viernes, 28 de junio de 2024

Del libro “Educar el carácter” de Alfonso Aguiló - Reparto de culpas

 

Del libro “Educar el carácter” de Alfonso Aguiló

 

Reparto de culpas

 

Salí un día de viaje muy enfadado con mi mujer, después de una pequeña trifulca.  Como siempre – porque era algo frecuente – por una bobada.  Pero una bobada que me ofendió, y bastante.  Yo – ahora sí me doy cuenta, pero entonces no – era de carácter bastante difícil.  Y con ese resentimiento profundo me fui al aeropuerto dando un portazo.

No era la primera vez que me pasaba y sin embargo aquella vez fue todo distinto, todavía no sé casi por qué.

El caso es que salí de casa ofendido y esperando a que a la vuelta mi mujer me pidiera perdón para ofrecérselo yo a regañadientes.  Pero las cosas en mí empezaron a cambiar, gracias a que tuve la suerte de coincidir en el viaje con un antiguo compañero, muy amigo mío, y empezamos a hablar, y al final acabé contándole mi vida.

La verdad es que me hizo pensar.  Curiosamente, empezaron a asaltarme dudas sobre mi actitud.  Al principio, de forma tímida; luego, con más claridad.  Al final, la duda se había transformado ya en una certeza: quizá tenía razones para pensar que la culpa no era mía, pero estaba seguro de que no tenía razón.

Entendió que su actitud con su mujer y sus hijos estaba siendo arrogante y orgullosa, y que, aunque pudiera ser cierto que en esa ocasión concreta su mujer no lo hizo bien, en el fondo la culpa era suya por comportarse tan incorrectamente de modo habitual.

Empezó a sentir la necesidad de pedir perdón, y era algo que le resultaba casi novedoso.  Entendió que su actitud a lo largo de esos años había sido mucho peor que la pequeña ofensa de su mujer en aquella sobremesa, o que mil como ésa.

Que durante años se había visto cegado por disquisiciones tontas sobre quién tenía la culpa.  Porque siempre pensaba que la culpa era de su mujer o de su hijo o de su hija, y ellos pensaban lo contrario, y todos quedaban a la espera de que le pidieran perdón.  Era un círculo vicioso del que no lograban salir.

Su conclusión después de aquello fue clara: “Una de las dificultades grandes de la convivencia familiar es dar tanta importancia al tener razón.”

Quererse, estar en paz, convivir alegremente, es mucho más importante que saber quién tiene razón.  ¿Qué más dará saber quién tiene la culpa? Casi siempre nos la repartiremos entre los dos, en mayor o menor proporción cada uno.  Además, hay muy pocos culpables o inocentes absolutos.

De cada diez veces que veo discutir a dos personas y una de ellas insiste con vehemencia en que tiene la razón, nueve de ellas pienso que no la tiene, y que lo que está haciendo es imponer su punto de vista con una falta de objetividad asombrosa.

Lo que importa es que vuelva a reinar la paz.  Ya se verá más adelante, una vez vuelta la calma, si es preciso o no tomar alguna medida.  Actuando así, además, al final casi siempre da ya igual saber quién tenía razón, porque si la familia funciona bien, ambos se habrán considerado culpables y habrán pedido perdón.

 

 .

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario