jueves, 5 de diciembre de 2019

Del libro “90 respuestas a 90 preguntas” de Martha Alicia Chávez


Del libro “90 respuestas a 90 preguntas”  de Martha Alicia Chávez

¿Cómo enseñar a tus hijos la gratitud?





Me impresiona y me entristece sobremanera cómo tantas personas, de todas las edades, están enfermas de ingratitud.
La gratitud es una apreciación, una alabanza…  Todo en la naturaleza la expresa al ser lo que es:  los pájaros cantando mañana y tarde, el sol brillando, el mar y el río fluyendo, los árboles y las plantas creciendo, floreciendo y dando frutos.  Sólo el ser humano se olvida de expresarla.  No sólo me refiero a la gratitud por estar vivos y tener todo lo que tenemos, sino a la acción de agradecer a las personas que nos atienden, nos ayudan, nos regalan, nos aconsejan, nos apoyan, nos dan el paso, etcétera.
¿Por qué es importante la gratitud?  En primer lugar, porque se siente bien.  Date cuenta del bienestar físico, emocional, mental y espiritual que experimentas cuando agradeces algo.  En segundo lugar, porque la gratitud no es sólo un lindo y deseable valor relacionado con la buena educación, sino que es también una poderosa fuerza que abre puertas y caminos.  Cada vez que agradeces, creas un camino para que por ahí venga más de lo mismo.  Cada vez que agradeces, pones una gran cantidad de poderosa energía en eso que estás apreciando y “notando”, y aquello en donde pones tu atención, crece y se multiplica.
Te des cuenta de ello o no, eso sucede cuando agradeces.  Pero también cuando la gratitud viene en dirección contraria;  es decir, cuando es a ti a quien agradecen, se pueden experimentar de manera clara los hermosos efectos de esta poderosa fuerza sanadora y armonizadora.  Date cuenta cómo, cuándo te agradecen, quieres seguir dando, seguir haciendo, seguir apoyando.
¿Cómo enseñar a tus hijos la gratitud? Es muy fácil: ¡agradeciendo!  Es decir, que te vean y oigan agradeciendo y que a ellos les agradezcas también.  Con frecuencia encuentro cierta resistencia de parte de muchos padres, cuando sugiero que digan cosas como:  “Gracias, hijo, porque tendiste tu cama, o recogiste tus platos o tu ropa”.  La reacción de esos padres ante mi sugerencia es:  “¡Pero si es su obligación! ¡Es lo que le toca hacer en casa!”  Y mi respuesta es:  “Tu obligación es mantenerlos, hacerles de comer, etcétera, y sin embargo, esperas y les pides que te agradezcan por ello”.
Aunque tu hijo haga cosas que “son su obligación”, agradécele.  Los padres también debemos dar las gracias a nuestros hijos cada vez que la situación lo requiera, y no suponer que hacerlo nos resta autoridad o fuerza.  De ninguna manera es así, sino todo lo contrario.  Ellos internalizarán sin lugar a dudas esta hermosa actitud, que como ya dijimos, más que un valor es una fuerza armonizadora que les traerá muchas cosas buenas en la vida.
Asimismo, te recomiendo que la gratitud se vuelva parte de tu estilo de vida.  En lo personal, cada que voy en mi coche y llego a mi destino, le doy las gracias por el servicio que me dio; cuando me deshago de ropa o cosas, les agradezco también por todo lo que me dieron, y no se diga a las personas que trabajan para mí, a quienes les digo que agradezco y aprecio muchísimo cómo hacen mi vida más fácil.  También le agradezco al mar, al aire, a mi cuerpo por responderme tan bien para hacer todo lo que hago en la vida… absolutamente a TODO le doy las gracias.  Si tus hijos ven en ti esa actitud, ten por seguro que también la desarrollarán.
La apreciación y la gratitud se sienten extremadamente bien, pero además de eso, echan a andar en nuestra vida la “Ley del Incremento”.  Su nombre la define:  lo que agradeces y aprecias, regresa multiplicado.
Como frecuentemente digo:  no me creas nada, experiméntalo.




jueves, 21 de noviembre de 2019

Del Libro “Comunícate Cautiva y Convence” de Gaby Vargas






Cómo y qué decir en una situación difícil


¿No te gustaría ser como los actores de las películas?  Siempre saben qué decir y todo lo expresan en forma simpática y atinada.  ¡Nunca hablan de más, no dicen tonterías!  Su diálogo es perfecto.  A mí me encantaría ser así, sólo que en la vida real no tenemos un guión; la buena noticia es que lo podemos crear.

A veces pasamos  por situaciones difíciles, como cuando debemos reconocer un error, dar una mala noticia, despedir a un empleado, consolar a un ser querido, negar un permiso, pedir un favor o felicitar a un oponente y, en esos casos, lo que decimos y cómo lo decimos es  ¡muy importante!
De antemano, intuimos que hay que decir esto con todo el tacto del mundo, porque la consecuencia de no hacerlo podría detonar una bomba.  No obstante, hay que decir las cosas.  ¿Cómo hacerlo sin herir sentimientos, sin alterarnos, sin perder los estribos?
Si sólo confiamos en nuestro “instinto natural” para sacar el problema adelante, sin prepararnos bien, lo más seguro es que los resultados sean poco exitosos.
Y, en situaciones como éstas, por lo general el cerebro se nubla, la lengua se enreda y nos arrepentimos al escuchar las palabras torpes que salen de nuestra boca, por lo menos en mi caso.
Hablar con alguien de un asunto importante causa angustia y no falta quien te dé un consejo como:  “¡Sólo sé tú mismo, no lo pienses mucho! Di lo que se te ocurra.  Déjate llevar por tus sentimientos.”
Tenemos la idea de que ser honestos equivale a ser espontáneos y que ¡mientras menos lo pensemos, mejor nos saldrá todo! Grave error.  ¡Cuántas veces nos arrepentimos de hacer esto!  ¿Por qué pensar antes de hablar? ¿No se supone que sentimos lo que estamos diciendo y que los sentimientos deben ser espontáneos?

El pensamiento es lo que nos hace diferentes al resto de los animales, por eso podemos afirmar que hablar con el corazón está directamente relacionado con lo que pensamos.  Las habilidades que llegamos a adquirir sin duda son una combinación de talento y esfuerzo.  Sería muy práctico que todos pudiéramos correr como Ana Gabriela Guevara, que cantáramos como Pavarotti o que jugáramos golf como Tiger Woods.
Nos encantaría persuadir con palabras a nuestro hijo, a nuestro jefe o pareja en forma natural, sin embargo no es tan sencillo, porque el buen uso del lenguaje natural es algo que aprendemos.  Pero todos podemos lograrlo si  hablamos desde el corazón y usamos la cabeza.
Comparto contigo una fórmula muy eficaz, creada por los expertos en comunicación asertiva, que se llama “Guión DEEC  Las iniciales indican los cuatros pasos a seguir y no estaría mal que los aprendiéramos de memoria:

Describe.  Primero hay que describir cuál es la conducta que nos molesta en la forma más simple, objetiva y específica.  Al hacerlo, hay que ver a los ojos de la persona.  Y decir, por ejemplo:  “Ayer llegaste a las cuatro de la mañana y no avisaste por teléfono, como habíamos quedado.”  Hasta aquí, el otro tiene pocas bases para discutir.
Simplemente estamos describiendo el problema sin acusar de nada, sin tratar de adivinar los motivos, sin decir  “Seguro tomaste tanto que hasta perdiste la noción del tiempo”, o cosas así.  Este tipo de acusaciones sólo provocan protesta y enojo.

Expresa.  Después hay que decir lo que sentimos o pensamos.  Podemos usar palabras como:  “Me siento inquieto(a) cuando…”,  “tengo la sensación de…” o bien:  “Esto me hace pensar que…”  Debemos expresarnos con claridad y moderación, sin ser sarcásticos ni explotar emocionalmente (esto es lo más difícil de hacer).
Podemos decir, por ejemplo:  “Cuando haces esto, me preocupo mucho por tu seguridad;  siento temor porque pienso que podrías sufrir un accidente.”  Fíjate en las palabras clave  “me preocupa”, “tengo”, “pienso”.  Estas palabras describen cómo me siento cuando tú haces algo.  No provocan enojo en el otro;  al contrario, apelan a la comprensión.
Las palabras condenatorias como: “Me choca cuando haces eso”, “eres un insensible” o “me haces enojar”, prenden la chispa y, con el sobreuso, se desgastan y pierden su efecto.

