Del libro: “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia
Chávez
¿Por qué nos resulta difícil
cambiar?
Siempre me sorprende el hecho de que tantas personas vayan
por la vida acarreando durante años sus depresiones, ansiedades, fobias,
miedos, resentimientos y toda clase de problemas psicológicos. Con mucha
frecuencia escucho comentarios como: “Tengo cinco años con una profunda
depresión”, “Padezco crisis de angustia desde que era adolescente”, “Tengo
insomnio desde años atrás”, etcétera. Y mi respuesta/pregunta ante estos
comentarios es: “¡¿Y por qué no te curas?!”
Todos los asuntos psicológicos son curables; todo es
susceptible de mejorar si es atendido. ¿Por qué entonces no ponemos
manos a la obra y dejamos de sufrir?
Hay una variedad de razones por las cuales nos es difícil
cambiar:
Una es la flojera y la comodidad, traducidas
en esa aletargada inercia que nos lleva a mantenernos en la misma situación,
aunque no seamos felices en ella y aunque nuestra vida no funcione por causa de
ella. Muchas veces preferimos quedarnos en esa zona de confort, nomás
porque ya es conocida; porque cambiar implica empezar de ceros y, por tanto,
incomodarnos. Las personas que se resisten al cambio, que puede traerles
grandes beneficios, están convencidas de que “más vale malo por conocido, que
bueno por conocer”. ¡Qué gran tontería! Entonces, ¿es mejor vivir en lo que no
nos gusta ni nos hace felices, que abrirle los brazos a lo nuevo? Detrás de
esta actitud no hay sino flojera, conformismo y cobardía.
Negarse a cambiar lo que causa problemas e infelicidad es
asunto de cada quien; pero no tenemos derecho a hacerles la vida miserable a
nuestros seres queridos, que deben soportar nuestras depresiones, ansiedades,
explosiones y patologías cotidianas, sólo por nuestra flojera y cobardía para
enfrentar esos monstruos y hacer algo al respecto.
Conozco a una familia conformada por los padres y dos hijos
de cuarenta y tantos años. El padre y los dos hijos padecen un trastorno neurológico
que los lleva a perder el control cuando se enojan y a presentar tremendas explosiones
durante las cuales gritan ofensivos insultos a sus parejas, destrozan objetos y
hacen toda clase de cosas, algunas muy peligrosas. Ya que pasa la crisis se
sienten avergonzados y culpables y piden perdón miles de veces, solo para repetir
la escena una siguiente vez. Esta problemática pude ser curable con la atención
profesional adecuada. Me indigna que, aun sabiéndolo, ninguno de los tres hace
nada por curarse, sin importarles lo traumático y doloroso que puede ser para
sus hijos y pareja lidiar con esto toda la vida, porque su cobardía, pereza y
falta de agallas para tomar las medidas necesarias son enormes.
¡Existe tante gente a la que al parecer le gusta vivir
sufriendo! Teniendo a su disposición las herramientas para mejorar su situación
de cualquier tipo, eligen seguir transitando el disfuncional camino que ya
conocen, solo por eso, porque lo conocen.
Detrás de esta resistencia a mejorar nuestra vida, además de
la flojera, la cobardía y la comodidad que ya mencioné, puede haber una
profunda creencia de que no merecemos ser felices, o de que para ser
espirituales y buenas personas hay que sufrir. No pretendo cambiar las
creencias de nadie, pero si ésas son las tuyas, te invito a reevaluarlas pasándolas
por el filtro de tu adultez, para que si decides conservarlas sean en realidad
producto de tu libre albedrío y no solo algo a lo que te apegas porque así te
dijeron que debería ser.
Otro de los factores que con frecuencia ocasionan nuestra
resistencia al cambio es la soberbia y el orgullo, que llevan a muchos
a afirmar que no necesitan ayuda y que ellos todo lo saben, todo
lo pueden, y así como son y están es lo correcto.
Yo estoy convencida (si no lo estuviera no habría elegido
esta profesión) de que podemos cambiar casi todo lo que deseemos.
Y enfatizo el casi porque también sé que algunas cosas —aquellas
sobre las que no tenemos control— no se pueden modificar. También estoy convencida de que ser felices
es nuestro derecho de nacimiento y que resolver los problemas —de cualquier
índole— que nos impiden serlo es también nuestro derecho y, probablemente,
nuestra obligación, sobre todo cuando ellos afectan la vida y la paz de
aquellos a quienes amamos.
Hay una infinita variedad de herramientas para ayudarte a
cambiar lo que desees, en todos los ámbitos. Si en verdad le abres los brazos
al cambio, la vida te las pondrá enfrente y la realidad toda se acomodará para ayudarte.
Lo único que necesitas es tener voluntad y disposición; el resto
vendrá por añadidura.