Si
alguien lo hace por ti…
Autora: Alicia
Campos Vera + IA
En la rama más firme de un viejo roble vivían una ardilla de nombre Tita y su hijo Nilo. Desde pequeño, cada vez que Nilo encontraba una nuez, su madre le ayudaba a perforar la cáscara para que pudiera comer sin dificultad.
Un día, como tantos otros, Nilo sostuvo una nuez entre sus
pequeñas patas y miró a su madre en busca de ayuda, pero esta vez ella solo lo
observó con ternura y le dijo ya era tiempo de que él solo pelara la nuez.
Nilo se quedó inmóvil. Sus ojitos se llenaron de lágrimas y
dijo:
—¿No me vas a
ayudar?, ¿Ya no me quieres?
Tita sintió un nudo en el corazón. Se acercó, lo abrazó con
su cola y con mucho cuidado secó sus lágrimas.
—Claro que te quiero, eres lo más importante y valioso para
mí… No llores y escucha con atención la historia que te voy a contar.
—Hace tiempo, en este mismo
bosque vivía una pequeña ardilla. Era la consentida de su papá. Él la amaba
tanto, que siempre le daba todo ya hecho. Cada nuez… ya estaba perforada. Cada
dificultad… ya estaba resuelta. Ella creció creyendo que así debía ser la vida.
Nunca tuvo que esforzarse, nunca tuvo que intentar… porque su papá siempre
estaba ahí para hacerlo por ella. Pero un día, su papá ya no estuvo.
Nilo abrió los ojos con
sorpresa.
—La ardilla, como de costumbre,
salió a buscar nueces –continuó Tita–. Encontró una muy grande y se puso feliz;
pero, al querer perforarla, no pudo. Lo intentó varias veces sin lograrlo y entonces
se puso a llorar. Extrañó a su padre, se sintió sola y muy triste.
Tita hizo una breve pausa antes
de seguir:
—Pasó el tiempo y la ardilla ya
tenía mucha hambre, hasta que un sabio búho del bosque, que ayudaba a los
animales a descubrir sus propias capacidades, se acercó a ella.
—¿Un búho? —preguntó Nilo.
—Sí —sonrió Tita—. El búho la
miró con calma y le dijo: “Tienes todo lo que necesitas: tus patas, tus
dientes, tu fuerza… pero nunca te has dado la oportunidad de descubrirlo,
porque había alguien que hacía todo por ti, pero tú puedes.
—¿Y qué hizo la ardilla? —interrumpió
Nilo, ahora muy interesado en el desenlace de esa historia.
—Al principio tuvo miedo, dudó
de sí misma… pero decidió intentarlo. Una y otra vez. Y aunque al principio
fallaba, poco a poco aprendió. Hasta que un día… logró perforar su enorme nuez.
Desde entonces esa ardilla entendió algo muy importante: que el amor no
siempre es hacer las cosas por alguien… sino acompañarlo mientras descubre que
puede hacerlo por sí mismo.
Hubo un pequeño silencio.
—Mamá… —dijo Nilo en voz bajita—, ¿esa ardilla eras tú?
Tita lo miró con dulzura.
—Sí —respondió—. Y por eso, aunque me cueste verte
esforzarte… no quiero cometer el mismo error. Si alguien hace las cosas por
ti, no te darás cuenta de lo que eres capaz, y yo te amo demasiado como hacer
todo por ti y no darte la oportunidad de descubrir tus talentos.
Nilo respiró hondo. Miró la nuez entre sus patas. Dudó un
momento… pero esta vez no la soltó. Intentó perforarla. No lo logró. Volvió a
intentar… y otra vez falló.
Miró a su madre.
Tita no se movió, pero le sonrió con confianza.
Nilo lo intentó una vez más… y entonces, crack, la
cáscara cedió.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Lo logré mamá!, ¡Lo logré! —exclamó.
Tita lo abrazó con orgullo.
—Siempre pudiste —le dijo.
Desde ese día, cada nuez fue una oportunidad para crecer. Y
aunque a veces Nilo pedía ayuda, Tita aprendió a solo estar cerca… lista para
acompañar y alentar, pero no reemplazar.
Moraleja:
Amar también es dejar que los hijos solos enfrenten situaciones difíciles.
Cuando dejamos que ellos intenten por sí mismos, les regalamos la oportunidad
de descubrir su verdadera fuerza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario