jueves, 19 de mayo de 2022

Del libro “¡Porque lo mando yo! 2” del Dr. John K.Rosemond. - Casa a prueba de niños

 

Del libro   “¡Porque lo mando yo! 2” del Dr.  John K.Rosemond.  

Casa a prueba de niños

 



P.  Nuestra hija de dieciséis meses empezó recientemente a escalar y a tocar cosas que consideramos que deben estar fuera de su alcance.  Hemos tratado de evitarlo, dándole un ligero manazo cada vez que toma algo que nosotros no queremos que toque, pero eso no parece desviar sus intenciones y comúnmente la hace más decidida a hacerlo.  ¿Qué nos sugiere para solucionar estas travesuras?

R.  El camino más efectivo para lograrlo es disminuir las probabilidades de que haga travesuras, con la fórmula “a prueba de niños”.  Una casa a prueba de niños protege al niño del peligro y evita los destrozos, al mismo tiempo en que proporciona al niño un medio ambiente abierto y lleno de estímulos en el que pueda explorar plenamente.

Haga un inventario, cuarto por cuarto, de las cosas peligrosas o de valor que estén al alcance de su hija.  Coloque cerrojos “a prueba de niños” en los gabinetes de poca altura, asegure los contactos eléctricos, y ponga puertas en las escaleras, y cualquier otra cosa que la pueda fascinar.  Si hace un buen trabajo, podrá dejar que su hija “circule” por toda la casa con mucha menos supervisión de la que ha tenido hasta ahora.

Cuando su hija tenga cerca de dos años y medio, puede empezar lentamente a reorganizar su casa y regresarla a su estado anterior.  Regrese las cosas que considere de valor a su lugar pero una por una.  Al principio deje que su hija vea  y toque el objeto;  después póngalo en el lugar que le corresponde y hágale saber que no se trata de una cosa para jugar.  La discriminación entre “poder tocar” es fácil de lograr a esta edad, siempre y cuando los padres no introduzcan demasiadas cosas interesantes al mismo tiempo.

Un consejo para los padres de los niños que empiezan a hacer sus “pininos”, es que cuando éste tome algún objeto de valor como sería una pieza de cristal cortado no pongan cara de horror, griten “Dame eso”, ni corran con exceso de velocidad hacia el niño, con los brazos extendidos y las manos abiertas como garras.  El pánico conduce al pánico.  Con esta actitud, lo más seguro es que el niño tire la pieza y ésta se rompa.  En vez de reaccionar de ésta forma, controle su miedo, acérquese tranquilamente, y agáchese para que sus ojos queden al nivel de los del niño; sonría, extienda su mano con la palma hacia arriba y diga “¡Huy!, qué bonito ¿lo pondrías en mi mano para que yo también lo pueda ver?”

Si usted resultó ser buen actor, el niño sonreirá y pondrá el objeto en la palma de su mano.  Haga que su hijo perciba que esto no fue un truco.  Ponga la pieza en su regazo y examínenla juntos por un minuto y antes de ponerse de pie dígale:  “Voy a poner esto aquí para que los dos podamos verlo.  ¿Verdad que es muy bonito?” Este procedimiento satisface la curiosidad del niño, le ahorra dinero y ayuda a construir una relación (entre usted y el niño) de cooperación en vez de una relación antagonista.


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viernes, 15 de abril de 2022

Del libro “El contador de historias” del Dr. Camilo Cruz - Taza de té

 


Del libro “El contador de historias”  del  Dr.  Camilo Cruz

 


La taza de té


Esta es la historia de una reunión bastante inusual entre un académico, versado en el budismo zen, y un monje budista, maestro del centro más grande de la provincia de Yunnan en el sur de China, para quien el zen era el único estilo de vida que había conocido.

El académico estaba agotado después de veintiséis horas de vuelo, pero sabía que tenía que reponerse pronto; debía causar una buena primera impresión.  La universidad en la cual enseñaba lo había enviado para que ampliara sus conocimientos del budismo zen y otras doctrinas orientales.  Era importante que el maestro supiera que, pese a él ser occidental, el rigor de los estudios que había realizado lo ponían a la par en el conocimiento de esta filosofía con los grandes maestros de oriente.

Durante la reunión, el catedrático hizo lo que él consideró una profunda y completa exposición de las diferentes corrientes de zen en occidente, sus avances y retos más importantes. También realizó varias preguntas que había preparado con antelación teniendo cuidado de que no fueran a parecer incultas o, peor aún, demasiado ingenuas.  Debían sonar inteligentes y bien pensadas.

Las respuestas del maestro fueron breves, ya que la actitud del erudito parecía indicar que lo que en verdad buscaba no era una respuesta, sino una simple confirmación a lo que él ya sabía.  Aun así, la conversación transcurrió en una atmósfera de respeto y cordialidad.

“Permítame invitarle a una taza de té”, le dijo el monje en un breve momento de silencio.  El visitante agradeció el ofrecimiento.

El anfitrión dispuso las dos tazas y empezó a servir, espacio que el profesor aprovechó para compartir un par de ideas más que había olvidado durante su presentación.  El monje lo escuchaba con atención mientras continuaba vertiendo el té en la taza de su huésped; estaba impresionado por todo el conocimiento que el hombre había logrado almacenar en su mente.

La taza se llenó rápidamente, pero el maestro continuó hasta que el líquido se rebosó y comenzó a llenar el pequeño plato sobre el que esta reposaba.  Pronto, un pequeño hilo de té empezó a avanzar por la mesa.  El académico no sabía cómo llamar la atención del monje ante su aparente distracción.  Supuso que este se encontraba tan absorto con su exposición que, simplemente, aún no se percataba de lo que ocurría.

 

 

Cuando el té amenazó con desbordar la mesa, el catedrático no pudo contenerse más:

“No estoy seguro si se ha dado cuenta de que la taza ya está llena y que no le cabe una gota más”, le dijo con sutileza, tratando de no ofender a su anfitrión.  Por su parte, este no pareció estar demasiado preocupado por su torpeza y, sin alterarse, le respondió:

“Por supuesto que lo veo….  Y así mismo, veo que tal vez no haya nada nuevo que yo pueda enseñarte sobre el zen, puesto que tu mente parece también ya estar llena”.

 

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Es muy probable que, quienes alguna vez han estado involucrados en un proceso de coaching o han dirigido algún tipo de entrenamiento, se hayan encontrado con personas que creen “ya saberlo todo”, que no entienden qué hacen sentadas frente a ti puesto que, según ellas, ya están al tanto de todo  lo que necesitan saber para lograr sus metas.

Sobra decir que esta es una actitud que cierra las puertas del conocimiento y no nos permite aprender nada nuevo.  Es más, ni siquiera es necesario haber caído víctima del síndrome del “ya lo sé todo” para que el proceso de aprendizaje cese.  Con el simple hecho de creer que, así no lo sepamos todo, ya sabemos lo suficiente y no hay necesidad de adquirir nuevos conocimientos, las puertas de nuestra mente se cierran.

 


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Del Libro “Las 3 Promesas” de David J. Pollay - A quien acudes...

 

Del Libro “Las 3 Promesas”  de  David J. Pollay

 

1)       Disfruta cada día

2)       Haz lo que amas

3)       Da a los demás

 




¿A quién acudes corriendo?

 

El récord de los cincuenta metros lisos de la escuela primaria Lake Bluff de Shorewood, en Wisconsin, se estableció a mediados de la década de los cincuenta.  Una mañana de primavera de 1976 estaba decidido a batirlo.  Yo era un estudiante de quinto que había corrido muchas veces con mis amigos, pero nunca lo había hecho para batir el récord de la escuela bajo el control de un cronómetro oficial.  Mis compañeros de clase y yo nos encontrábamos reunidos junto a la línea de salida pintada sobre el viejo pavimento del patio.  Estaba emocionado y nervioso.  Mis amigos apostaban a que podía lograrlo.

Me separé de mis compañeros y me coloqué en la línea de salida.  Miré a mi profesor de educación física, el señor Buddy Wolf.  Hizo sonar su silbato y eché a correr.  Bombeé mis piernas y brazos tan rápido como pude.  Seis segundos y medio más tarde pisé la línea de meta y oí el clic del cronómetro del señor Wolf.  Me giré tan deprisa como pude para oírlo decir:

- ¡Has batido el récord de la escuela!

¡Mi clase estalló en aplausos! Corrí hasta donde estaban todos.  Mis amigos me dieron palmadas en la espalda y puñetazos cariñosos en el brazo.  Estaba en el cielo del quinto curso. Después mis pensamientos se fueron a la hora del almuerzo.  Quería llegar a casa para decírselo a mi madre y llamar a mi padre al trabajo.