Especifica.  Ya que describimos lo que nos molesta y expresamos cómo nos sentimos, hay que pedir, con claridad, una conducta diferente.  Por ejemplo:  “Te pido que cuando salgas de noche, siempre llames por teléfono para que esté tranquila.”
Las investigaciones demuestran que los mejores resultados se obtienen cuando pedimos “una sola cosa” a la vez (esto es otra cosa difícil de hacer).  Si lo que queremos es un gran cambio, más vale lograrlo paso a paso, con pequeños acuerdos mutuos.
Las palabras que usemos deben ser concretas y muy específicas.  Si pedimos un cambio vago, de actitud o de personalidad, sin especificar claramente qué pretendemos y decimos algo como: “Me gustaría que fueras más considerado”, la petición queda flotando en el aire sin que la persona entienda claramente a qué nos estamos refiriendo.  ¿Qué es ser considerado?

Consecuencias.  En este punto, como en un contrato, hay que mencionar cuáles serían las consecuencias, positivas o negativas, en caso de llevarse a cabo, o no, el acuerdo.  Aunque siempre es mucho mejor plantear las consecuencias positivas.
Podemos decir: “Me gustaría seguir confiando en ti, así no me voy a preocupar y tú vas a sentirte a gusto.”  Es mejor decir esto que llenarlo de amenazas como:  “Me vas hacer pedazos”,  “ya nunca te voy a tener confianza” o “te voy a dejar”, y cosas por el estilo.  El uso exagerado de la amenaza es contraproducente, ya que, si no somos capaces de cumplirlas, hacen que perdamos credibilidad frente a los ojos de nuestro interlocutor.
Y tampoco representa una gran dificultad si estamos hablando con un adulto, porque él sabe que la mejor recompensa es intrínseca.  Basta decir:  “Me voy a sentir bien”, “nos vamos a llevar mejor” o “haremos las cosas con más entusiasmo”.  Destaca lo positivo, describe la recompensa de hacer esto o lo otros, de manera que motives a la persona a cambiar su conducta.

Así que, en esos momentos difíciles en los cuales debes tocar un punto sensible, incómodo o delicado con un hijo, la pareja o un compañero de trabajo, no olvides prepara bien tu “guión DEEC”  Es mejor describir, expresar y especificar cada punto; de esta forma, a todos nos va a quedar claro que cada uno de nuestros actos tienen una consecuencia y nadie podrá poner de pretexto el clásico:  “No entendí lo que me quisiste decir.”

jueves, 14 de noviembre de 2019

Del libro “Las Tres Preguntas” de Jorge Bucay


Del libro “Las Tres Preguntas” de Jorge Bucay




Habitualmente, los hijos aprenden y se van solos….

Pero si no lo hacen, lamentablemente, en beneficio de ellos y de nosotros, será bueno empujarlos a que abandonen su dependencia.

Los padres deberemos tener claro que, si hace falta, será nuestra tarea mostrar a nuestros hijos que deben soltarse y levantar el vuelo.  Entre otras muchas cosas porque uno no estará para siempre.
Y cuando, pese a todo nuestro esfuerzo y estímulo, los hijos no se animen a emprender su partida, los padres, con mucho amor e infinita ternura, deberemos entornar la puerta… ¡Y empujarlos afuera!

Estoy casi cansado de ver y escuchar a padres de mucha edad que han generado pequeños ahorros o situaciones de seguridad con esfuerzo durante toda su vida para su vejez, y que hoy tienen que dilapidarlos a manos de hijos inútiles, inservibles y alocados que, además, no pocas veces tienen actitudes de una exigencia insoportable respecto de sus padres:  “Me tienes que ayudar porque eres mi papá…”.   “Debes vender todo para ayudarme, porque todo lo que tienes también es mío…”

A veces, uno puede ayudar a sus hijos porque así lo quiere, y está muy bien.  Pero hay que comprender que nuestra obligación y nuestra responsabilidad, respecto de ellos, no es infinita.  Es hora de que los padres sepan las limitaciones que tiene el rol de padre o madre.   

domingo, 21 de julio de 2019

Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr.

Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr. 






29.  Aprende algo de cada persona que conozcas
30.  Nunca subas a un automóvil cuando el conductor ha estado bebiendo.
37.  Haz nuevas amistades, pero cultiva las viejas.
38.  Guarda los secretos.
47.  No pierdas el tiempo para aprender las "mañas del oficio";  mejor aprende el oficio. 



Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr.

Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr. 







1.-  Elogia a tres personas cada día.
2.-  Ten un perro, pero no permitas que moleste a los vecinos. 
3.-  Contempla un amanecer cuando menos una vez por año.
4.-  Recuerda los cumpleaños de los demás.
5.-  Regresa todo lo que pidas prestado.


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lunes, 10 de junio de 2019

Del libro “Los Diez Retos” de Leonard Felder


Del libro  “Los Diez   Retos” de Leonard Felder



TRES  COSAS  BUENAS



Durante casi un año antes de su impresionante avance, Rafael y su esposa tenían crisis diarias a causa de sus problemas económicos y la enfermedad de uno de sus hijos.  Uno de los métodos que utilizaron para mantenerse positivos en su difícil viaje es algo llamado Tres Cosas Buenas.  En cualquier día frustrante o fatigoso, una de las mejores maneras de recuperar la sensación de calma y receptividad es apartar unos cuantos minutos serenos para decirse a sí mismo o a la persona con quien se vive: “Tres cosas buenas que ocurrieron hoy son…”

Cuando Rafael y Carolina intentaron por primera vez el ejercicio de las Tres Cosas Buenas por la noche antes de dormir, Rafael informó:  “Fue difícil.  Ni Carolina ni yo teníamos la costumbre de reparar en nada bueno con respecto a cada día, porque estábamos atrapados en nuestros esfuerzos económicos y crisis de familia.  Nuestra hija menor  estaba siendo sometida a tratamientos para un serio problema respiratorio y todo empezaba a parecer abrumador”.

“De modo que esa primera noche lo único que se me ocurrió como tres cosas buenas es que nuestros otros hijos parecían estar sanos, los platos estaban lavados y los ojos de Carolina seguían pareciéndome bellos.  Y creo que Carolina tardó un rato antes de que se le ocurrieran tres cosas buenas, que eran que su gato había estado juguetón y divertido esa mañana, que su paseo a la hora de la comida había sido relajante, y que la erupción cutánea en su brazo había mejorado un poco. Nada demasiado emocionante, pero gracias a ese sencillo ejercicio nos sentimos mucho más unidos como pareja y mucho más positivos con respecto a nuestras vidas.

Como la mayoría de la gente que ha hecho uso de este ejercicio.  Rafael y Carolina descubrieron que casi todas las veces que enumeraban tres cosas buenas que hubiesen ocurrido un día determinado (incluso un día terrible o sin acontecimientos), esto les levantaba el ánimo y pasaban de estar fatigados a sentirse más relajados, de estar desalentados a sentirse más receptivos y positivos.

En esencia, lo que hace el ejercicio de las Tres Cosas Buenas es atravesar los celos, comparaciones y otros pensamientos desalentadores que todos los días acumulamos en la mente.  Tomándonos unos momentos para darnos cuenta y expresar con palabras que realmente hubo ese día por lo menos tres cosas buenas, podemos transformar la tendencia hacia la inactividad y el desaliento en un sentimiento positivo de gratitud y aprecio con el cual terminar el día.



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sábado, 1 de junio de 2019

Del libro “Cómo una mujer se convierte en BRUJA y un hombre en BESTIA” de Martha Alicia Chávez



Del libro  “Cómo una mujer se convierte en BRUJA y un hombre en BESTIA”  de Martha Alicia Chávez




