jueves, 14 de noviembre de 2019

Del libro “Las Tres Preguntas” de Jorge Bucay


Del libro “Las Tres Preguntas” de Jorge Bucay




Habitualmente, los hijos aprenden y se van solos….

Pero si no lo hacen, lamentablemente, en beneficio de ellos y de nosotros, será bueno empujarlos a que abandonen su dependencia.

Los padres deberemos tener claro que, si hace falta, será nuestra tarea mostrar a nuestros hijos que deben soltarse y levantar el vuelo.  Entre otras muchas cosas porque uno no estará para siempre.
Y cuando, pese a todo nuestro esfuerzo y estímulo, los hijos no se animen a emprender su partida, los padres, con mucho amor e infinita ternura, deberemos entornar la puerta… ¡Y empujarlos afuera!

Estoy casi cansado de ver y escuchar a padres de mucha edad que han generado pequeños ahorros o situaciones de seguridad con esfuerzo durante toda su vida para su vejez, y que hoy tienen que dilapidarlos a manos de hijos inútiles, inservibles y alocados que, además, no pocas veces tienen actitudes de una exigencia insoportable respecto de sus padres:  “Me tienes que ayudar porque eres mi papá…”.   “Debes vender todo para ayudarme, porque todo lo que tienes también es mío…”

A veces, uno puede ayudar a sus hijos porque así lo quiere, y está muy bien.  Pero hay que comprender que nuestra obligación y nuestra responsabilidad, respecto de ellos, no es infinita.  Es hora de que los padres sepan las limitaciones que tiene el rol de padre o madre.   

domingo, 21 de julio de 2019

Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr.

Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr. 






29.  Aprende algo de cada persona que conozcas
30.  Nunca subas a un automóvil cuando el conductor ha estado bebiendo.
37.  Haz nuevas amistades, pero cultiva las viejas.
38.  Guarda los secretos.
47.  No pierdas el tiempo para aprender las "mañas del oficio";  mejor aprende el oficio. 



Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr.

Del Libro "El pequeño instructivo para la vida" de H. Hackson Brown Jr. 







1.-  Elogia a tres personas cada día.
2.-  Ten un perro, pero no permitas que moleste a los vecinos. 
3.-  Contempla un amanecer cuando menos una vez por año.
4.-  Recuerda los cumpleaños de los demás.
5.-  Regresa todo lo que pidas prestado.


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lunes, 10 de junio de 2019

Del libro “Los Diez Retos” de Leonard Felder


Del libro  “Los Diez   Retos” de Leonard Felder



TRES  COSAS  BUENAS



Durante casi un año antes de su impresionante avance, Rafael y su esposa tenían crisis diarias a causa de sus problemas económicos y la enfermedad de uno de sus hijos.  Uno de los métodos que utilizaron para mantenerse positivos en su difícil viaje es algo llamado Tres Cosas Buenas.  En cualquier día frustrante o fatigoso, una de las mejores maneras de recuperar la sensación de calma y receptividad es apartar unos cuantos minutos serenos para decirse a sí mismo o a la persona con quien se vive: “Tres cosas buenas que ocurrieron hoy son…”

Cuando Rafael y Carolina intentaron por primera vez el ejercicio de las Tres Cosas Buenas por la noche antes de dormir, Rafael informó:  “Fue difícil.  Ni Carolina ni yo teníamos la costumbre de reparar en nada bueno con respecto a cada día, porque estábamos atrapados en nuestros esfuerzos económicos y crisis de familia.  Nuestra hija menor  estaba siendo sometida a tratamientos para un serio problema respiratorio y todo empezaba a parecer abrumador”.

“De modo que esa primera noche lo único que se me ocurrió como tres cosas buenas es que nuestros otros hijos parecían estar sanos, los platos estaban lavados y los ojos de Carolina seguían pareciéndome bellos.  Y creo que Carolina tardó un rato antes de que se le ocurrieran tres cosas buenas, que eran que su gato había estado juguetón y divertido esa mañana, que su paseo a la hora de la comida había sido relajante, y que la erupción cutánea en su brazo había mejorado un poco. Nada demasiado emocionante, pero gracias a ese sencillo ejercicio nos sentimos mucho más unidos como pareja y mucho más positivos con respecto a nuestras vidas.

Como la mayoría de la gente que ha hecho uso de este ejercicio.  Rafael y Carolina descubrieron que casi todas las veces que enumeraban tres cosas buenas que hubiesen ocurrido un día determinado (incluso un día terrible o sin acontecimientos), esto les levantaba el ánimo y pasaban de estar fatigados a sentirse más relajados, de estar desalentados a sentirse más receptivos y positivos.

En esencia, lo que hace el ejercicio de las Tres Cosas Buenas es atravesar los celos, comparaciones y otros pensamientos desalentadores que todos los días acumulamos en la mente.  Tomándonos unos momentos para darnos cuenta y expresar con palabras que realmente hubo ese día por lo menos tres cosas buenas, podemos transformar la tendencia hacia la inactividad y el desaliento en un sentimiento positivo de gratitud y aprecio con el cual terminar el día.



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sábado, 1 de junio de 2019

Del libro “Cómo una mujer se convierte en BRUJA y un hombre en BESTIA” de Martha Alicia Chávez



Del libro  “Cómo una mujer se convierte en BRUJA y un hombre en BESTIA”  de Martha Alicia Chávez




Hay un sinnúmero de formas de agresión pasiva:  “olvidar” fechas o asuntos importantes para el agredido;  causarle algún problema o dañar “accidentalmente” un objeto preciado para él;  ridiculizarlo en público o hacer bromas pesadas sobre su persona;  llegar tarde a una cita haciéndolo esperar por largo tiempo, etc.  Y una brutal y cruel forma de agresión pasiva la constituyen el silencio y la indiferencia.
El caso que a continuación expongo es un claro ejemplo de esta dinámica. 
Camila era una mujer madura, inteligente y atractiva.  Alberto tenía las mismas características.  Ella, divorciada 25 años atrás, durante ese lapso fincó una sólida y exitosa trayectoria profesional que le generaba muy buenos dividendos.  Alberto, divorciado dos veces, estaba en el proceso de terminación de una muy patológica relación de unión libre de nueve años, en la cual el tema del dinero siempre fue una fuente de conflicto.
Camila y Alberto se enamoraron profundamente y decidieron vivir juntos.  Maduros como eran, no esperaron mucho para dar este paso, ya que ambos afirmaban que sabían muy bien lo que querían, y era estar juntos.  Alberto vivía al día.  A sus 61 años no tenía logros en el aspecto económico; ni una propiedad, ni dinero ahorrado, ni un seguro médico, ni patrimonio alguno.  Por su parte, Camila, como futo de su arduo trabajo y su capacidad, tenía propiedades y un sólido patrimonio.   Aun así, era sencilla y generosa.
A ella no le importó la marcada diferencia entre ambos, porque apreciaba enormemente las valiosas cualidades que veía en Alberto.  El había alcanzado logros extraordinarios en otras áreas de la vida que Camila apreciaba en todo lo que valían y que lo convertían en un hombre admirable a sus ojos.  Además, consideraba que había muchas formas de aportar a la relación y no todas tenían que ver con el dinero.  Por lo tanto, no tuvo problema alguno en proponerle que dejara la casa que rentaba y se mudara a su agradable departamento, en el cual hizo los ajustes necesarios para dar cabida a su amado y sus pertenencias.  Hacerlo sentir bienvenido a su nuevo hogar – el de ambos – fue prioridad para la enamorada mujer.  Alberto propuso cubrir los gastos mensuales, ya que ella pondría la vivienda.  Ambos estuvieron de acuerdo.
Al principio la relación marchaba de forma excelente.  Disfrutaban de una convivencia maravillosa en todos los sentidos; compartían actividades; amistades y gustos, a la vez que respetaban sus necesidades mutuas y sus asuntos individuales.  Alberto, con un historial de relaciones conflictivas, repetía una y otra vez que nunca había tenido una mujer tan sana emocionalmente ni se había llevado tan bien con una pareja.  Por su parte, Camila consideraba que todos los años de esperar a un buen hombre con quien compartir su vida valieron la pena para estar ahora con Alberto, a quien amaba y valoraba inmensamente.  El insistía en que quería que envejecieran juntos y que dedicaría su vida a cuidarla, amarla y compartir con ella.  Camila le correspondía al cien por ciento.
Alberto la presentó a su familia, a sus amigos y a todas las personas importantes para él.  Camila hizo lo mismo.  Ambos vivían la relación de pareja de sus sueños.
En un momento dado, Alberto comenzó a cambiar.  Muchos de sus comentarios giraban alrededor del dinero y con resentimiento repetía una y otra vez:  “A mí no me importa el dinero”.  Camila nunca le mostraba – mucho menos le presumía – a cuánto ascendían sus ingresos, que eran infinitamente mayores que lo de él;  sin embargo, era imposible ocultarlo y fácil deducirlo, debido a las contrataciones y actividades profesionales que realizaba.
Alberto se mostraba cada vez más resentido y su discurso de que a él no le importaba el dinero comenzó a ser casi obsesivo.  Empezó a actuar con una fuerte agresión pasiva hacia Camila:  la dejaba con la cena preparada para ir a cenar con amigos sin avisarle; le mostraba mala cara desde el amanecer hasta el anochecer;  pasaba muy poco tiempo con ella, y – lo que resultaba más doloroso – la ignoraba cuando hablaba, manteniendo un silencio y una indiferencia que hacían realmente pesada la convivencia para Camila.
Ella le proponía que hablaran, que solucionaran lo que fuera que estuvieran pasando, que lo superaran, pero él mantenía su postura de soberbia, orgullo e indiferencia, sin mostrar interés alguno en resolver el asunto que provocaba que adoptara esa actitud.
Una mañana Camila le dijo que verlo así la hacía dudar de si estaba con ella porque la amaba o porque era cómodo para él.  Él tomó el comentario de la peor manera posible.  Por más que Camila intentó aclararlo, Alberto eligió quedarse con su interpretación distorsionada y errónea, y contestó que se iría de la casa, que podía pagar una renta.  Ella agotó todas las posibilidades a su alcance para hacerlo entrar en razón y comprender el contexto en el que externó aquel comentario.  Le pidió una y mil veces que no se fuera, le insistió en que solucionaran y dejaran atrás el problema, pero él no pudo – o no quiso – salir de ese estado de orgullo y agresión pasiva que ya se había vuelto parte de su vida cotidiana.
Y se fue….
Su decisión dejó a Camila devastada, porque no sólo dejó el hogar, sino la relación también.  Después de sacar sus pertenencias, antes de despedirse, repitió por enésima vez:  “A mí no me importa el dinero”.  Con resentimiento y en tono de reclamo, prosiguió:  “Tú tienes cosas y dinero, pero a mí eso no me interesa.  Aquí te quedas tú en tus cosas y tu dinero, pero sin mí”,  Camila, inteligente como era, le respondió:  “Pues sí, me ha ido bien y todo es producto de un arduo trabajo;  todo me ha costado, nadie me ha regalado nada.  ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué lo tire? ¿Qué me sienta culpable?  Nunca te he visto hacia abajo; al contrario, sabes que te admiro, te amo y te valoro más allá de las palabras”.  Pero el orgullo de Alberto prevaleció por encima de las numerosas posibles reacciones que podía mostrar.
Después de su partida hablaron un par de veces.  En ambas ocasiones el volvía sobre lo mismo;  que ella tenía y él no, pero que a él no le importaba el dinero.  Ante los incrédulos ojos de todos los que la conocieron, aquella hermosa y prometedora relación acabó.  ¡Camila luchó tanto por rescatarla!  Hasta que desistió en sus intentos, al encontrarse siempre con un muro de orgullo y agresiones pasivas.
Lo cierto es que Alberto era un hombre acomplejado por su limitada situación económica y por su conformismo, característica que se vio confrontada ante el éxito de Camila.  Su machismo le impidió soportar que su mujer lo superara tanto en ese sentido.  Otro punto importante fue que, acostumbrado a controlar, castigar y manipular a sus exparejas con darles o restringirles el dinero – como muchos hombres lo hacen –, no supo cómo funcionar en una relación donde el control que siempre tuvo en este aspecto y que lo hacía sentirse “el hombre de la casa” no estaba en sus manos.  Camila nunca tendría que rogarle que le diera dinero para sus artículos de belleza, su ropa y sus cosas personales porque, sencillamente, contaba con recursos de sobra para sufragar esos gastos.
Al final, Alberto quedó atrapado en su machismo, que le hizo intolerable que su mujer gozara de una mejor situación económica y mayor éxito profesional que él.
Ineludiblemente vemos que, en realidad, pese a lo que solía aducir, el dinero le importaba tanto que fue justo por éste que dejó ir a esa valiosa mujer que no le será fácil sustituir.
Con gran frecuencia, cuando alguien es incapaz de hacer dinero opta por decir que éste no le importa.  ¡Dios nos libre de los que afirman eso!  ¡De ellos hay que cuidarse!  La experiencia me lo ha enseñado.
Camila me contó con enorme pena cuánto la lastimaban el silencio y la indiferencia con los que Alberto la trataba.  Ignorarla cuando hablaba, no mirarla, no hablarle, no tomarla en cuenta, la lastimaba terriblemente.  Todas esas actitudes, además del abandono, fueron la forma en que él la castigó por tener lo que él no poseía:  el dinero que, según él, no le importaba.  El único pecado de Camila fue ser exitosa y próspera….y pagó un alto precio por ello.
Por increíble que parezca, uno de los temas más difíciles de “perdonar” para la sociedad y para la familia es la prosperidad y el éxito que algunos de sus miembros pueden alcanzar.  Ello incluso implica que los perciban como traidores.  Se requiere tener mucha conciencia y madurez  para darse el permiso de ser todo lo que se puede ser, aunque eso provoque en otros – lo que no pueden (o no quieren) – envidia o resentimiento.