Un rato más tarde, el timbre indicó la hora de la comida.  Salí veloz del aula, bajé las escaleras, salí por la puerta lateral y corrí seis manzanas hasta casa.  Abrí la puerta trasera, fui hacia la cocina y vi a mi madre haciendo un sándwich de queso a la parrilla y preparando un tazón de sopa de tomate.  Le di un beso y se lo conté todo sobre la carrera, el récord y los vítores de mis compañeros.

Me pidió que le contara toda la historia, desde el principio hasta el final, con todos los detalles.  Así que lo recreé todo.  Ella aplaudió y me abrazó.  Después llamé a mi padre y reviví toda la experiencia.  Se emocionó mucho por mí.  Fue uno de los mejores días de mi vida.

 

 

Buenas noticias

 

Y tú, ¿a quién acudes corriendo? ¿Quién te ayuda a celebrar tus logros? Y ¿por qué corres hacia esas personas tan especiales? ¿Por qué son las primeras de tu lista? ¿Qué tienen que te atrae hacia ellas?

La psicóloga Shelly Gable y su compañero de investigación Harry Reis descubrieron que hay cuatro maneras principales en que la gente responde a las buenas noticias de los demás, y solo una de ellas produce un impacto positivo en una relación:

Ø  Activa y constructiva: se muestran “entusiasmados, casi más felices y emocionados que la propia persona, y formulan muchas preguntas.

Ø  Pasiva y constructiva:  intentan no hacer muchos aspavientos, pero se alegran; o dicen poco, pero la persona sabe que se alegran por ella.

Ø  Activa y destructiva:  a menudo suelen encontrar un problema en el logro o señalan los posibles aspectos negativos de la buena noticia.

Ø  Pasiva y destructiva:  no parecen interesados, no les importa demasiado o no le hacen demasiado caso.

 

La investigación de Gable y Reis mostró que las personas que tienen un impacto positivo medible en tu entusiasmo, alegría y felicidad en la vida son las que responden de una manera activa y constructiva a tus buenas noticias.

También descubrieron que quienes reciben una retroalimentación activa y constructiva por parte de los seres más cercanos describen un mayor bienestar en cuanto a sus relaciones, tal como indican las evaluaciones de la intimidad y la satisfacción marital.

 

Compartir

 

Pero no todo el mundo es tan sensible o está tan sintonizado con los demás como podrías desear.  Así son las cosas.  No es algo bueno ni malo.  Por eso a veces tienes que preanunciar tus buenas noticias.  Necesitas hacer saber a las personas, con tus palabras y sentimientos, que estás emocionado.  Puedes empezar diciendo sencillamente:  “Estoy muy entusiasmado por algo; ¿puedo compartirlo contigo?”.

Si haces esto, pasarán dos cosas.  En primer lugar, estás comunicando a las personas que te importan que tienes buenas noticias que compartir con ellas; en segundo lugar, tu pregunta les otorga un momento para que puedan redirigir su atención desde lo que fuera que estuvieran haciendo antes de que aparecieses tú con tus buenas noticias.  También aumentas más grandes las probabilidades de recibir una respuesta activa y constructiva.  Si no anuncias tu entusiasmo, puedes abrumar a la otra persona soltándole el notición sin previo aviso.

 

Acciones

 

Piensa en las personas que amas y que te importan.  ¿Corren tus hijos hacia ti con sus buenas noticias? ¿Lo hace tu pareja? ¿Y tus amigos? ¿Y tus compañeros de trabajo?

Piensa en las oportunidades que tienes de ayudar a sacar lo mejor de la gente por la que te preocupas.  Piensa en cómo puedes hacer más intensa su alegría por el hecho de responder activa y constructivamente a sus buenas noticias.  Y, como mi madre y mi padre hicieron por mí, piensa en los recuerdos inolvidables que estás ayudando a generar en aquellos quienes amas.

Ten un impacto positivo.

Acoge a las personas que corren hacia ti con sus buenas nuevas.

 

 

 

sábado, 2 de abril de 2022


Del libro “El contador de historias”  del  Dr.  Camilo Cruz

 

Los tres sedazos

 



En cierta ocasión, Sócrates recibió la visita de un vecino suyo con quien poco departía, ya que el hombre hablaba más de la cuenta y parecía deleitarse en propagar chismes sobre los demás sin molestarse en verificar si eran ciertos o no.