Hay un sinnúmero de formas de agresión pasiva:  “olvidar” fechas o asuntos importantes para el agredido;  causarle algún problema o dañar “accidentalmente” un objeto preciado para él;  ridiculizarlo en público o hacer bromas pesadas sobre su persona;  llegar tarde a una cita haciéndolo esperar por largo tiempo, etc.  Y una brutal y cruel forma de agresión pasiva la constituyen el silencio y la indiferencia.
El caso que a continuación expongo es un claro ejemplo de esta dinámica. 
Camila era una mujer madura, inteligente y atractiva.  Alberto tenía las mismas características.  Ella, divorciada 25 años atrás, durante ese lapso fincó una sólida y exitosa trayectoria profesional que le generaba muy buenos dividendos.  Alberto, divorciado dos veces, estaba en el proceso de terminación de una muy patológica relación de unión libre de nueve años, en la cual el tema del dinero siempre fue una fuente de conflicto.
Camila y Alberto se enamoraron profundamente y decidieron vivir juntos.  Maduros como eran, no esperaron mucho para dar este paso, ya que ambos afirmaban que sabían muy bien lo que querían, y era estar juntos.  Alberto vivía al día.  A sus 61 años no tenía logros en el aspecto económico; ni una propiedad, ni dinero ahorrado, ni un seguro médico, ni patrimonio alguno.  Por su parte, Camila, como futo de su arduo trabajo y su capacidad, tenía propiedades y un sólido patrimonio.   Aun así, era sencilla y generosa.
A ella no le importó la marcada diferencia entre ambos, porque apreciaba enormemente las valiosas cualidades que veía en Alberto.  El había alcanzado logros extraordinarios en otras áreas de la vida que Camila apreciaba en todo lo que valían y que lo convertían en un hombre admirable a sus ojos.  Además, consideraba que había muchas formas de aportar a la relación y no todas tenían que ver con el dinero.  Por lo tanto, no tuvo problema alguno en proponerle que dejara la casa que rentaba y se mudara a su agradable departamento, en el cual hizo los ajustes necesarios para dar cabida a su amado y sus pertenencias.  Hacerlo sentir bienvenido a su nuevo hogar – el de ambos – fue prioridad para la enamorada mujer.  Alberto propuso cubrir los gastos mensuales, ya que ella pondría la vivienda.  Ambos estuvieron de acuerdo.
Al principio la relación marchaba de forma excelente.  Disfrutaban de una convivencia maravillosa en todos los sentidos; compartían actividades; amistades y gustos, a la vez que respetaban sus necesidades mutuas y sus asuntos individuales.  Alberto, con un historial de relaciones conflictivas, repetía una y otra vez que nunca había tenido una mujer tan sana emocionalmente ni se había llevado tan bien con una pareja.  Por su parte, Camila consideraba que todos los años de esperar a un buen hombre con quien compartir su vida valieron la pena para estar ahora con Alberto, a quien amaba y valoraba inmensamente.  El insistía en que quería que envejecieran juntos y que dedicaría su vida a cuidarla, amarla y compartir con ella.  Camila le correspondía al cien por ciento.
Alberto la presentó a su familia, a sus amigos y a todas las personas importantes para él.  Camila hizo lo mismo.  Ambos vivían la relación de pareja de sus sueños.
En un momento dado, Alberto comenzó a cambiar.  Muchos de sus comentarios giraban alrededor del dinero y con resentimiento repetía una y otra vez:  “A mí no me importa el dinero”.  Camila nunca le mostraba – mucho menos le presumía – a cuánto ascendían sus ingresos, que eran infinitamente mayores que lo de él;  sin embargo, era imposible ocultarlo y fácil deducirlo, debido a las contrataciones y actividades profesionales que realizaba.
Alberto se mostraba cada vez más resentido y su discurso de que a él no le importaba el dinero comenzó a ser casi obsesivo.  Empezó a actuar con una fuerte agresión pasiva hacia Camila:  la dejaba con la cena preparada para ir a cenar con amigos sin avisarle; le mostraba mala cara desde el amanecer hasta el anochecer;  pasaba muy poco tiempo con ella, y – lo que resultaba más doloroso – la ignoraba cuando hablaba, manteniendo un silencio y una indiferencia que hacían realmente pesada la convivencia para Camila.
Ella le proponía que hablaran, que solucionaran lo que fuera que estuvieran pasando, que lo superaran, pero él mantenía su postura de soberbia, orgullo e indiferencia, sin mostrar interés alguno en resolver el asunto que provocaba que adoptara esa actitud.
