jueves, 4 de noviembre de 2010

Del Libro “La Felicidad ¡Ahora! De Andrew Matthews….


Habla en serio



Notarás algo de las personas débiles.
¡Usan un lenguaje débil!
Utilizan mucho ciertas palabras como “INTENTAR”.
“INTENTARE perder peso.”
“INTENTARE pagar mis deudas.”

Cuando alguien dice “LO INTENTARE”, sabes que no hablan completamente en serio. Cuando tus amigos te dicen INTENTARE LLEGAR, sabes de antemano que no vendrán.

Nuestras palabras muestran a los demás qué tan determinantes somos en nuestras decisiones.

Lo padres que dicen a sus hijos “¡INTENTA guardar silencio!” “¡Intenta comportarte!” no hablan en serio. ¿Y qué es lo que hacen sus hijos? ¡Hacen todo lo que quieren!
En vez de decir a tus hijos, o a tu personal, “Debes INTENTARLO”, diles “HAZLO”.

En lugar de decirte “Lo INTENTARE” es como decir “Haré tal cosa si no es muy difícil.” En cambio, decir “LO HARE” es decir “Haré tal cosa cueste lo que cueste.” Esta diferencia no es un detalle cualquiera. Es la diferencia entre éxito y fracaso.

Si quieres que los demás crean en ti, y si tú quieres creer en ti mismo, tienes que hablar en serio.



EN DOS PALABRAS

Tus palabras configuran tu futuro.

jueves, 28 de octubre de 2010

Del Libro “Para vivir en paz” de Francisco J. Ángel Real….



EL QUE DIRAN



Muchas personas se angustian y se mortifican siempre pensando en la opinión de los otros. Sin embargo….

Nadie ha estado en tus zapatos, nadie sabe lo que sientes y nadie puede ver la vida como tú la ves.

¿Quién es perfecto para juzgarte o criticarte?

¿Quién puede entender todas las circunstancias que te rodean?

¿Quién conoce tu historia más que tú?

¡Que digan misa! ¡Qué piensen lo que se les antoje! ¿Qué saben ellos de lo que es vivir tu vida?


La gente tiene tres razones para criticarte o juzgarte:

1) Envidia, porque tú sí te atreves a hacer algo que ellos quisieran hacer.
2) Miedo; porque ven que eres una persona libre y atrevida, ese tipo de gente siempre sobresale y los deja atrás.
3) Ignorancia; no conocen las circunstancias que te rodean así es que se les hace fácil decir que lo que haces está bien o mal. Según he aprendido, la gente sólo critica cuando ve en otros lo que le falta o cuando ve en otros lo que no le gusta de sí mismo.


No permitas que el “qué dirán” te detenga de hacer lo que deseas, ni permitas que te preocupe después de haber tomado una decisión. Todo esto en el entendimiento que en tus acciones, tomas en cuenta los intereses de los que te rodean.

No te reproches tus errores, no eres adivino para saber qué va a pasar y la única forma que tienes de aprender es intentándolo.

jueves, 21 de octubre de 2010

Del libro “Estrategias para el cambio” de Chick Moorman


Críticas


La crítica y el elogio están muy relacionados. Son lados opuestos de la misma moneda. El criticismo, así como el elogio, pueden darse de manera evaluativa, descriptiva o reprobatoria.

Detestable, ordinario, feo, torpe, pobre, desagradable y horrible son ejemplos de criticismo que evalúa. Estas palabras evaluativas, así como sus “primas”: bueno, excelente y maravilloso, dan poca información de utilidad. Es muy poco útil saber que el reporte fue terrible, a menos que sepas específicamente qué fue lo terrible de él. Así, tampoco es de utilidad escuchar que el artículo que escribí fue desagradable, a menos que sepa qué fue lo que la persona que lo criticó eligió como desagradable.