“No vas a creer lo que tengo que contarte sobre tu mejor amigo”, le dijo.  “Te aseguro que después de escuchar lo que te voy a decir ya no confiarás tanto en él”.

Sin embargo, antes de que el hombre pronunciara una palabra más, Sócrates lo interrumpió.

“Espera un momento”, le dijo.  “Antes de que me digas cualquier cosa quiero saber si ya has pasado lo que vas a contarme a través de los tres cedazos de la integridad”.

“¿A qué cedazos te refieres?”, le preguntó el hombre extrañado.

Sócrates había concebido esta idea aplicando la misma técnica que utilizan los constructores para obtener la arena más fina: cerniéndola o pasándola varias veces a través de zarandillos para así separar la arena fina del pedrusco y la arena gruesa.  De esta misma manera, veía él que era necesario filtrar o depurar la información que recibía del mundo exterior para asegurarse de que lo que llegara a su mente fuera realmente cierto.

“El primero”, respondió el sabio, “es el cedazo de la verdad.  ¡Estás seguro de que esto que vas a contarme es cierto?

El hombre vaciló un instante.

“A decir verdad, no lo estoy.  Lo he escuchado de otra persona, pero no lo vi con mis propios ojos, aunque, como dicen por ahí, ´donde hay humo es porque hay fuego´”.

“¿Te das cuenta de que lo que quieres contarme ni siquiera ha pasado la primera prueba?”, indicó Sócrates. “Y tú no solo lo dabas por auténtico, sino que estás listo a proclamarlo a los cuatro vientos”.

“¿Y si te hubiese dicho que sí era cierto?, insistió el hombre, no queriendo quedarse con aquel chisme para sí solo.

“Te hubiese pedido que lo pasáramos a través de los otros dos cedazos.  El segundo es el de la bondad.  ¿Estás seguro de que son tus buenos sentimientos los que te mueven a contarme estas cosas?”

     “¿Y el tercero?, preguntó el hombre con enorme curiosidad.

“Es el de la utilidad.  ¿Piensas que es necesario que yo sepa lo que quieres compartir conmigo?”

El hombre estuvo en silencio un largo rato.  Sabía que se encontraba frente a quien muchos consideraban el más sabio de todos los maestros en Grecia y no quería cometer una mayor imprudencia.

“A decir verdad”, indicó finalmente, “no pensé en nada de eso”.

“En tal caso”, agregó Sócrates, “guarda tus palabras para ti y procura olvidarlas”.

 

 

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Es posible que te estés preguntando qué hace un cuento como Los tres cedazos en un capítulo sobre la importancia de seguir creciendo.  Es sencillo, gran parte de la información y las ideas que terminan moldeando nuestro carácter la hemos recibido de otras personas – familiares, profesores, socios, amigos y hasta desconocidos – a manera de consejos, opiniones y enseñanzas, críticas y experiencias compartidas.  Esta historia nos recuerda la gran responsabilidad que tenemos de asegurarnos de que la información que recibimos de otros sea cierta, relevante y necesaria.

 


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sábado, 26 de marzo de 2022

Del libro “Manual del guerrero de la luz” de Paulo Coelho” - Ofensas

 


Del libro “Manual del guerrero de la luz”  de Paulo Coelho”

 

 



Dice un poeta: “El guerrero de la luz escoge a sus enemigos.”

Sabe de lo que es capaz; no necesita andar por el mundo contando sus cualidades y virtudes.  Sin embargo, a cada momento aparece alguien queriendo probar que es mejor que él.

Para el guerrero, no existe “mejor” o “peor”; cada uno tiene los dones necesarios para su camino individual.

Pero ciertas personas insisten.  Provocan, ofenden, hacen todo lo posible para irritarlo.  En este momento, su corazón dice:  “No aceptes las ofensas, ellas no aumentarán tu habilidad.  Te cansarás inútilmente”.

Un guerrero de la luz no pierde su tiempo escuchando provocaciones; tiene un destino que debe ser cumplido.



