en su cabello o su cuerpo toda clase de ropas, accesorios o cosas inusuales y estrafalarias, obligando a los demás a verlos de forma inevitable. Con gran frecuencia reciben burlas, desprecio y rechazo, pero tal vez eso sea menos duro que no ser vistos. “Véanme, aunque me desprecien. Otórguenme su atención, aunque sea para burlarse. Concédanme una mirada, aunque sea humillante”, pareciera que así implora el corazón de estos seres invisibles, que buscan ser notados a través de ser diferentes, ¡muy diferentes!

En estas personas, por lo general, también hay una actitud de superioridad, convencidos de que por ser como son, hacer lo que hacen y vestir como visten son libres, diferentes y, de alguna manera, superiores y mejores que el resto de nosotros. La verdad detrás de estos comportamientos es que hay un gran complejo de inferioridad que se trata de disfrazar con su opuesto: sentirse superiores, menospreciando a los otros.

Hablar a gritos y comportarse de manera histriónica, provocando que todos alrededor volteen a ver, es otra forma de llamar la atención, de hacerse presente, de decirle al mundo: “¡Aquí estoy!”.

Como ya mencioné, la necesidad de ser vistos es tan grande, que nos aferramos a cualquier cosa, comportamiento o apariencia que nos otorgue la atención que el niño interior herido sigue buscando, sin importar la edad que tengamos.

Yo conocí muy de cerca a una mujer que bien puede servirnos como ejemplo en este caso. Estuvo presente en mi vida durante 10 años hasta que se fue a vivir muy lejos y perdí contacto con ella. A lo largo de ese tiempo presencié infinidad de veces toda clase de actos de exhibicionismo que en ocasiones eran obvios e inconfundibles, pero a veces se presentaban tan sutiles y disfrazados que podrían haberse interpretado simplemente como los de una personalidad extrovertida y sin prejuicios.

Ella tenía como mascota a una hermosa perrita de una raza realmente rara, cuyo nombre no recuerdo: la tenía a su lado, literalmente las 24 horas del día. La perrita tenía una apariencia tan especial, única y hermosa, que a donde iba llamaba la atención. En todos lados detenían a esta mujer para admirar a la perrita y hacerle preguntas sobre ella. Así, tener esa mascota especial que llamaba la atención la hacía a ella sentirse especial y, por ende, atraer también la atención hacia sí misma.

Después de varios años en su vida, la perrita murió, lo cual la metió en un profundo proceso de duelo por su pérdida. En cuanto se recuperó un poco adoptó a otro perrito, pero éste era tan normal y común que no le brindaba la atención de los demás que el anterior sí le proporcionaba. Entonces, aunque sea difícil de creer –yo no lo podía creer–, ¡decidió que lo pintaría de azul! De haberlo hecho, sin duda alguna, hubiera sido la estrella, el centro de atención a donde quiera que fuera. Pero quiso el destino, o quizá las diosas protectoras de los perro, que justo el día cuando llevó al perrito al salón de belleza para que le aplicaran el tinte en sus tupidos pelos ahí se encontrara una apasionada activista de la sociedad protectora de animales, quien al enterarse sobre lo que estaba a punto de hacer se puso furiosa y le advirtió que si le ponía ese tinte al perrito, ella la acusaría y la institución se lo quitaría porque ésa era una forma de abuso que ponía en riesgo la salud del animalito. Ella, que ya se había encariñado con su nueva mascota, no pudo más que obedecer y conformarse con su perrito común y corriente.

Sin embargo, no importaba, porque tenía otras formas de llamar la atención. Por ejemplo, el extraño vehículo que poseía: una camioneta con zonas perfectamente renovadas y relucientes, y otras tan destartaladas que daba la impresión de que en cualquier momento se partiría en pedazos. Obviamente, también el vehículo llamaba la atención. Cuando de plano se le acabó, compró un auto compacto, tan común y corriente que no lo pudo soportar. Mandó pegarle por todos lados unas enormes calcomanías con formas de soles sonrientes, de manera tal que al verlo pasar resultaba difícil distinguir que rayos era eso. Como es de suponer, su auto, y ella dentro de él, no pasaban desapercibidos; ¡era imposible no verlos!...

Con cada uno de sus comportamientos parecía suplicar: “¡Por favor, hablen de mí! ¡Por favor, tómenme en cuenta! ¡Por favor, volteen a verme!”. Y siempre lo consiguió.