Dime que el reporte fue inexacto en tres partes o que no cubrí cierta parte del tema y de esa manera me das la información que puedo utilizar para mejorarlo la siguiente vez.
Dime que no te gustó la frecuencia con la que utilicé malas palabras en mi artículo y de esta manera podría darme cuenta de por qué pensaste que era desagradable. Critícame con lenguaje descriptivo y obtendré información valiosa que considerar.
O usa la crítica evaluativa y déjame adivinando qué fue lo que te hizo pensar que mi trabajo era terrible, detestable o malo.
Compartir algún disgusto es otra forma de dar a la gente retroalimentación específica que pueda tomar en cuenta. Algunos ejemplos específicos incluyen:

“No me gustó limpiar el fregadero antes de cenar.”
“No me agrada cuando inicias la reunión 15 minutos tarde.”
“Prefiero que dejes el baño como lo encontraste antes de bañarte. No me gusta recoger toallas ni encontrar el suelo mojado.”

La gente generalmente responde mejor cuando comparto o describo lo que no me agradó que cuando critico haciendo una evaluación. Obtengo una respuesta más rápida al decir, “no me agrada que dejes las latas de refresco en la sala,” que si digo, “la sala es un desastre.” Obtengo mayor cooperación cuando mis aseveraciones son, “no me gusta tener que hacer todos estos envíos postales solo,” que cuando digo, “eres flojo e inconsiderado.”

Una de las razones por las que frecuentemente la gente NO responde de manera favorable a la crítica evaluativa es que la experimenta como un ataque. Y el ataque es usualmente resistido y resentido.
Desactiva la resistencia y el resentimiento empleando la regla número uno de la crítica. Esta regla es simplemente ésta: habla acerca de la situación y no de la persona. Elige palabras que se concentren en lo que se logra o no se logra, lo que existe o no existe, lo que sientes o no sientes. No centres tu atención en la otra persona.
“El reporte estuvo incompleto,” habla de la situación. “Hiciste un trabajo pésimo,” ataca a la persona.
“Son las diez y cuarto,” se centra en la situación. “Qué no puedes tú recordar llegar aquí a tiempo?,” apunta a la persona.
“perdí tres tiros libres y me poncharon,” apunta a la situación. “Yo jugué terriblemente,” pone la atención en mi.

Escucha tus críticas en las siguientes semanas. Pon especial atención en la forma en como te criticas a ti mismo y a los demás.

Cuando te escuches evaluando a otros o notes alguna forma evaluativa para referirte a ti mismo, DETENTE. Recuerda la regla número uno de la crítica – habla acerca de la situación y no de la persona. Replantea tus críticas.

Comparte lo que te desagrada y describe lo que ves o escuchas. Después felicítate a ti mismo por haber dado otro paso hacia el lenguaje de aceptación y por haberte alejado de la trampa del juicio.

jueves, 14 de octubre de 2010

Del Libro “La vocecita” de Blair Singer”