Una mañana Camila le dijo que verlo así la hacía dudar de si estaba con ella porque la amaba o porque era cómodo para él.  Él tomó el comentario de la peor manera posible.  Por más que Camila intentó aclararlo, Alberto eligió quedarse con su interpretación distorsionada y errónea, y contestó que se iría de la casa, que podía pagar una renta.  Ella agotó todas las posibilidades a su alcance para hacerlo entrar en razón y comprender el contexto en el que externó aquel comentario.  Le pidió una y mil veces que no se fuera, le insistió en que solucionaran y dejaran atrás el problema, pero él no pudo – o no quiso – salir de ese estado de orgullo y agresión pasiva que ya se había vuelto parte de su vida cotidiana.
Y se fue….
Su decisión dejó a Camila devastada, porque no sólo dejó el hogar, sino la relación también.  Después de sacar sus pertenencias, antes de despedirse, repitió por enésima vez:  “A mí no me importa el dinero”.  Con resentimiento y en tono de reclamo, prosiguió:  “Tú tienes cosas y dinero, pero a mí eso no me interesa.  Aquí te quedas tú en tus cosas y tu dinero, pero sin mí”,  Camila, inteligente como era, le respondió:  “Pues sí, me ha ido bien y todo es producto de un arduo trabajo;  todo me ha costado, nadie me ha regalado nada.  ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué lo tire? ¿Qué me sienta culpable?  Nunca te he visto hacia abajo; al contrario, sabes que te admiro, te amo y te valoro más allá de las palabras”.  Pero el orgullo de Alberto prevaleció por encima de las numerosas posibles reacciones que podía mostrar.
Después de su partida hablaron un par de veces.  En ambas ocasiones el volvía sobre lo mismo;  que ella tenía y él no, pero que a él no le importaba el dinero.  Ante los incrédulos ojos de todos los que la conocieron, aquella hermosa y prometedora relación acabó.  ¡Camila luchó tanto por rescatarla!  Hasta que desistió en sus intentos, al encontrarse siempre con un muro de orgullo y agresiones pasivas.
Lo cierto es que Alberto era un hombre acomplejado por su limitada situación económica y por su conformismo, característica que se vio confrontada ante el éxito de Camila.  Su machismo le impidió soportar que su mujer lo superara tanto en ese sentido.  Otro punto importante fue que, acostumbrado a controlar, castigar y manipular a sus exparejas con darles o restringirles el dinero – como muchos hombres lo hacen –, no supo cómo funcionar en una relación donde el control que siempre tuvo en este aspecto y que lo hacía sentirse “el hombre de la casa” no estaba en sus manos.  Camila nunca tendría que rogarle que le diera dinero para sus artículos de belleza, su ropa y sus cosas personales porque, sencillamente, contaba con recursos de sobra para sufragar esos gastos.
Al final, Alberto quedó atrapado en su machismo, que le hizo intolerable que su mujer gozara de una mejor situación económica y mayor éxito profesional que él.
Ineludiblemente vemos que, en realidad, pese a lo que solía aducir, el dinero le importaba tanto que fue justo por éste que dejó ir a esa valiosa mujer que no le será fácil sustituir.
Con gran frecuencia, cuando alguien es incapaz de hacer dinero opta por decir que éste no le importa.  ¡Dios nos libre de los que afirman eso!  ¡De ellos hay que cuidarse!  La experiencia me lo ha enseñado.
Camila me contó con enorme pena cuánto la lastimaban el silencio y la indiferencia con los que Alberto la trataba.  Ignorarla cuando hablaba, no mirarla, no hablarle, no tomarla en cuenta, la lastimaba terriblemente.  Todas esas actitudes, además del abandono, fueron la forma en que él la castigó por tener lo que él no poseía:  el dinero que, según él, no le importaba.  El único pecado de Camila fue ser exitosa y próspera….y pagó un alto precio por ello.
Por increíble que parezca, uno de los temas más difíciles de “perdonar” para la sociedad y para la familia es la prosperidad y el éxito que algunos de sus miembros pueden alcanzar.  Ello incluso implica que los perciban como traidores.  Se requiere tener mucha conciencia y madurez  para darse el permiso de ser todo lo que se puede ser, aunque eso provoque en otros – lo que no pueden (o no quieren) – envidia o resentimiento.



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