Del libro “20 pasos hacia adelante” de Jorge Bucay
APRENDE A NEGOCIAR LO IMPRESCINDIBLE
En los demás casos, y especialmente en nuestras relaciones
amorosas y significativas, sería mejor cambiar el verbo para evitar confusiones.
En la amistad, en la familia y en la pareja me gustan mucho más los acuerdos
que las negociaciones, y prefiero siempre las renuncias a los
sacrificios. Me gusta ayudar a mis pacientes a que se den cuenta de lo que
tienen ganas de hacer para resolver su desencuentro, pero no admito las frases
miserablemente especulativas que se enuncian desde el “yo haré esto si tú
haces esto otro…”.
A pesar de todo, prefiero la negociación antes que la
imposición del criterio de uno sobre otros. Prefiero la negociación a la violencia,
a la mentira o al engaño. La prefiero antes que la manipulación
o la fuerza bruta.
Y cuando negociar sea el único o el mejor camino habrá que
tener en cuenta, de todas formas, algunas cosas. Habrá que saber si podemos
confiar en aquellos con los que negociamos, habrá que ofrecer lo que
podemos conceder y no pedir lo que sabeos que no pueden darnos. Es necesario
ser conscientes de que sólo es posible o razonable ceder hasta donde nuestra
realidad interna o externa nos lo permite, y que el otro está en la misma situación.
Por salvar al hijo del zar, que se ahogaba en el río,
tres campesinos fueron recibidos en palacio, donde el monarca les invitó a
elegir su recompensa. El primero pidió la mano de la princesa, el segundo
solicitó poder absoluto sobre su condado y el tercero, después de un silencio,
pidió solamente una bolsa de monedas. Los otros dos lo acusaron de estúpido y
de no saber aprovechar una oportunidad única. El tercer hombre les dijo:
–Si es intención del zar darnos
algo, cosa que dudo, yo quiero estar seguro de pedir aquello que puede ser que
me conceda…
La respuesta es tan obvia como importante: habrá que
aprender a negociar el desacuerdo, aun cuando esto signifique, como
decía mas arriba, una lisa y llana renuncia a algunas de mis pretensiones,
sin resentimientos ni esperando la revancha. La simple pero difícil aceptación
de la realidad tal como viene… aunque sólo sea para usarla como punto de
partida de la lucha por una realidad diferente.
Presta atención a esta historia:
Cuentan que, hace muchísimos años,
en un pequeño pueblo de Inglaterra sucedió algo que cambiaría para siempre la
vida del joven Mortimer y la de sus dos amigos.
Una mañana,
cuando iba de camino a la escuela, el jovencito divisó a un lado del bosque un
enorme nogal cargado de nueces. Sorprendido, porque nunca lo había visto, se
acercó sigilosamente hasta el alambrado y evaluó de un vistazo las
posibilidades de robar alguno de esos frutos sin ser atrapado. Rápidamente se
dio cuenta de que no era un trabajo para hacer en solitario; necesitaría ayuda
si esa noche quería comer nueces con su pudín. Al llegar a la escuela, contó a
sus futuros cómplices lo que había visto, y decidieron dar el golpe esa misma
tarde, cuando salieran de clase. Así fue. Mientras Mortimer vigilaba el sendero
para evitar ser atrapados, uno de sus amigos hacía de espía para que el más
ágil y pequeño de los tres trepara por el tronco e hiciera caer las nueces.
Apenas Mortimer
vio que se acercaba un carro, dio la alarma y los otros recogieron las nueces
caídas y salieron corriendo para encontrarse con Mortimer en el bosque.
Allí, jadeando y riendo, los ladronzuelos vaciaron los bolsillos y
miraron con satisfacción el pequeño montoncito de nueces conseguidas.
–Hay que
repartirlas – dijo uno.
–Sí – dijo
otro.
–¿Cuántas son?
– preguntó el tercero...
Y contaron… una
… dos… tres…
Eran
diecisiete.
Los tres se
miraron mientras multiplicaban buscando alternativas en la tabla del tres…
Tres por cuatro, doce… tres por cinco, quince… tres por seis … ¡dieciocho!
Finalmente, Mortimer tomó la palabra.
–Ya que yo soy
el que dio la información, creo evidente el reparto que hay que hacer: cinco
para cada uno y las restantes dos para mí.
–En todo caso –
dijo el que había trepado–, una para ti y otra para mí, porque si yo no hubiera
subido…
–Un momento– interrumpió
el tercero–, que si yo no te hubiera sostenido nunca habrías podido agarrar ni
una sola nuez. Así que …
Como no pudieron llegar a un acuerdo, decidieron preguntarle al viejo
sabio que vivía en el claro del bosque. Él los ayudaría. Lo encontraron en su
cabaña y le explicaron el problema del reparto. El viejo escuchó y preguntó:
–¿Y quieren que
reparta las nueces por ustedes?
–Sí– dijeron
los tres.
–¿Y cómo
quieren que lo haga? – preguntó el anciano–, ¿un reparto natural o como a mí me
parezca…?
–No. Como a ti
te parezca no. Queremos un reparto natural, lo más natural que puedas...
– dijeron los tres casi a coro.
El viejo contó
las nueces y luego las fue repartiendo. Le dio al que había hecho de sostén
once nueces. Al que había trepado le dio cuatro y a Mortimer sólo dos.
–¿Qué es esto?
– preguntaron todos, descontentos por igual–, te dijimos naturalmente,
no como tú quisieras…
–Si lo hubiera
hecho como yo quería, hubiese sido más equitativo. Hubiera puesto en manos de
cada uno cinco nueces, hubiera abierto las restantes dos, hubiera agregado a su
posesión media nuez más para cada uno y me hubiera comido la última mitad en
pago de mi participación, para no favorecer a ninguno de los tres. Pero ustedes
me pidieron que fuera reparto natural. Pus bien, la naturaleza es así, a
unos les da mucho, a otros algo menos y a algunos no les concede casi nada.
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