En uno de nuestros talleres había un hombre de edad mediana muy talentoso cuya historia laboral parecía marcada por la frustración. A pesar de su gran talento, cada vez que estaba con su jefe se volvía tímido y reservado.
Al parecer, esto le ocurría en todos sus empleos. Aunque a mí me parecía agradable, creativo y enérgico, cuando surgía el tema de su jefe sus hombros se desplomaban, su voz se apagaba y su energía se evaporaba. Y, aunque sólo estábamos hablando de su situación, este hombre ya tenía en marcha el piloto automático.
Entonces iniciamos un juego de roles; yo representaba a su jefe y le dije que me pidiera un aumento. Al hombre le costó mucho trabajo. Cada vez que yo ponía una objeción, él se bloqueaba. Finalmente, le pregunté cómo se sentía. El respondió: “Me siento intimidado,” a lo que yo dije: “¡Bien!, estamos avanzando.” Por lo menos el hombre era capaz de observarse.
Al preguntarle cuándo se había sentido así en el pasado, respondió que cada vez que su jefe aparecía. Entonces indagué si lo había sentido antes de conocer a su jefe actual, a lo que respondió: “Sí, también con mi jefe anterior.”
Le pregunté, por fin, si lo había sentido antes de eso. El hombre hizo una pausa, clavó la mirada en el piso, se sonrojó y sus ojos se llenaron de lágrimas. Me miró no con los ojos de un hombre de edad mediana, sino con los de un intimidado niño de ocho años y respondió: “Cuando mi padre me regañaba por mi desempeño en la escuela.” Ese fue un momento muy importante para él.
Su vocecita seguía reproduciendo el CD que había guardado en el archivo y que había empezado a tocar desde que tenía ocho años cuando su padre se burlaba de él. Su jefe no era su padre y yo tampoco, pero la vocecita del hombre reaccionaba de la misma manera.
Después de que el hombre experimentó esta revelación, le pregunté si podía dejar atrás esa vieja respuesta y verme no como su padre, sino como la persona que representaba en ese momento. Una sonrisa cruzó por su cara y, entre lágrimas y risas, dijo: “Sí, puedo intentarlo.”
Así pues, hicimos otro juego de roles. Sobra decir que su energía estaba al máximo, sus hombros rectos y el rostro radiante. Respondió con firmeza a cada una de mis objeciones acerca de un aumento de sueldo. Durante el ejercicio ideó un plan para generar ingresos adicionales para su compañía, propuso hacerse responsable al 100 por ciento del plan y pidió que se le retribuyera con un pequeño porcentaje de las utilidades que generara. Era brillante.

jueves, 7 de octubre de 2010

Del Libro “Soy mujer, soy invencible ¡y estoy exhausta!” de Gaby Vargas….



LAS PALABRAS CAMBIAN VIDAS


“¿Eres tan estúpido que no puedes hacer nada bien?”

Son las 6:30 de la mañana y esperamos la salida del avión en el aeropuerto de la Ciudad de México. No he despertado del todo cuando escucho a una mamá casi gritar esas palabras a su hijo de unos siete años.

Sí, estoy de acuerdo, la hora es criminal y, sin desayunar, cualquiera se pone de mal humor. Sin embargo, estoy segura de que si esta señora estuviera consciente del impacto que sus palabras causan en su hijo, pensaría dos veces antes de soltarlas con tanta facilidad.

¿Que lo dice a la ligera y sin darse cuenta? Si, es sólo un momento y son unas cuantas palabras, pero su eco puede durar muchos años grabado en esa pequeña memoria que absorbe y guarda todo, y el día de mañana brotará en los momentos menos afortunados: “¿Eres tan estúpido que no puedes hacer nada bien?”

Las palabras son la herramienta más poderosa que tenemos como seres humanos, en especial las mamás. Nos conectan o desconectan con las personas, forman la historia – nuestra historia-, provocan guerras o inspiran a países enteros.

Pueden motivar, crear, formar; y también pueden envenenar, criticar, ofender, herir o destruir.

A todos nos dijeron: “Ten cuidado con el fuego”; sin embargo, sería 10 veces mas útil si alguien nos advirtiera desde chicos: “Cuidado con las palabras.”

¿Te imaginas que esa misma mamá, bajo las mismas circunstancias, le hubiera dicho a su hijo algo como: “Pero, ¿cómo, mi vida? Si tú siempre haces todo muy bien, ¿qué te pasó? No te preocupes, no pasa nada.”


¡Qué diferente experiencia para todos!, ¿no crees?

jueves, 30 de septiembre de 2010

Del Libro “Hijos tiranos o débiles dependientes” de Martha Alicia Chávez



Hijos débiles / dependientes



Conozco muy de cerca de una mujer que actualmente tiene unos 65 años. Fue la hija más sobreprotegida del planeta, hasta que sus padres murieron cuando ella tenía 35 años, dejándole el 90% de su fortuna – que era muy vasta – para que nunca sufriera por falta de dinero ni tuviera que trabajar. “Tú nunca debes trabajar, tú eres una reina”, su padre le dijo muchas veces, toda la vida desde que era niña pequeña. Sus cinco hermanos y otra hermana sí tuvieron que trabajar, muy duro por cierto, par cumplir las altas expectativas de su severo padre.
Su madre murió y alrededor de dos años después su padre. Al paso de un año, la reina se casó con quien parecía ser un rey, pero acabó siendo una bestia. Se acabó su fortuna y la maltrató física y emocionalmente a lo largo de los 30 años que duraron casados, hasta que ella acabó en un hospital psiquiátrico, totalmente desconectada de la realidad. La historia de esta mujer es muy triste.
La reina acabó siendo esclava, incapaz de poner límites a la bestia o de tomar la decisión de dejarlo; incapaz de defenderse; incapaz de decirle NO cuando él le pedía que firmara ciertos papeles para vender sus propiedades; incapaz de cambiar su insoportable realidad, de la cual mejor se desconectó porque no puedo tolerarla. ¿Por qué? Porque nunca se convirtió en un adulto madura y fuerte, porque siempre fue una niña débil y dependiente. ¿Por qué? Por la sobreprotección de sus padres que le mutilaron sus recursos internos y su capacidad para crecer.

Qué gran error cometen muchos padres cuando les dan a sus hijos en charola de plata para que “no pasen por lo que ellos pasaron”, sin darse cuenta de que es justamente lo que ellos pasaron – las luchas que enfrentaron y los obstáculos que vencieron – lo que los convirtió en seres fuertes, listos y exitosos. Al darles todos ‘masticado y asimilado” para que no se esfuercen, los “castran” psicológicamente y no les permiten desarrollar sus capacidades y recursos internos. Por eso se vuelven dependientes y débiles, timoratos e inseguros.

No prives a tus hijos del gozo y la satisfacción de luchar y de lograr. Es algo a lo que tienen derecho, no se los quites haciéndolo tú por ellos.

Hace algunos años acudió a mi consultorio una familia compuesta por los padres y tres hijas, de 28, 25 y 18 años, respectivamente. Eran agricultores y vivían en un pequeño pueblo donde los jóvenes sólo podían estudiar hasta la preparatoria. La hija de 25, que por años estuvo feliz viviendo en su “jaula de oro” y recibiendo todo sin ningún esfuerzo, ahora sentía enormes deseos de estudiar medicina para después trabajar en el área relacionada con ésta. Sus anhelos bullían con fuerza en su corazón, que le pedían a gritos satisfacerlos. Pero sus padres se resistían a dejarla salir del pueblo para mudarse a la ciudad, aunque ésta quedaba a sólo dos horas y media de distancia. “Aquí tiene todo”, afirmaba el padre: “comodidades, servidumbre, dinero; y cuando yo me muera va a heredar todas mis tierras, además de otras propiedades y los jugosos ahorros que tenemos en el banco. “¿Para qué quiere irse a batallar con estudios y todas las incomodidades que habrá de vivir fuera de casa?”


Era muy difícil hacerle entender al padre ese asunto de los anhelos del corazón, que para él no eran más que tonterías y excusas para irse. La hija se estaba volviendo amargada y triste, como se vuelve todo aquel que está reprimiendo sus anhelos y acallando los gritos de su corazón que le piden satisfacerlos. Esta actitud de la hija no les gustaba a sus padres en absoluto, pero no podían relacionarla con el tema de sus deseos reprimidos. Aunque la joven estaba decidida a irse a estudiar, a costa de lo que fuera, deseaba más que nada tener la “bendición” de sus padres, porque al irse “a la mala” y dejarlos enojados le hacía sentirse demasiado triste y con miedo a fracasar por ese motivo.