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viernes, 10 de mayo de 2019

Del Libro “Límites y berrinches” de Juan Pablo Arredondo


Del Libro  “Límites y berrinches”  de  Juan Pablo Arredondo



¿Qué hacer en caso de un berrinche?


A continuación encontrarás algunas estrategias para combatir los berrinches, disminuirlos o, en el mejor de los casos, erradicarlos.  Posteriormente hallarás una serie de recomendaciones que te orientarán en el manejo de los berrinches.

1.-  De inicio, identifica y entiende los factores que predispongan al berrinche e intenta ser conducente, modifica o dale manejo a las situaciones que lo provocan.  No se trata de que el mundo se adapte a tu hijo, pero si es posible, puedes cambiar algunas cosas que sabes que los provocan.
2.-  Anticipa al niño lo que sucederá cuando presente esta conducta.  Sobre todo que sepa que no obtendrá lo que quiere con esos comportamientos.
3.-  NADA que sea pedido a través de un berrinche, se debe otorgarle.
4.- Retira la carga afectiva que te representa e ignora el berrinche; es decir, evita que se convierta en centro de atención, pues eso es lo que busca y desea.
5.-  No grites, te desesperes o pierdas el control ante un berrinche.
6.-  No otorgues, concedas o premies al niño, posterior  a presentarlo.
7.-  Marca límites claros, firmes y consistentes, de manera tranquila y paciente.
8.-  Evita la sobre protección y el miedo a traumarlos.
9.-  Estimula, deposita carga afectiva y refuerza los comportamientos apropiados, positivos o deseables.
10.-  Hazle saber y sentir que el amor que sientes por él o ella es incondicional, pero que esto no implica que le vayas a permitir ciertos comportamientos.
11.-  Anticípate a las situaciones problemáticas, halando con tu niño de lo que sucederá o de lo que harán más adelante, situación que le representará certeza y confianza.
12.-  Remarca y señala los cambios de actividad con cierta anticipación (cinco minutos antes).



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domingo, 5 de mayo de 2019

La cura para el sentimiento de CULPA. Autora: Alicia Campos

Autora:  Alicia Campos Vera. 




La cura para el sentimiento de CULPA

Si eres de las personas que se cuestionan y reprochan con frases como  debí haber hecho tal o cual cosa….  O ante una tragedia te recriminas con frases como….  “si no lo hubiera dejado ir a tal parte, no le hubiera pasado nada…. ” O si conoces a alguien que en repetidas ocasiones se dice frases como…  Si tan solo hubiera comido sano y hecho ejercicio, o  en situaciones familiares hacen comentarios como  … “debimos haberlo llevado a otro hospital o pedido una segunda opinión”,  o personas que  voltean a ver el pasado y se expresan con frases como …  “no debí permitir que pasara…”, ”etc., etc., todas esas expresiones indican que hay un sentimiento de CULPA.   
¡El sentimiento de culpa es peor que el  CANCER!   El simple recuerdo puede provocar dolor, angustia, depresión, tristeza, enojo con uno mismo y con los demás, neurosis, conflictos, y conforme pasan los años ocasiona más DOLOR, ansiedad, desesperación, aislamiento, apatía  y enfermedades varias.

Mucha gente quisiera UNA PASTILLA Que cure ese doloroso sentimiento de CULPA  que quita el sueño y en el extremo quita hasta las ganas de vivir.   La buena noticia es que  SI  existen algunas “pastillas” para curar el sentimiento de CULPA y al tratamiento en su conjunto se le  llama ….  PERDÓN!
Ahora bien, una simple pastilla no va a curar, se requiere de todo un  TRATAMIENTO de varios días y en algunos casos hay EFECTOS  SECUNDARIOS como el dolor de recordar, la pérdida de sueño o todo lo contrario (letargo), la pérdida de apetito o lo contrario (atracones), sentimientos de vulnerabilidad y llanto, coraje e indignación, pero todo eso es parte del proceso de curación. 

Hay que iniciar identificando de donde nace ese sentimiento de culpa, luego reconocer quienes están involucrados, posteriormente contabilizar el tiempo que se ha vivido con esa culpa y cómo ha evolucionado, para así determinar como “tomar el medicamento”, o sea, como pedir perdón y a quien. La  DOSIS dependerá de la “gravedad”.   Dicho de otra forma, decir la palabra perdón no es suficiente.
Durante el proceso es común negar síntomas, culpar a otros, no confiar en la “receta”, no querer tomar la “pastilla”, suspender el “tratamiento”, es algo así como tener que ponerse 20 inyecciones y a la mitad del proceso ya no saber si soportar el malestar de la enfermedad, o el dolor de las inyecciones; y entonces se buscan otros remedios menos dolorosos (la evasión, las adicciones, etc.).   

En cuanto al tratamiento, hay  TRES tipos de PASTILLAS  para el perdón y aunque NO tienen un orden para tomarlas, si es importante seguir las instrucciones de tu terapeuta o las indicaciones de tu propio corazón, cuando  a través de la introspección se tome conciencia de lo que ocasiona el sentimiento de culpa.

PASTILLA 1.-  Perdonar a quienes nos hicieron daño.  Los primeros días será una dosis suficiente para reconocer el dolor, rencor y odio hacia quienes marcaron nuestra vida de una forma desagradable, gritar, maldecir y llorar si fuese necesario, para sacar el coraje por los que nos hayan hecho daño.  Esta pastilla te da la libertad de desearle mal a quien te lastimó, de revelarte contra Dios, de manifestar rabia contra tus propios padres si los crees culpables, (pero debes hacerlo sin dañarte ni dañar a nadie), tal vez externando tu sentir en un lugar solitario como una playa, bosque, en lo alto de un edificio, en el consultorio de un terapeuta, o en casa de alguien de mucha confianza, donde puedas expresarte sin que te vayan a juzgar o limitar de lo que quieras sacar de tu corazón.
Una vez que hayas exteriorizado todo ese dolor contra los culpables, deberás tomarte un tiempo para analizar sus vidas, para tratar de entender que esa persona debió tener una historia personal desagradable, dolorosa y triste tal vez, y aunque no fue correcto que te lastimaran, ellos hicieron lo único que sabían hacer, su carencia de valores no les permitió ver el daño que estaban ocasionándote, su necesidad económica o de adicción los cegó, o su simple inmadurez que los llevó a realizar actos repudiables los cuales con el tiempo, es muy probable que les resulte tormentoso recordarlos y muy caro pagarlos (como es el caso de sentencias en prisión o muerte por adicciones).
Ya que hayas tratado de ser “empático (a)” en la medida de lo posible, solo te queda considerar el suceso como una desagradable experiencia que corresponde a un pasado y ahí se debe quedar, no debemos traer arrastrando esos acontecimientos al presente y por lo tanto debemos perdonar.  Perdonar su acción, su inmadurez, su locura, su odio, su inseguridad, su sentir y todo aquello que hayas identificado al analizar sus vidas. Cuando perdonas de corazón puedes ver que también aprendiste de quienes te hicieron daño, a veces aprendes a ser mejor, a identificar la malicia en una mirada, a no repetir patrones de conducta, a ser cauteloso o precavido en tu entorno, a ver la realidad social, a defenderte, a superar el dolor y ayudar a otros a superarlo, etc.  Cada quien aprende las lecciones de vida conforme a su fortaleza y capacidad de sanación. 