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Del Libro “Las 3 Promesas” de David J. Pollay - La ley del anfitrión

 

Del Libro “Las 3 Promesas”  de  David J. Pollay

 

1)       Disfruta cada día

2)       Haz lo que amas

3)       Da a los demás

 

La ley del anfitrión


 

¿Recuerdas esa sensación que te asalta cuando entras en una sala y no conoces a nadie? Se supone que vas a conocer gente nueva, pero no sabes por dónde empezar.  Te sientes como un niño pequeño en el patio de recreo que está esperando que alguien lo invite a jugar.  Aprendí que esto no tiene por qué ser así en una fiesta a la que acudí en la ciudad de Nueva York hace dieciocho años.

Un amigo me dijo que me encontrara con él allí.  El conocía al anfitrión y me aseguró que la fiesta sería divertida.  Así que me dio la dirección y tomé un taxi hacia el vecindario neoyorkino de East Village.

El taxi se detuvo, pagué al conductor, salí y caminé hasta la puerta de entrada.  Estaba parcialmente abierta y pude ver que había gente hablando y riendo dentro.  Abrí la puerta del todo y entré.  No había nadie para recibirme, de modo que me desabroché el abrigo y exploré la sala.  No vi a mi amigo.  Miré el reloj (mi amigo debía de llevar retraso) y caminé por ahí.

Eché un vistazo por la sala.  No conocía a nadie.  La música estaba alta, todos estaban reunidos en pequeños grupos y me sentí incómodo, fuera de lugar.  Justo entonces, una mujer joven se me acercó con una cálida sonrisa.  Estaba sujetando una gran bolsa de M&Ms.

- ¿Quieres? – dijo.

- Claro que sí – respondí, aliviado porque alguien estaba hablándome.

- Bien; abre la mano – dijo.  La mujer dejó caer varios M&Ms en mi mano.

- Gracias.

Me puse uno en la boca y moví suavemente los dedos entre el resto.  Ella dijo:

- Bienvenido a la fiesta.  Soy Susana.

-Yo, David.  Encantado de conocerte.  ¡Fantástico apartamento!

- Es un sitio estupendo, ¿verdad? – dijo Susana.

A continuación comenté:

-Gracias por celebrar esta fiesta.  Todos parecen estarse divirtiendo.

Ella se rio:

- La fiesta es genial; hay un montón de gente interesante.  Pero no es mi fiesta.

- ¡No me digas! Pensaba que lo era.

Sonrió:

- No; la única persona a quien conozco aquí es la amiga que me ha traído.  Está por ahí, en la cocina.

- ¿Y la gran bolsa de M&Ms y el saludo?

Respondió:

- solamente quería darte la bienvenida.

Entonces comprendí lo que llamo “la ley del anfitrión”.

 

Invitados y anfitriones

 

Podemos ser dos tipos de persona en la vida.  Podemos ser un invitado o un anfitrión.  Cuando nos vemos a nosotros mismos como invitados, esperamos.  Esperamos a ser recibidos.  Esperamos a que nos den la bienvenida.  Esperamos a ser presentados.  Los demás tienen que venir a nosotros.

Cuando nos vemos como anfitriones, somos quienes damos la bienvenida.  Vemos la vida como si se tratase de nuestro evento.  Nos acercamos a los demás.  Sonreímos.  Saludamos a la gente.  Le ayudamos.

Cuando adoptamos el papel de anfitrión, nos abrimos a nuevas personas y experiencias, actuamos con generosidad y les damos a quienes están a nuestro alrededor la oportunidad de sentirse incluidos, apreciados y queridos.

Tienes la posibilidad de elegir cómo te muestras en la vida.  Lo que importa es tu mentalidad.  Si te sientes como un invitado, actuarás como un invitado.  Si te sientes como un anfitrión, actuarás como un anfitrión.

Ser un buen anfitrión te hace sentir confiado y con energía; sabes que es tu responsabilidad, tu placer y tu derecho interactuar con todos.  Te acerca a las personas y te aseguras de que se sientan cómodas e incluidas.

 

La decisión es nuestra

 

Es fácil vivir la vida como un invitado.  Todo lo que tienes que hacer es dejar que los demás se acerquen a ti.  Esta actitud no es incorrecta.  No es intrusiva e incluso puede ser respetuosa, en algunos casos, pero es una actitud conservadora, una estrategia que te permite ser uno más y evitar el riesgo de destacar.