Debido a que el padre había sido agricultor por muchos años, tenía una profunda relación con la tierra, las plantas y todos los procesos relacionados con la siembra y la cosecha. Por tal razón, decidí usar esa metáfora para ayudarlo a entender la situación por la que pasaba su hija. Le pedí que me explicara paso a paso el proceso de siembra y cosecha del maíz, que era su principal fuente de trabajo e ingresos. Me lo explicó con enorme entusiasmo, como la hacemos todos cuando se trata de hablar de algo en lo que somos expertos.

Cuando dentro de su relato llegó al periodo de la cosecha, lo interrumpí en los momentos que consideré cruciales, haciéndole preguntas que de una manera indirecta lo llevarían a “darse cuenta” de la situación de su hija: ¿cuándo es el momento adecuado de cortar las mazorcas?, ¿qué signos son los que le hacen saber que ya es el momento?, ¿qué pasa si las deja pegadas a la planta más tiempo del adecuado?, ¿para qué van a servir si se echan a perder por no haberse cortado a tiempo?, etc. Yo percibía en la actitud del padre un cierto grado de introspección, pero todavía en un nivel inconsciente. Entonces me aventuré a hacerle una pregunta que quizá iba a parecerle verdaderamente cursi y absurda, pero que si le tocaba el corazón, produciría en él un mágico cambio de percepción: “de acuerdo con su experiencia, ¿cómo cree usted que se sienta una mazorca que no fue retirada a tiempo de la planta y, por lo tanto, se echa a perder y no cumple la función para la que fue creada?”

El hombre se quedó en un solemne silencio por unos momentos y luego, con una voz casi inaudible, respondió: “¿usted cree que así se sienta mi hija?”; “si, estoy segura de que así se siente”, contesté, Siguió en silencio unos momentos más y vi cómo se le rasaron los ojos con unas lagrimitas que se esforzó en ocultar, volteando rápidamente hacia otro lado. Terminamos esa sesión sin decir más, porque no era necesario. El aire estaba cargado de emoción.

Unos días después, los padres viajaron a la ciudad con su hija, para ayudarla a buscar el lugar donde viviría. Le dieron su bendición y se fue a estudiar. Ahora es una pediatra feliz, que sonríe todo el tiempo.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Del Libro “Hijos tiranos o débiles dependientes” de Martha Alicia Chávez - Dictadores

Del Libro “Hijos tiranos o débiles dependientes” de Martha Alicia Chávez


                                        Hijos Tiranos / dictadores





Cada vez que los padres vienen a mí con su lista de quejas acerca de sus hijos tiranos y me cuentan las “horribles cosas que les hacen”, mi confrontativa pregunta hacia ellos es: “¡¿y por qué lo permiten?! ¿Quién suponen que ha creado ese monstruo?” Y luego les pido que me diga cada uno cuál es su parte de responsabilidad en el asunto, porque es necesario que entiendan que su hijo no es así, simplemente por mala suerte o porque le dio el aire del norte, sino que ellos tienen que ver en la creación de ese problema y su solución. Este hecho, sin embargo, no significa que los padres o el hijo tirano sean malas personas; no lo son en absoluto, sino simplemente, sin darse cuenta, han generado esta dinámica patológica para compensar conflictos emocionales.

Una pareja de médicos me contó hace poco, con ese tono de voz y actitud de sufrimiento que caracteriza a los padres de estos hijos, que cuando el padre llega de trabajar alrededor de las 7 de la noche, su hijo de 16 años toma las llaves del coche y grita desde la puerta: “ahorita vengo”, a lo que los padres responden: “espera, dinos adonde vas”, y el muchacho a gritos contesta; “¡Dije que ahorita vengo… punto!”… y se va… ¿Qué consecuencias hay cuando regresa? ¡Ninguna! Al día siguiente y el que sigue y el que sigue vuelve a suceder lo mismo.