PASTILLA 2.- Pedir perdón a quienes hayamos hecho daño.  Todos hemos dicho o hecho cosas de las que luego nos arrepentimos, pero no nos atrevemos a pedir perdón.  Desde la culpa por haber robado un objeto que después el propietario estuvo buscando afanosamente, hasta el haber herido a alguien o incluso haberle quitado la vida.  Son culpas que carcomen la consciencia sobre todo con la madurez que dan los años, y se pueden convertir en fantasmas que quitan el sueño, la tranquilidad y  la paz, sobre todo en la vejez.  Por lo tanto, es importante pedir perdón sinceramente a quienes hicimos daño.  A veces esas personas ni siquiera lo recuerdan!  Otras siguen odiándonos y no van a aceptar la disculpa.  Y otras más, tal vez ya ni siquiera estén vivas. Aquí la clave es que nosotros vamos a exteriorizar esos sentimientos de culpa con la convicción de haber cometido un error y estar arrepentidos, independientemente de la aceptación o rechazo del perdón.  Para quienes ya no viven, se puede hacer a través de una tercera persona, un terapeuta, en el panteón, o en un lugar donde te sientas cómodo y puedas sentir que hablas con esa persona donde quiera que se encuentre.
Cuando la persona a quien pides perdón te conteste “no, no te perdono”, tú simplemente puedes decirle… “estas en todo tu derecho de no aceptar mi disculpa por lo mucho que te lastimé, pero solo quería que supieras que estoy arrepentido (a)”.     En los casos de infidelidad por ejemplo, donde se pierde la confianza y muchos otros valores clave en una relación de pareja, tal vez no se acepte un perdón, pero por lo menos cada quien continúa su vida con ese capítulo cerrado y sanado.  Al pedir perdón nos estamos haciendo responsables de nuestros actos y aceptando las consecuencias de los mismos.

PASTILLA 3.-  Perdonarse uno mismo.  Aún en la edad adulta muchas personas se sienten culpables de no haberse defendido ante abusos, de haber hecho cosas incorrectas por pertenecer a un grupo, de haber ofendido a sus familiares, de haberle deseado la muerte a alguien que días después falleció, de haber ocultado sus preferencias sexuales, de haber dejado solos a los hijos pequeños en casa y se hubieran lastimado, de haber abortado, etc.  Ante esos sentimientos de culpa, hay que tomar una pastilla para perdonarse a sí mismo y entender que siempre actuamos motivados por TRES CAUSAS.

1) Porque no tuvimos opción,
2) Porque nos cegó la rabia y
3) Porque pensamos que era lo mejor en ese momento y bajo esas circunstancias.   

Es muy diferente cuando miras las cosas después del evento, ya que en su momento era la mejor salida o el pronto escape de una emoción (como maldecir), y una hora después puede no tener sentido la acción y es cuando se reconoce que no estuvo bien;  pero insisto, ¡en su momento tenía mucho sentido!  Por eso el sentimiento de culpa debe quedar en el pasado, perdonando tus faltas de la inmadurez, de la desesperación, del enamoramiento (que es cuando se cometen muchas locuras), del dolor que puede llegar a cegarnos, de la necesidad, de la falta de tiempo para tus hijos, y de todo aquel detonador de la culpa.  
Como mencioné al principio, puede haber momentos en los que quieras suspender el tratamiento porque resulta muy doloroso, pero al final es una decisión muy personal el dejar que la culpa te haga sentir mal, te limite en tus relaciones interpersonales, te persiga como un fantasma y hasta afecte tu salud física, o bien, hacerte responsable de tu salud emocional y terminar el "set de pastillas" hasta llegar al perdón, la sanación y la paz espiritual.
La duración va a depender de la gravedad de los sucesos, de la fortaleza y convicción de llevar a cabo el perdón, así como la apertura de tu alma para expresar tus emociones, la apertura de tu mente para reconocer y aceptar cada situación y a cada persona con quienes lleves a cabo el proceso del perdón, y sobre todo la apertura de tu corazón para que salgan los rencores, el odio y el dolor y en su lugar albergues bondad, humildad y amor.   


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