Dar un paso al frente para conocer gente puede conducir a la decepción: no todos te responderán como esperas o como te gustaría.  Pero cuando te ves a ti mismo como anfitrión, centras tu atención en los otros y llevas a cabo nuevas conexiones mientras les das la bienvenida a tu iglesia, sinagoga o donde sea que efectúes tu acto de culto, o bien adonde sea que acudas para relacionarte (una reunión de negocios, un congreso, el evento de un club o una fiesta).

Cuando actúas como un anfitrión, estás realmente vivo.  Y aguas a los demás a cobrar vida.

 

Acciones

 

Examina los distintos roles que desempeñas en el trabajo, en casa y en tu comunidad.  Actúa cada día, durante esta semana, como un anfitrión.  Haz que otros se sientan cómodos, incluso si esto implica que tienes que abandonar tu zona de confort.  Observa el impacto que tiene tu acogida en ellos.

Quedarás impresionado.

 

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jueves, 3 de marzo de 2022

Del Libro “Soy mujer, soy invencible ¡y estoy exhausta! De Gaby Vargas - Decir NO

 

Del Libro “Soy mujer, soy invencible ¡y estoy exhausta!  De  Gaby Vargas

 


Necesitamos saber decir “no”.  No al trabajo que nos sobrepasa.  No a todas las demandas de nuestros hijos y nuestra pareja.  No a todos los compromisos sociales.  No a la cantidad y SI a la calidad.  De momento nos desconcierta, porque desde chicas nos han inculcado lo contrario. Pero si no comenzamos a hacerlo, pondremos en riesgo lo siguiente:

Nuestra salud mental.  El estrés que genera tratar de quedar bien con todos tiene un impacto negativo en el cerebro.  Nos sentimos fatigadas, irritables y estamos propensas a la depresión.

Nuestra salud física.  El estrés crónico provoca niveles altos de adrenalina, lo cual eleva la presión sanguínea y el ritmo cardíaco.  Esto provoca que el sistema inmunológico se debilite y nos dé gripe porque vuela la mosca.

Nuestras relaciones.  Negarnos un espacio por dárselo a las mil tareas pendientes pude parecernos razonable.  Sin embargo, después de un tiempo nos damos cuenta de que ignorar nuestras necesidades por atender las de otros es la razón misma por la que surgen los problemas con ellos.  Los estudios comprueban que las crisis familiares no se deben al exceso de responsabilidades sino a la incapacidad para disfrutar de la vida.  Hacerlo implica decir “no” de vez en cuando.

 

Aquí te presento algunas herramientas que nos ayudan a que no se escape el “si” tan fácilmente.

·         Antes de contestar a una petición, date un tiempo para sopesar las consecuencias y di: “Déjame pensarlo.  Yo te contacto.” O: “Déjame ver mi agenda y yo te llamo.”

·         Practica algunas frases con la palabra “no”, solo para que te acostumbres a la sensación de decirla.  Comienza con pequeñas cosas y, poco a poco, avanza a situaciones más difíciles.

·         La honestidad es el camino más fácil y rápido.  Habla con el corazón.

·         Evita estar siempre para todos.  No es egoísmo.  Descubre qué te da placer y hazlo.  Consiéntete.  Date permiso, aun si tienes trabajo atrasado.  Disfruta lo que disfrutas.  Es el verdadero lujo de la vida.

·         Cuando estés en una situación en la cual el “si” está a punto de escapar de tu sistema, pregúntate: “¿Cómo me siento ante esto?”, y exprésalo en palabras.  Te aseguro que te vas a sentir muuuy bien.


BENEFICIOS DE SABER DECIR “NO”

 

1.-  Cuando aprendes a decir “no quiero”, “no puedo”, “no me late”, “no estoy de acuerdo” o “no entendí”, conquistas una libertad maravillosa.  Tú misma no creerás lo bien que te sientes.

 

2.-  Tomas el control de tu vida y no dejas que otros te manejen.  Tampoco te quedas como espectadora, sin hacer nada, esperando a que las cosas se den solas (lo cual nunca sucede).

 

3.-  Dejas de hacer o decir cosas con las que no estás de acuerdo.  Te sientes muy bien porque eres congruente con lo que piensas y con lo que haces;  los demás se dan cuenta y te empiezan a respetar y admirar.

 

Recuerda: no se trata de decir “no” a otra persona, se trata de decirte “si” a ti misma.



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