Otra señora me dijo, con lágrimas en los ojos, que traía un gran moretón en el muslo porque estando en el supermercado, su niño no sólo la insultó frente a la gente, sino que empujó el carrito de las compras sobre ella y le pegó con él en la pierna.

Un señor me dijo, la semana pasada que su hijo de 20 años “Lo bajó del coche”, “¿Te bajó del coche?”, pregunté impactada; “sí, él iba manejando, discutimos y muy molesto se orilló, me tronó los dedos y me dijo: “¡te me bajas ahora mismo!”… y pues… me tuve que bajar”….

¡Increíble!.... sencillamente…. ¡increíble!

¡Madres!... ¡Padres!... ¡No dejen que sus hijos los maltraten! ¡No les permitan tratarlos así! ¡No se imaginan lo “grave” que esto es desde cualquier punto de vista! Y digo: no dejen, no permitan porque ésa es la razón por la cual sus hijos tiranos lo son. ¡Porque ustedes lo permiten, porque no les ponen límites!


COMO DETENER EL MALTRATO DEL HIJO TIRANO HACIA SUS PADRES


En primer lugar, hay que partir de esta base: ¡por ningún motivo lo vas a permitir! ¡Y es necesario dejarlo muy claro! Una manera de lograrlo, que funciona muy bien y que ha comprobado con mi experiencia profesional, es la siguiente:

- Dile algo así: “a partir de hoy, ya no voy a permitir que… (aquí describes clara y específicamente el comportamiento al que te refieres): me insultes, grites, golpees, etc.” (aunque parezca increíble, hay hijos que golpean a sus padres). Quizá hasta le quieras explicar el por qué ya no lo permitirás. Eso está bien.

- Luego habrá que completar la segunda parte, diciendo algo así: “cada vez que tú me vuelvas a tratar de esa manera (especifica muy bien cuál es “esa manera”), voy a hacer esto…. Establece cuál será la consecuencia que tendrá.
Después, simplemente dedícate a cumplirlo.

En el caso que estamos tratando, es necesario entonces informar al hijo tirano que ya no permitiremos que nos maltrate. Voy a sintetizar lo que he mencionado anteriormente, poniendo un ejemplo muy concreto, para que esto quede claro como el agua.

Le diremos algo así:
“Hijo, desde el día de hoy ya no voy a permitir que me grites e insultes, cada vez que lo hagas,
Me voy a ir del lugar donde estemos, o
No te voy a prestar el coche, o
No habrá permiso para salir ese fin de semana, o
No podrás ver televisión esa tarde, o
No jugarás con tu X Box ese día.
Estos son sólo ejemplo de consecuencias que podrás establecer, pero lo importante es que diseñes las tuyas, de acuerdo con la edad de tus hijos y las situaciones que tengas a tu alcance, ya que es muy importante que tengas el control sobre el cumplimiento de dichas consecuencias, para que éste dependa de ti, no de otros.

Antes de que lo refutes te lo voy a responder, ya que de manera general, cuando los padres de hijos tiranos escuchan estas recomendaciones, reaccionan diciendo cosas como éstas; “uh, me va a decir que al cabo ni quería el coche, o va a tomar las llaves de todas maneras y se va a ir; va a encender la televisión a escondidas de mí, y si se la apago, en cuanto me dé la vuelta la volverá a encender; el fin de semana se va a salir de todas maneras sin mi permiso , etc.”
Cuando oigo esas expresiones de derrota – siempre antes de ni siquiera haberlo intentado - , mi corazón grita de frustración.

Voy a decirte algo muy radical, que aunque no suene bonito no le pondré música de fondo, y aunque se vez feo no lo pintaré de rosa: ¡para eso eres el padre / madre! ¡Por Dios, compórtate como un adulto y deja de ser el niño asustado que le tiene miedo a sus hijos! ¡Busca la manera de hacer que esas consecuencias se cumplan!
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